Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

martes, 31 de marzo de 2026

Los Hijos del Velo-5

 





Capítulo V

El primer enfrentamiento



El bosque ya no era el mismo.

Ainé lo notó antes de que ocurriera.

El aire estaba roto.

No había otra forma de describirlo.

Los sonidos llegaban con retraso.

Las hojas caían pero algunas no tocaban el suelo.

Como si el mundo dudara de sí mismo.

Lórien apoyó una mano en la empuñadura de su espada.

—Está cerca.

Marga asintió en silencio.

—Lo siento también.

Mateo estaba detrás de ellos.

Intentando no temblar.

—¿Qué está cerca…?

Ainé no respondió.

Porque en ese momento apareció.

Simplemente estaba allí Adrián.

Pero no era el mismo.

Sus ojos brillaban débilmente como con vacío.

—Así que este es Lúmbria… —dijo con calma.

Miró a su alrededor.

Como si lo estuviera evaluando.

Lórien dio un paso al frente.

—Detente.

Adrián sonrió.

—No he venido a luchar.

Silencio.

—He venido a entender.

Ainé avanzó lentamente.

—Tú eres el que sobrevivió.

Adrián la miró.

—Y tú eres la que puede resistirnos.

Ese “nosotros” pesó en el aire.

Mateo susurró:

—No está solo…

Adrián levantó la mano.

La marca brilló.

Y el mundo se dobló.

Un árbol cercano se deformó.

Simplemente dejó de existir.

Desapareció. Sin ruido. Sin restos. Sin nada.

Mateo retrocedió aterrado.

—¡¿Qué has hecho?!

Adrián miró su mano.

—No lo sé del todo.

—Pero ellos sí.

Lórien no esperó más.

Se lanzó hacia él.

Su espada brilló con luz pura.

El golpe fue perfecto.

Rápido. Letal.

Pero no impactó.

Adrián no lo esquivó.

Simplemente no estaba ahí.

Durante una fracción de segundo desapareció.

Y reapareció detrás de él.

—Demasiado lento.

Lórien giró.

Atacó de nuevo.

Esta vez el impacto sí llegó.

Pero no hizo daño.

La espada atravesó su cuerpo como si fuera humo.

Ainé lo entendió.

Y eso la aterrorizó.

—No está completamente aquí…

Marga susurró:

—¿Qué significa eso?

Ainé respondió:

—Que existe… y no existe al mismo tiempo.

Ainé avanzó.

Sus alas aparecieron.

Luz y sombra giraron a su alrededor.

—Entonces probemos algo distinto.

Extendió las manos.

La energía del equilibrio estalló.

El aire dejó de romperse.

El espacio dejó de doblarse.

Y por primera vez…

Adrián reaccionó.

Retrocedió.

—Eso…

—Eso sí nos afecta.

Ainé lanzó una ráfaga de energía.

Esta vez sí impactó.

Adrián fue empujado hacia atrás.

Cayó al suelo.

El bosque tembló.

Durante un instante pareció humano otra vez.

—Ayuda… —susurró.

Mateo dio un paso adelante.

—¡Está atrapado!

Pero entonces sus ojos cambiaron.

El vacío volvió.

—No.

—Está evolucionando.

Ainé dudó.

Solo un segundo.

Pero ese segundo importaba.

¿Atacar? ¿Salvarlo?

El equilibrio dentro de ella vibraba.

No era un enemigo.

Pero tampoco era un aliado.

Era algo nuevo.

Adrián levantó la mano.

Y esta vez no apuntó a ellos apuntó al bosque.

Una ola invisible se expandió. Los árboles comenzaron a desaparecer uno tras otro. Como si nunca hubieran existido.

Marga gritó:

—¡No podemos dejar que haga eso!

Ainé alzó todo su poder.

La luz y la sombra explotaron a su alrededor.

—¡BASTA!

El impacto fue brutal.

El mundo se estabilizó de golpe.

Adrián salió despedido hacia atrás. La grieta apareció detrás de él. Inestable. Oscura.

Adrián se levantó lentamente respirando con dificultad.

Miró a Ainé.

Y sonrió.

—Ahora lo entiendo. 

Miró su mano.

La marca brillaba más fuerte.

—Tú eres el equilibrio.

—Y nosotros…

Miró la grieta.

—Somos lo que viene después.

Y desapareció en ella.

El bosque quedó en calma. Pero no en paz.

Mateo miró a Ainé.

—¿Podemos detenerlos?

Ainé no respondió de inmediato.

Miró el lugar donde los árboles habían desaparecido.

No estaban muertos ni siquiera dañados. Nunca habían estado allí. Y eso era peor.

Finalmente habló.

—No como antes. Esta vez tenemos que entenderlos.

Ainé cerró los ojos sintiendo el eco de Aetherya.

Y susurró:

—O aprenderemos a convivir con ellos…

—O dejará de existir todo lo que conocemos


viernes, 27 de marzo de 2026

Los Hijos del Velo-4

 






Capítulo IV

Los marcados

La marca no desapareció.

Mateo la observaba en silencio frente al espejo.

Era tenue.

Casi invisible.

Pero estaba ahí.

Una grieta.

No en su piel sino en algo más profundo.

—Esto no es normal… —susurró.

Y en el fondo sabía la verdad.

Nada de aquello lo era.

Ainé no tardó en confirmarlo.

No era solo Mateo.

Había más.

Muchos más.

Por todo el mundo humano.

Luces que antes no existían.

Presencias nuevas.

Despertando.

—Los Hijos del Velo están apareciendo —dijo Ainé.

Marga frunció el ceño.

—¿Cuántos?

Ainé dudó.

—Demasiados.

Lórien cruzó los brazos.

—Entonces no es un accidente.

—Es un patrón.

En una ciudad lejana, la grieta apareció de nuevo.

Pero esta vez no fue en el cielo.

Fue en medio de la calle.

Invisible para la mayoría.

Pero no para él.

Se llamaba Adrián.

Tenía dieciséis años.

Y llevaba días sintiendo que algo lo observaba.

Cuando la grieta se abrió él la vio. Y esta vez no retrocedió.

—Ya estáis aquí… —murmuró.

La gente pasaba a su alrededor sin notar nada.

Pero él sí.

Sentía algo dentro de su pecho.

Algo que respondía.

La marca apareció en su mano. Más intensa que la de Mateo. Más profunda.

Y entonces uno de los Nul emergió.

No fue como antes. 

El Nul se acercó directamente a él.

Y Adrián no huyó.

Extendió la mano.

—¿Qué sois?

El aire se deformó. El sonido desapareció. Y entonces el contacto ocurrió.

En el bosque, Ainé se tensó de repente.

—No…

Marga la miró.

—¿Qué pasa?

Ainé dio un paso atrás.

—Algo ha cambiado.

Cerró los ojos.

Buscó.

Sintió.

Y lo encontró.

—Uno de ellos…

—No ha sido rechazado

Silencio.

—¿Qué significa eso? —preguntó Lórien.

Ainé abrió los ojos. Con miedo real.

—Significa que… alguien ha sobrevivido al contacto.

Adrián cayó al suelo respirando con dificultad. Pero no había sido borrado. No había desaparecido.

Seguía ahí.

Y algo más también.

Sus ojos se abrieron lentamente.

Y durante un instante no eran completamente humanos. Había vacío en ellos. Pero también conciencia.

—Ahora lo entiendo… —susurró.

El Nul no había tomado su cuerpo. No del todo. Se había fusionado. Una coexistencia imposible.

Adrián se levantó lentamente. Miró sus manos. La marca brillaba. Más fuerte. Más viva.

—No quieren destruirnos… —dijo en voz baja.

—Quieren entrar.

En Lúmbria, el aire se volvió pesado. El Corazón del Bosque latió con fuerza. Por primera vez desde la batalla final mostró miedo.

Ainé lo sintió.

Y eso lo cambió todo.

—Esto es peor de lo que pensábamos.

Marga susurró:

—¿Por qué?

Ainé tardó en responder. Porque sabía que al decirlo todo cambiaría.

—Porque ya no están fuera.

Miró al cielo.

—Ahora están dentro.

Mateo sintió el cambio. De repente. Sin razón aparente. La marca ardió.

Y por un segundo vio algo.

Una ciudad.

Una calle.

Un chico.

Y algo oscuro dentro de él.

Mateo retrocedió.

—¿Quién eres…?

Y en su mente una respuesta. De alguien humano.

“No estamos solos.”

Ainé comprendió lo que estaba ocurriendo. Los Hijos del Velo no eran iguales.

Algunos como Mateo resistían. Otros como Adrián cambiaban. Y esa diferencia decidiría el destino del mundo.

Esto ya no era una guerra entre mundos, entre magia y oscuridad. Era algo mucho más peligroso. Una guerra silenciosa dentro de las personas.

Adrián miró el cielo. 

La grieta invisible.

Sonrió. Pero no era una sonrisa humana.

—Estamos más cerca.

Y por primera vez los Nul no parecían lejanos.

Parecían inevitables.