Capítulo VI: La respuesta del Corazón
El bosque tardó en reaccionar. Durante largos minutos nadie habló, nadie se movió. Donde antes había árboles, ahora no había nada: ni troncos, ni raíces, ni siquiera tierra removida. Solo vacío. Marga fue la primera en romper el silencio. Se arrodilló lentamente, apoyó la mano en el suelo y cerró los ojos, como si buscara algo más allá de lo visible. —No los siento… —susurró con la voz quebrada. Lórien frunció el ceño, inquieto. —¿Qué significa eso? Marga tragó saliva antes de responder. —Significa que no murieron… significa que nunca existieron. El aire pareció volverse más denso, más pesado, como si el propio bosque rechazara esa verdad. Entonces el suelo tembló. Un latido profundo, antiguo, recorrió cada rincón del bosque, vibrando en los huesos, en la tierra, en el aire. El Corazón del Bosque. Ainé se giró de inmediato, con los ojos muy abiertos.
—Nos está llamando.
Lórien no dudó ni un instante.
—Entonces vamos.
Mateo vaciló apenas un segundo, atrapado entre el miedo y algo que no terminaba de comprender, pero finalmente corrió tras ellos.
El camino hacia el Corazón nunca era igual. Los árboles parecían moverse cuando no los mirabas, las raíces cambiaban de lugar, y el bosque entero podía guiarte… o perderte. Pero esta vez no hubo duda. Todo se abría ante ellos, como si el propio bosque tuviera prisa, como si algo urgente los empujara hacia adelante. Cuando llegaron, el claro brillaba más que nunca. El árbol gigantesco respiraba luz, pero no era una luz serena. Era inestable. Dolorosa. Ainé dio un paso adelante, sintiendo cómo esa inquietud se le clavaba en el pecho.
—Algo va mal.
El árbol respondió, no con palabras, sino con una sensación que atravesó a todos: miedo. Era la primera vez que el Corazón sentía miedo.
Ainé apoyó la mano en la corteza y el mundo desapareció.
Vio Aetherya, pero no como antes. No como un recuerdo, sino como un instante vivo. El momento exacto de la ruptura. La luz separándose. La sombra desgarrándose. El nacimiento de dos realidades. Pero había algo más. Algo que no encajaba. Fragmentos que no pertenecían ni a la luz ni a la sombra, piezas imposibles que no podían formar parte de ninguno de los dos lados. Esos fragmentos no fueron integrados. Fueron expulsados. Y entonces la verdad la golpeó con una fuerza insoportable: no fue un accidente. Fue una decisión. Para crear el mundo actual, algo tuvo que ser rechazado. Y ese algo… eran los Nul.
La voz del Corazón apareció en su mente, profunda y antigua. “El equilibrio no estaba completo.” Ainé tembló.
—Entonces… ¿el mundo está mal?
Hubo un silencio breve, pesado. “Está incompleto.” La visión cambió. Se vio a sí misma usando su poder, uniendo luz y sombra, restaurando lo que parecía roto. Pero cada vez que lo hacía, algo más ocurría. Pequeñas grietas aparecían en la realidad, fisuras invisibles que se extendían como heridas.
—No… —murmuró.
“El equilibrio actual es temporal”, respondió el Corazón.
—¿Qué significa eso?
Entonces llegó la verdad, clara e imposible de ignorar.
“Cada vez que usas el equilibrio acercas el mundo a su forma original.”
El silencio se volvió absoluto.
—Aetherya —susurró Ainé.
“Sí.”
Volvió de golpe al bosque, cayendo de rodillas, respirando con dificultad. Marga la sostuvo antes de que tocara el suelo.
—¿Qué has visto?
Ainé tardó en responder, como si las palabras pesaran demasiado.
—Los Nul no son un error.
Lórien tensó la mandíbula.
—Entonces ¿qué son?
Ainé levantó la mirada, con una mezcla de miedo y comprensión.
—Son parte del mundo que fue rechazado y ahora el mundo intenta corregirse.
Mateo dio un paso atrás.
—¿Corregirse… cómo?
—Uniéndose otra vez —respondió Ainé—. Volviendo a Aetherya.
Marga susurró, con una esperanza frágil.
—Pero eso debería ser bueno.
Ainé negó lentamente.
—No para nosotros.
Miró sus manos, donde la luz y la sombra giraban como dos fuerzas vivas.
—Si el mundo vuelve a ser uno Lúmbria desaparecerá. El mundo humano desaparecerá. Todo lo que conocemos dejará de existir.
El silencio fue absoluto, roto solo por la respiración contenida de los cuatro. Entonces Mateo gritó. Se llevó las manos a la cabeza, como si algo dentro de él se abriera de golpe. —¡Lo veo!
Los demás se giraron hacia él. Sus ojos brillaban, pero no como los de Adrián. Era distinto. Más estable. Más claro. Mateo miró al árbol, luego al bosque, y finalmente al vacío donde antes había árboles.
—Puedo ver lo que falta —dijo con asombro. Señaló el hueco inexistente.
—No están borrados… están… fuera.
Ainé lo observó fijamente.
—¿Fuera de dónde?
Mateo tragó saliva.
—Fuera del mundo.
El Corazón del Bosque latió con una fuerza que hizo vibrar el aire. Más que nunca. Y por primera vez, respondió directamente a alguien que no era Ainé. A Mateo.
“El que ve… puede traer de vuelta.”
Todos quedaron en silencio. Mateo apenas pudo susurrar:
—¿Yo…?
Ainé lo entendió en ese instante, y todo cambió.
—Tú no eres como los demás. Tú no estás conectado a los Nul —lo miró con intensidad—. Tú estás conectado a lo que falta.
El viento recorrió el bosque, levantando hojas invisibles, susurrando entre ramas que ya no estaban. Por primera vez desde que todo empezó, hubo una pequeña chispa de esperanza. Pero también un nuevo miedo. Porque si Mateo podía traer cosas de vuelta también podría abrir completamente el camino. Ainé miró el Corazón del Bosque y susurró, casi sin voz:
—Entonces todo depende de él.
Pero en su interior sabía la verdad. No era una bendición. Era una responsabilidad demasiado grande para alguien tan joven. Y el mundo ya estaba empezando a cambiar.
