La mañana avanzaba lentamente sobre las colinas cuando Martín y sus compañeros abandonaron el último refugio de Mateo. El anciano caminaba junto a Sancho, apoyándose en su bastón y guardando silencio desde que habían dejado atrás el molino. La persecución le había recordado que su pasado seguía siendo peligroso, pero también había despertado en él una determinación que parecía dormida desde hacía años. Había pasado demasiado tiempo ocultándose bajo nombres prestados y confiando en que el olvido protegería a los suyos. Ahora sabía que la declaración que había entregado décadas atrás podía servir para reconstruir los hechos, siempre que alguien se ocupara de contrastarla con los documentos originales.
Martín llevaba las cartas de su padre bajo la túnica. Desde que había leído la última, una pregunta le rondaba la cabeza: si su padre había encontrado a Mateo tres años antes, ¿por qué había continuado hacia el norte sin dejarle ninguna señal que permitiera seguir sus pasos? La respuesta podía encontrarse en el registro de pagos que había ido a buscar, aunque también era posible que nunca llegara a encontrarlo. Martín se obligó a no confundir la esperanza con una certeza. Su padre había desaparecido, pero cada nueva prueba demostraba que su investigación había avanzado mucho más de lo que él imaginaba.
—¿Cuánto tardaremos en llegar al archivo? —preguntó a Hernán.
—Si las indicaciones que recuerdo son correctas, dos jornadas. El edificio perteneció a una administración señorial que reunió documentos de distintas propiedades y territorios. Allí se guardaban cuentas, cartas de pago, relaciones de mensajeros y copias de acuerdos que los señores necesitaban conservar para defender sus derechos. No sé si los registros de 1054 permanecen allí, porque algunas colecciones fueron trasladadas cuando cambiaron los propietarios.
—¿Y si los documentos fueron destruidos? —preguntó Gabriel.
—Entonces tendremos que buscar las copias que pudieron hacerse en otros lugares —respondió Samuel—. Los documentos administrativos rara vez dependían de una sola persona. Una cuenta podía aparecer en el registro de pagos, en el libro de un recaudador o entre los papeles de quien había recibido el dinero. La dificultad consistirá en distinguir los originales de las copias posteriores y averiguar cuándo se introdujeron las modificaciones.
Mateo escuchaba con atención. Cuando Samuel terminó, el anciano levantó la cabeza.
—Si buscáis las cuentas de los mensajeros, debéis tener cuidado con una cosa. En aquella época, algunos pagos se anotaban bajo el nombre del hombre que recibía el dinero, aunque el encargo procediera de otra persona. Quien quisiera ocultar una orden podía utilizar a un intermediario y hacer que la cuenta pareciera un gasto ordinario de la administración.
—Eso explicaría por qué el apellido que recordabas no basta para identificar al responsable —dijo Rodrigo.
—Exactamente. El nombre que figura en una cuenta puede señalar al mensajero, al encargado de entregarle el dinero o al oficial que autorizó el pago. Solo una segunda referencia permitirá saber cuál de ellos era.
Sancho asintió. La advertencia confirmaba que no debían buscar un único nombre como si bastara con encontrarlo escrito en un pergamino. El misterio de 1054 estaba compuesto por decisiones separadas: alguien había ordenado preparar la lista, otros habían reunido los nombres, un mensajero había transportado una copia y alguien había decidido cómo utilizarla después del juramento. Si querían reconstruir la verdad, debían descubrir la relación entre esas acciones.
Durante el resto de la jornada avanzaron por caminos secundarios, evitando las aldeas más grandes. Sancho se mantenía atento a cualquier movimiento extraño, mientras Rodrigo vigilaba los cruces y Gabriel procuraba no forzar el brazo herido. Mateo conocía poco aquella región, pero recordó que los antiguos caminos de los escribanos solían seguir los cauces de los ríos, donde los viajeros encontraban agua y podían llegar a las propiedades sin atravesar los puestos de vigilancia.
Al caer la tarde se detuvieron junto a un bosque de encinas. Samuel aprovechó el descanso para examinar de nuevo la declaración de los ausentes y comparar sus palabras con la carta del padre de Martín. Las diferencias entre ambos documentos eran importantes. La declaración describía la llegada de la relación de casas y la advertencia de que sus nombres no debían interpretarse como una aceptación voluntaria. La carta, escrita muchos años después, mencionaba una copia modificada tras el juramento. Entre ambos textos existía una conexión probable, pero aún no sabían si la modificación había afectado a los nombres, a las marcas que los acompañaban o a la explicación de la traición.
—Podría tratarse de una alteración muy sencilla —dijo Samuel—. Bastaría con añadir una marca junto a una familia o cambiar el encabezamiento de la lista para que una relación preparada con fines de vigilancia pareciera una prueba de deslealtad.
—¿Y si la lista original ya contenía esas marcas? —preguntó Martín.
—Entonces alguien habría tenido que decidir qué significaban y cómo debían interpretarse. El documento que encontramos en Valdeolmos indicaba que la relación podía utilizarse de dos maneras. Eso no demuestra que todas las marcas fueran posteriores, ni que cada familia señalada hubiera sido perseguida por el mismo motivo.
Rodrigo se sentó frente a ellos.
—Mi familia ha conservado durante generaciones una versión según la cual la traición fue obra de un hombre que entregó los nombres a cambio de tierras y protección. Si esa versión nació de una copia modificada, alguien tuvo que conocer la historia completa para hacerla creíble.
—O alguien construyó una explicación que convenía a quienes tenían poder —respondió Sancho—. La historia que se transmite no siempre es la que mejor explica los hechos, sino la que consigue sobrevivir a quienes intentan discutirla.
Rodrigo aceptó la respuesta sin apartar la mirada del fuego. Sabía que el apellido de su familia podía aparecer en algún documento, pero también que no tenía derecho a utilizar esa posibilidad para defender a sus antepasados ni para condenarlos antes de conocer las pruebas. Su obligación consistía en averiguar qué habían hecho realmente y aceptar las consecuencias de la respuesta.
Al amanecer reanudaron la marcha. El terreno se volvió más abierto y, hacia el mediodía, divisaron una construcción fortificada en una elevación próxima al camino. No era un castillo destinado a resistir un asedio, sino una antigua casa de administración, rodeada por un muro y provista de una torre cuadrada. La puerta principal estaba cerrada y una pequeña abertura permitía observar quién se acercaba. En el exterior no había soldados, aunque dos hombres trabajaban junto a un carro cargado de cajas.
Hernán reconoció el edificio por las descripciones que su padre le había hecho muchos años atrás.
—Es el archivo que buscábamos. Aquí se reunieron los registros de varias propiedades, incluidas algunas que pertenecieron a señores que mantuvieron relaciones con los gobernantes de Toledo. Si los libros de cuentas no fueron trasladados, deberían conservarse en la torre.
—¿Quién administra ahora el lugar? —preguntó Samuel.
—No lo sé. La última vez que oí hablar de él, dependía de un mayordomo nombrado por una familia castellana. Pero las propiedades cambian de manos y los documentos suelen permanecer donde estaban mientras nadie tenga interés en trasladarlos.
Sancho observó a los dos hombres que cargaban las cajas. Uno de ellos llevaba una tablilla y comprobaba el contenido de cada recipiente antes de permitir que lo subieran al carro.
—Están trasladando documentos —dijo—. Puede ser una operación ordinaria, pero no conviene que entremos sin saber adónde van esas cajas.
Martín sintió que la oportunidad podía escapárseles. Si los registros de 1054 estaban entre aquellos documentos, quizá los trasladaran a un lugar donde resultara más difícil localizarlos. Sin embargo, acercarse precipitadamente podía alertar a los encargados y poner en peligro la investigación.
Samuel propuso que Hernán se presentara como un hombre interesado en consultar antiguas cuentas de propiedades. Su conocimiento de la administración podía permitirle averiguar quién dirigía el archivo y si los libros de pagos seguían allí. Sancho se opuso al principio, pues temía que Hernán fuera reconocido por alguien que hubiera trabajado con su padre. Finalmente aceptó, con la condición de que Martín y Rodrigo permanecieran fuera del recinto y que Samuel pudiera intervenir si la conversación se complicaba.
Hernán se acercó a la puerta mientras los demás esperaban junto a un muro derruido. Tras hablar unos minutos con el hombre de la tablilla, desapareció en el interior. La espera se prolongó más de lo previsto. Martín comenzó a inquietarse, pero Sancho le recordó que no podían intervenir sin saber qué ocurría dentro.
Al cabo de un rato, Hernán reapareció acompañado por un hombre de mediana edad, vestido con una túnica de buena calidad y un cinturón del que colgaba un pequeño juego de llaves. El desconocido observó al grupo desde la entrada y después se acercó a Sancho.
—Me han dicho que buscáis registros antiguos relacionados con pagos de mensajeros —dijo—. El archivo está revisando sus fondos antes de trasladar una parte de ellos. Si tenéis una autorización del propietario, podréis consultar lo que permanezca aquí.
—No traemos una autorización —respondió Samuel—. Buscamos documentos que puedan aclarar unos hechos ocurridos en 1054. No pretendemos reclamar tierras ni derechos sobre las propiedades.
El hombre sonrió sin mostrar simpatía.
—Los documentos antiguos suelen servir para reclamar algo, aunque quien los busca diga lo contrario. ¿Qué hechos os interesan?
—La preparación de una relación de familias antes de un juramento entre tres hombres —contestó Samuel—. Tenemos referencias a pagos efectuados para transportar copias de esa relación y a una declaración que cuestionaba el uso que se hizo de los nombres.
La sonrisa del administrador desapareció.
—No sé nada de semejante relación. Aquí se conservan cuentas de propiedades, no historias de familias.
—Precisamente por eso hemos venido —dijo Hernán—. Una cuenta de pago puede conservar un nombre aunque la historia que lo acompañaba haya desaparecido.
El hombre miró a Hernán con mayor atención.
—¿Cómo te llamas?
Hernán respondió sin vacilar, aunque Martín advirtió que había elegido cuidadosamente qué información revelar. El administrador pareció reconocer el apellido, pero no comentó nada. En lugar de ello, explicó que el archivo estaba bajo la responsabilidad de un encargado ausente y que no podía permitirles consultar documentos sin una autorización. Las cajas que estaban trasladando contenían registros deteriorados y libros que debían ponerse a salvo antes de las lluvias.
—¿Adónde los lleváis? —preguntó Rodrigo.
—A otra propiedad de la misma administración. No tengo obligación de explicar nuestros movimientos a viajeros desconocidos.
Sancho dio un paso adelante.
—Tampoco nosotros tenemos obligación de contaros todo lo que sabemos. Pero si esos documentos van a ser trasladados, nos gustaría saber si los libros de pagos de 1054 permanecerán aquí.
El administrador lo miró con una atención que inquietó a Martín.
—¿Por qué precisamente ese año?
—Porque buscamos una prueba, no una disputa —respondió Sancho.
El hombre no contestó. Se limitó a indicar que regresaran al día siguiente, cuando quizá pudiera atenderlos el encargado. Después volvió al recinto y ordenó cerrar la puerta.
El grupo se alejó hasta una pequeña elevación desde la que podía observar el patio. La conversación no había conseguido abrirles el archivo, pero había revelado algo importante: la mención de los pagos de 1054 había alterado la actitud del administrador. Podía tratarse de una reacción natural ante unos desconocidos que preguntaban por documentos delicados, aunque también cabía la posibilidad de que conociera el asunto o hubiera recibido instrucciones sobre qué registros debían conservarse fuera del alcance de los visitantes.
—No sabemos si nos ha reconocido —dijo Hernán—. Mi familia tuvo relación con esta administración, pero hace muchos años que no utilizo ese apellido en estos caminos.
—Ha reaccionado al año, no a tu nombre —observó Samuel—. Eso puede significar que los documentos siguen siendo sensibles. También puede que sospeche que queremos reclamar algo. Necesitamos comprobarlo antes de decidir cómo actuar.
Martín miró las cajas que continuaban apiladas junto al carro. Un trabajador cerró una de ellas y clavó una pequeña tablilla en la tapa. En ella aparecía una anotación de tres palabras, apenas visible desde la distancia: «Pagos y correspondencia».
—Si los libros que buscamos están en esas cajas, podrían marcharse antes de mañana —dijo.
—Y si intentamos detener el traslado, daremos a entender que sabemos exactamente lo que contienen —respondió Sancho—. Necesitamos una manera de averiguar qué documentos se conservan y cuáles van a salir.
Mateo, que había permanecido callado durante la conversación, se acercó al borde de la elevación.
—Cuando trabajaba en la administración, los libros de pagos se ordenaban por año y por tipo de gasto. Los pagos extraordinarios podían aparecer en una sección distinta, especialmente si se relacionaban con mensajeros o encargos reservados. Si solo buscáis el nombre de un hombre, quizá no lo encontréis. Tendréis que buscar también las cantidades, las fechas y las referencias a las copias.
Samuel lo miró con interés.
—¿Recuerdas cómo se identificaban esos gastos?
—A veces se utilizaba una marca en el margen, aunque cada administración tenía sus propias costumbres. En la que yo conocí, los encargos que no debían aparecer en las cuentas ordinarias se anotaban con una pequeña línea junto al importe. No era un signo secreto en sí mismo; servía para recordar que el pago debía justificarse en otro registro.
Elías levantó la vista.
—¿Podría ser la cuarta línea que aparece junto a los nombres?
—No lo sé —respondió Mateo—. La marca que yo recuerdo era más sencilla. Podría existir alguna relación, pero sería un error afirmarlo sin ver las cuentas.
Aquella observación les dio una nueva manera de buscar. Si el registro de pagos incluía una anotación que remitía a otro libro, quizá pudieran localizar la orden original o identificar a quien había autorizado el gasto. La cuarta línea podía estar relacionada con una familia excluida, con un testigo o con una marca administrativa que después adquirió otro significado. Hasta que no encontraran los documentos, ninguna de esas interpretaciones podía darse por válida.
Decidieron esperar a que oscureciera antes de acercarse de nuevo al recinto. No pretendían entrar por la fuerza ni robar los documentos; querían averiguar qué libros se conservaban y si existía una forma legítima de consultarlos. Samuel sugirió que, si conseguían hablar con el encargado, presentarían la declaración de los ausentes sin revelar la identidad de Mateo. El testimonio podía justificar la consulta, pero entregar el nombre del anciano a una administración que quizá estuviera comprometida supondría un riesgo innecesario.
Mientras aguardaban, Martín volvió a leer la carta de su padre. La frase sobre las diferencias entre las copias le parecía ahora más importante que nunca. Si alguien había modificado la lista después del juramento, la alteración podía haber quedado registrada en las cuentas como un gasto extraordinario, una copia nueva o un pago a un mensajero. Encontrar el registro no resolvería automáticamente el misterio, pero permitiría comparar los nombres y descubrir qué parte del documento había sido cambiada.
Cuando cayó la noche, las últimas cajas fueron introducidas en el edificio y el carro quedó vacío. El administrador se marchó acompañado por dos hombres, mientras otros cerraban las puertas del patio. Desde su escondite, Sancho observó el movimiento y esperó hasta que desapareció el último trabajador.
Entonces se acercó a la entrada lateral, donde una puerta más pequeña comunicaba con las dependencias de servicio. No intentó abrirla. Se limitó a examinar la cerradura y el suelo que había delante.
—Mañana volveremos a hablar con el encargado —dijo—. Si no nos permite consultar los registros, tendremos que buscar otra vía. No voy a poner en peligro a Mateo ni a los demás por conseguir una hoja que quizá ni siquiera sea la correcta.
Martín aceptó la decisión, aunque la inquietud no lo abandonó. Habían llegado al archivo que su padre buscó tres años antes y, por primera vez, podían estar a pocos pasos del registro que explicaría quién recibió la orden de preparar la lista. Pero el traslado de las cajas y la reacción del administrador indicaban que el tiempo podía jugar en su contra.
Antes de retirarse, Martín miró una última vez la torre. Durante treinta años, los nombres de las familias habían pasado de una mano a otra, unas veces para protegerlas y otras para condenarlas. Los tres firmantes habían intentado establecer una promesa en medio de un mundo dividido, pero alguien había preparado de antemano una relación que podía convertir aquella promesa en una amenaza.
Si el archivo conservaba las cuentas, quizá descubrirían quién había pagado al mensajero y qué autoridad había autorizado el encargo. Después tendrían que demostrar qué relación guardaba ese hombre con la orden original y con la modificación posterior de la lista. La verdad seguía fragmentada, aunque por fin habían llegado al lugar donde algunas de sus piezas podían encontrarse.
Martín guardó la carta de su padre y siguió a sus compañeros hacia el refugio que Sancho había elegido para pasar la noche. Al día siguiente intentarían entrar en el archivo por la vía que aún les quedaba: la de las pruebas y las preguntas precisas. Si alguien se empeñaba en impedirles consultar los registros, tendrían que averiguar por qué. Porque quizá el documento que llevaban décadas intentando ocultar no contuviera el nombre de un único traidor, sino la huella de una cadena de hombres que habían hecho posible que la traición sobreviviera a sus propios autores.