Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

domingo, 6 de septiembre de 2026

Sentencia de los bardos I

 Así lo dijeron los primeros bardos

cuando el alba aún era joven
y los hijos de la luz
aprendían a nombrar las estrellas:

Recordad a los que despertaron con el primer amanecer,
a los árboles que guardaron la memoria de las edades,
a la luna que aprendió a llorar
y al fuego del primer dragón.

Recordad a quienes recibieron
la custodia de los bosques olvidados,
pues no hay juramento pequeño
cuando se pronuncia ante la eternidad.

Todo cuanto nace de la luz
lleva consigo una sombra.

Todo cuanto ama
conoce algún día la pérdida.

Y todo cuanto vive
deja una huella en el tiempo.

Pero mientras una voz recuerde
el canto de los árboles,
mientras alguien levante los ojos
hacia la luna,
mientras el fuego antiguo
siga durmiendo bajo las montañas,

el primer amanecer no habrá terminado.

Y cuando la Niebla venga
a reclamar lo que un día fue suyo,

que los hijos de la tierra recuerden:

la oscuridad puede cubrir el mundo,
pero jamás podrá borrar
aquello que la memoria se niega a entregar.


sábado, 5 de septiembre de 2026

Cantar del bardo V

 El cantar del último poeta

Escuchad por última vez,
vosotros que habéis llegado hasta aquí.

Apagad las hogueras.

Dejad dormir a los muertos.

Y mirad hacia el cielo.

Porque las estrellas comienzan a apagarse.

No todas a la vez.

Una primero.

Después otra.

Después otra.

Y los antiguos supieron entonces
que había llegado el final de una edad.

Los dioses habían comenzado a marcharse.

Uno tras otro
abandonaron los templos,
dejaron vacíos sus altares
y retiraron sus nombres
de la memoria de los hombres.

Nadie supo adónde fueron.

Algunos dijeron que regresaron
al lugar donde nació la primera luz.

Otros aseguraron
que se escondieron más allá del tiempo.

Y hubo quienes afirmaron
que los dioses nunca existieron.

Pero los bardos sabían la verdad:

un dios muere de verdad
cuando nadie recuerda su nombre.

Después se apagaron los fuegos antiguos.

Los bosques comenzaron a envejecer.

Las montañas perdieron sus coronas de nieve.

Los mares avanzaron sobre las ciudades.

Y de los dragones,
que una vez dominaron los cielos,
solo quedó uno.

El último.

Viejo como las primeras estrellas.

Voló durante siete días
sobre tierras que ya no reconocía.

Buscó los bosques de su infancia.

No encontró ninguno.

Buscó las montañas donde había nacido.

Solo encontró ruinas.

Finalmente llegó hasta el mar.

Allí se quedó contemplando el horizonte.

Y por primera vez desde que el mundo
había aprendido a temer su fuego,

el dragón lloró.

Lloró por un mundo
que estaba desapareciendo.

Una lágrima cayó sobre la arena.

Y donde cayó,
brotó una pequeña luz.

Entonces comprendió.

El mundo no estaba muriendo.

Estaba cambiando.

Muy lejos de allí,
en una habitación pequeña,
un hombre continuaba escribiendo.

Era el último de los poetas.

Solo tenía una mesa,
una lámpara
y un montón de páginas.

Escribía contra el olvido.

Escribía los nombres de los dioses.

Escribía los nombres de los muertos.

Escribía sobre los árboles
que ya no existían.

Sobre los dragones
que habían dejado de volar.

Sobre los reyes
cuyas coronas dormían bajo la tierra.

Escribía sobre la Niebla
y sobre quienes se enfrentaron a ella.

Escribía sobre el amor
que había atravesado la muerte.

Escribía sobre el tiempo
que había devorado los siglos.

Y mientras escribía,
algo comenzó a crecer fuera de su ventana.

Una pequeña semilla.

Nacida de la tierra antigua.

La misma tierra
que había conocido el primer amanecer.

El poeta dejó la pluma.

Miró la semilla.

Y comprendió que toda historia
termina de la misma manera:

con algo que muere

y algo que comienza.

Entonces salió de la habitación.

Caminó hasta el lugar
donde terminaban las ruinas.

Cavó un pequeño agujero
y enterró allí sus páginas.

No todas.

Guardó una.

La última.

Después cubrió la tierra
y puso sobre ella una piedra.

No escribió su nombre.

Solo dejó una frase:

«Aquí duerme todo aquello
que el mundo no quiso recordar.»

Y regresó a casa.

Pero antes de cerrar la puerta,
miró una última vez hacia el cielo.

Ya casi no quedaban estrellas.

Entonces sonrió.

Porque había comprendido
el secreto que los antiguos
habían buscado durante milenios:

el mundo no necesita dioses para continuar.

Necesita memoria.

Necesita esperanza.

Y necesita alguien
que sea capaz de contar la historia
cuando todos los demás hayan callado.

Por eso escribió una última vez.

No sobre el fin.

No sobre la muerte.

No sobre la oscuridad.

Escribió sobre el alba.

Y cuando terminó,
cerró los ojos.

La lámpara se apagó.

El último poeta murió.

Pero bajo la tierra,

donde sus palabras dormían,

la semilla comenzó a abrirse.

Y sus primeras raíces
buscaron la luz.

Entonces, por primera vez en mil años,

una nueva estrella apareció en el cielo.

Después otra.

Y otra.

Y en algún lugar muy lejano,
un niño que todavía no conocía
ninguna de aquellas historias
levantó los ojos hacia ellas.

Y comenzó a cantar.

Así termina el tiempo de los antiguos.

Así comienza la historia de los que vienen después.

Y así, mientras exista una voz que recuerde,
el canto jamás tendrá final.


viernes, 4 de septiembre de 2026

Cantar del bardo IV

 El cantar de los secretos del tiempo

Escuchad ahora en silencio,
pues hay historias que no deben contarse en voz alta.

Después de la guerra
llegó una paz extraña.

Los campos volvieron a florecer.

Las espadas fueron enterradas.

Los nombres de los muertos
fueron grabados en piedra.

Y los hombres creyeron
que el tiempo había curado sus heridas.

Pero el tiempo no cura.

El tiempo guarda.

Guarda las palabras que nadie pronunció,
los nombres que fueron borrados,
las promesas que quedaron sin cumplir
y los caminos que alguien recorrió
cuando todavía no había nacido.

Los antiguos lo sabían.

Por eso construyeron relojes
que no medían las horas,
sino los siglos.

Y hubo un hombre
que dedicó su vida
a escuchar el movimiento de sus engranajes.

Decían que podía saber
cuándo moriría un rey
escuchando el latido de una máquina.

Decían que había encontrado
un instante que no pertenecía
ni al pasado ni al futuro.

Y quizá por eso
los dioses temieron su nombre.

Pero mientras los hombres intentaban
medir el tiempo,

los bosques hacían algo diferente.

Recordaban.

Había un bosque
donde dormía la memoria.

Bajo sus raíces descansaban
los recuerdos de quienes habían vivido
mucho antes de que existieran los reinos.

Quien entraba en él
podía escuchar voces olvidadas.

Podía contemplar rostros desaparecidos.

Podía volver a un día
que había ocurrido mil años atrás.

Pero también podía descubrir
un recuerdo que jamás había vivido.

Y entonces surgía la pregunta
que ningún sabio quería responder:

¿Puede un recuerdo pertenecernos
si nunca fuimos nosotros
quienes lo vivimos?

Más allá de aquel bosque
hubo un hombre que miraba las estrellas.

No las contemplaba como los demás.

Les hablaba.

Y las estrellas respondían.

Le contaban secretos
que ningún libro había conservado.

Le mostraban caminos
que todavía no existían
y mundos que quizá jamás existirían.

Durante años buscó entre ellas
una respuesta.

Hasta que comprendió
que algunas preguntas
no fueron hechas para ser respondidas.

Solo para ser escuchadas.

Y en una ciudad olvidada
existió una biblioteca
donde se guardaban los sueños perdidos.

Allí descansaban los sueños
que los hombres habían olvidado al despertar.

Sueños de reyes.

Sueños de niños.

Sueños de amantes.

Sueños de quienes murieron
sin haber podido cumplirlos.

Cada sueño tenía un libro.

Y cada libro tenía un nombre.

Pero había un libro
que nadie debía abrir.

Porque contenía un sueño
que no pertenecía al pasado.

Ni al presente.

Ni al futuro.

Pertenecía a algo
que existía antes que el tiempo.

Los guardianes de la biblioteca
juraron durante generaciones
que aquella puerta permanecería cerrada.

Hasta que alguien
decidió que ningún secreto
merecía permanecer oculto para siempre.

Y entonces la puerta se abrió.

Solo una vez.

Fue suficiente.

Porque hay puertas
que no conducen a un lugar.

Conducen a una verdad.

Y hay verdades
que, una vez conocidas,
hacen imposible regresar
a la vida que dejamos atrás.

Así comenzó la cuarta edad.

La edad en que los hombres
dejaron de preguntarse
qué había ocurrido

y comenzaron a preguntarse
qué podía ocurrir todavía.

El tiempo abrió sus manos.

El pasado miró al futuro.

Los muertos volvieron a susurrar.

Las estrellas cambiaron de lugar.

Y aquello que dormía
desde antes del primer amanecer
abrió lentamente los ojos.

Por eso, caminante,
si alguna noche encuentras un reloj
que marca una hora que no existe,

no lo detengas.

Si un bosque te devuelve
un recuerdo que no es tuyo,

no lo rechaces.

Si las estrellas pronuncian tu nombre,

escucha.

Y si alguna vez encuentras
una puerta que lleva siglos cerrada,

recuerda lo que los bardos aprendieron
demasiado tarde:

no todas las puertas fueron hechas
para ser abiertas.

Porque el tiempo puede esconder secretos
durante mil años,

pero cuando decide revelarlos,

ni los reyes,
ni los dioses,
ni la muerte
pueden obligarlo a callar.

Y quizá, al final de todos los caminos,
descubramos que el tiempo
no era quien guardaba nuestros recuerdos.

Quizá éramos nosotros
quienes estábamos siendo guardados
por él.