Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

domingo, 7 de junio de 2026

SONETOS IX






La conquista romana


Llegaron las legiones desde el mar,
cubiertas de disciplina y de acero;
cada campamento era un sendero
por donde Roma quiso perdurar.


Hubo pueblos que optaron por pactar,
otros lucharon con ardor sincero;
mas terminó imponiéndose el imperio
que hacía de la ley su estandarte singular.


Calzadas, puentes, foros y ciudades
fueron tejiendo una red duradera
sobre montes, llanuras y ribera.


Y así nacieron nuevas realidades:
una Hispania cada vez más entera
bajo el signo de Roma y sus edades.


SONETO VIII






Aníbal


Juró siendo muchacho odio perpetuo
al poder que crecía junto al Tíber,
y forjó su carácter, firme y libre,
en la disciplina de su pueblo.


Cuando cruzó los campos de este suelo,
las ciudades temieron su calibre;
mas halló aliados, pues siempre vive
la esperanza en quien desafía el duelo.


Partió después hacia los altos puertos
de nieve y roca, guía de elefantes,
buscando el corazón de su rival.


Y quedaron sus pasos descubiertos
como ejemplo de empeños deslumbrantes
en la memoria histórica universal.


viernes, 5 de junio de 2026

SONETO VII








Cartago


Llegó Cartago al litoral ibero
con su poder de púrpura y moneda;
tras cada puerto nuevo se despliega
la ambición del comercio marinero.


Mas no era sólo el trato su sendero:
también la espada firme se hospeda
donde la hegemonía se enreda
con el designio audaz del extranjero.


Desde sus bases miró hacia el horizonte,
soñando un vasto imperio mediterráneo
capaz de desafiar a la gran Roma.

Y así la historia alzó sobre su monte
un conflicto de alcance extraordinario
cuyo eco aún en los siglos se asoma.



SONETO VI








Los griegos en Iberia


También llegaron velas desde Oriente
buscando nuevas rutas y mercados;
sus nombres por el tiempo son llevados
como semillas sobre la corriente.


Fundaron enclaves frente a frente
de playas y de campos soleados;
trajeron pensamientos heredados
que habrían de durar profundamente.


No sólo comerciaron con riquezas:
trajeron el afán de la pregunta,
la medida del arte y la razón.


Y en aquellas lejanas fortalezas
comenzó una conversación conjunta
entre Iberia y la gran civilización.


jueves, 4 de junio de 2026

Sonetos 5





 Los fenicios


Llegaron desde Tiro por los mares,
siguiendo las estrellas y los vientos,
llevando en sus navíos los inventos
que unen continentes y hogares.


Levantaron factorías y altares
entre bahías, islas y sarmientos;
dejaron sus saberes y cimientos
en puertos abiertos a mil lugares.


Gadir fue una promesa junto al agua,
un puente entre dos mundos diferentes,
un diálogo de sal y navegación.


Y Spania fue aprendiendo en aquella fragua
que crecen las naciones más prudentes
cuando abrazan el trato y la relación.


Sonetos 4








 Tartessos


Brilló junto a las aguas del occidente
un reino entre la historia y la leyenda,
cuya riqueza el mar aún nos encomienda
como un eco dorado y persistente.


De plata y cobre fue su sol naciente,
de puertos y de pactos su vivienda;
ninguna crónica completa nos lo enmienda,
ni aclara su final definitivamente.


Mercaderes llegaron de lejanas
costas donde nacía la aurora antigua,
buscando sus metales y su paz.


Y aunque el tiempo borró muchas ventanas,
permanece su sombra, fiel testigo,
en el primer capítulo del haz.


miércoles, 3 de junio de 2026

Sonetos 3

 







Altamira


Dormían los bisontes en la roca,
guardados por la noche milenaria,
hasta que una mirada extraordinaria
halló la voz que el tiempo no sofoca.


Allí la mano humana nos convoca
desde una edad remota y legendaria;
cada figura, viva y necesaria,
al corazón del siglo nos provoca.


Con ocres y carbones encendidos
pintaron nuestros remotos ascendientes
la fuerza, el miedo, el hambre y la esperanza.


Y aún resuenan, jamás del todo idos,
aquellos trazos hondos y valientes
bajo la eterna bóveda que avanza.


Sonetos 2

 






Los primeros pobladores


Mucho antes de ciudades y de reyes,

cuando era bosque el valle y roca el llano,
dejó su huella el hombre más temprano
sobre la tierra ajena a nuestras leyes.


Sin templos ni murallas ni virreyes,
alzaba el fuego contra el invierno humano;
y el sílex, obediente entre su mano,
fue abriendo el porvenir de antiguas greyes.


Siguiendo el curso fiel de los venados,
cruzó montes, cavernas y espesuras,
aprendiendo los ritmos de la estación.


Y en aquellos silencios olvidados
nacieron las primeras estructuras
de cuanto hoy llamamos nación.


martes, 2 de junio de 2026

Sonetos I






Invocando a la Memoria


Memoria, antigua voz de nuestra tierra,
que habitas en la piedra y en el río,
guíame por el largo señorío
de paz, de fe, de gloria y de la guerra.

Desde el primer hogar junto a la sierra
hasta el confín del mar y su albedrío,
conservas el fulgor y el desvarío
de cuanto el tiempo gana o cuanto entierra.

Haz que mi canto cruce las edades,
y nombre a los que fueron luz y herida,
sin odio ciego ni parcial favor.

Que broten del silencio las verdades,
y halle en su propia historia nuestra vida
motivos para el juicio y el honor.


viernes, 29 de mayo de 2026

Tierra Gris

 En tierra gris donde la infancia calla,

marcharon pies que apenas saben juego;
la noche fue su manta y su sosiego,
y el miedo, sombra fiel que nunca falla.


Llevaron en las manos la metralla
cuando debieron abrazar el fuego
del hogar y del pan; mas el apego
murió bajo la voz que todo avasalla.


¡Oh, cuánta primavera fue truncada
antes de florecer sobre la herida
de un mundo que negocia con la espada!


Que vuelva al fin la risa detenida,
y encuentre cada infancia arrebatada
la paz, la luz, la escuela y la salida.


lunes, 25 de mayo de 2026

La Sombra del Velo 12







 Capítulo XII — La memoria de Aetherya

La lluvia comenzó al anochecer. No era una lluvia fuerte, sino constante, silenciosa, casi fantasmal. Las gotas descendían entre los árboles del Bosque Antiguo como si el propio cielo estuviera perdiendo lentamente su forma. Ainé permanecía inmóvil frente al Corazón del Bosque, observando cómo la luz del gran árbol se debilitaba poco a poco. Hacía apenas unos meses aquella presencia llenaba todo Lúmbria con una energía cálida y viva. Ahora parecía cansada. Antigua. Vulnerable.

Mateo dormía cerca del fuego, agotado después de días intentando controlar aquello que veía. Cada vez que cerraba los ojos sentía el mundo fragmentado en capas invisibles, como si la realidad fuese una tela rasgada cuyos hilos empezaban a soltarse. Marga descansaba apoyada contra una raíz gigantesca, aunque en realidad tampoco dormía. Ninguno de ellos lo hacía ya del todo. El miedo había cambiado incluso la forma de descansar.

Lórien vigilaba en silencio desde el borde del claro. La espada seguía en su mano. Siempre en su mano. Como si temiera que en cualquier momento el mundo entero pudiera romperse delante de él.

Entonces el Corazón del Bosque latió.

No fue un sonido. Fue una sensación. Una vibración profunda que atravesó el suelo, el aire y hasta los pensamientos. Mateo despertó de golpe. Ainé levantó lentamente la mirada.

La luz del árbol había cambiado.

Ya no era verde ni dorada.

Era blanca.

Una blancura imposible, antigua, demasiado pura para pertenecer a Lúmbria.

—Está ocurriendo otra vez… —susurró Ainé.

Las raíces comenzaron a moverse lentamente alrededor del tronco gigantesco. No con violencia, sino como si estuvieran abriéndose. Separándose. El interior del árbol empezó a revelar algo oculto durante siglos.

Una grieta.

Pero no como las de los Nul.

Aquella grieta brillaba.

Y dentro de ella… había recuerdos.

Ainé dio un paso adelante sin darse cuenta. Algo tiraba de ella. No físicamente, sino desde un lugar más profundo. La Llama de San Xoán reaccionaba dentro de su pecho como si reconociera aquello.

Mateo se acercó lentamente.

—¿Qué es eso?

Ainé apenas pudo responder.

—Memoria.

El aire alrededor del árbol desapareció durante un instante. El bosque se volvió borroso. Y entonces ocurrió.

El mundo cambió.

No hubo explosión. No hubo oscuridad. Simplemente dejaron de estar en Lúmbria.

Mateo sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. La lluvia ya no caía. El frío se desvaneció. Cuando abrió los ojos, el bosque había desaparecido.

Ante ellos se extendía una ciudad inmensa construida con luz.

Torres imposibles ascendían hacia un cielo lleno de estrellas vivas. Ríos brillantes cruzaban avenidas de piedra blanca. Criaturas de todo tipo caminaban juntas: elfos, seres alados, gigantes, formas de vida que Mateo ni siquiera podía comprender. Todo estaba unido por una energía que atravesaba el aire como un latido constante.

No había separación ni tampoco Velo, ni miedo siquiera.

Mateo observó aquello sin poder respirar.

—¿Dónde estamos…?

Ainé lo sabía incluso antes de pronunciarlo.

—Aetherya.

La ciudad vibraba con vida. Pero no era solo una ciudad. Era algo más. Un mundo entero conectado como una única conciencia inmensa. Mateo podía sentirlo. Cada piedra. Cada ser. Cada pensamiento. Todo formaba parte de algo mucho mayor.

Entonces vio a las figuras.

Seres envueltos en luz caminaban cerca de una estructura gigantesca en el centro de la ciudad. No tenían rostro definido. Sus cuerpos parecían cambiar constantemente entre distintas formas. Y, sin embargo, transmitían paz.

Mateo sintió un escalofrío.

—Esos son

—Sí —susurró Ainé—. Los Nul.

Pero no eran como ahora.

No había vacío en ellos. No había ausencia.

Eran completos. Vivos.

El horror llegó después.

El cielo empezó a oscurecerse lentamente. Las figuras luminosas comenzaron a discutir. La energía del mundo vibró con inestabilidad. Y entonces apareció el miedo.

El miedo al desequilibrio.

Mateo vio cómo algunos seres intentaban controlar aquella energía inmensa que conectaba Aetherya. Querían dividirla. Ordenarla. Separar aquello que consideraban peligroso.

La luz, la sombra, la transformación. El cambio.

Y en ese instante todo empezó a romperse.

La ciudad tembló. Las estrellas desaparecieron una a una. Grietas gigantescas atravesaron el cielo. Los seres luminosos gritaron. Algunos comenzaron a deshacerse. Otros fueron arrastrados hacia un vacío imposible.

Los Nul extendieron las manos.

No para atacar.

Para quedarse.

Pero el mundo ya estaba decidiendo.

Mateo observó horrorizado cómo aquellas criaturas eran expulsadas de la realidad. No destruidas. No asesinadas.

Rechazadas.

El propio mundo los apartaba para reconstruirse de otra manera.

Y entonces comprendió por qué habían vuelto.

No querían conquistar nada.

Querían regresar a aquello que les había sido arrebatado.

La visión cambió violentamente.

Ainé cayó de rodillas.

El dolor atravesó su pecho como fuego.

La Llama de San Xoán ardió dentro de ella con una intensidad insoportable.

Y entonces lo vio.

En medio del colapso de Aetherya… alguien permanecía inmóvil.

Una figura. Observando, esperando.

No era un Nul ni luz, ni sombra, era algo muy distinto que parecía antiguo.

Mateo también lo vio.

Y cuando aquella figura giró lentamente la cabeza hacia ellos… el miedo se volvió real.

Porque los estaba mirando directamente.

A través del recuerdo y del tiempo.

Como si supiera que estaban allí.

Ainé retrocedió con horror.

—No… eso no puede existir…

La figura sonrió levemente.

Y el recuerdo se rompió.

El bosque regresó de golpe.

La lluvia volvió a caer.

El Corazón del Bosque lanzó un latido violento que hizo temblar toda la tierra.

Mateo respiraba con dificultad. Marga apenas podía mantenerse en pie. Incluso Lórien había retrocedido.

Pero Ainé estaba completamente inmóvil.

Pálida.

Aterrada.

Mateo se acercó lentamente.

—¿Qué era eso…?

Ainé tardó en responder.

Porque comprendía algo que los demás aún no.

Los Nul no eran el origen del problema.

Solo eran una consecuencia.

Y aquello que habían visto al final…

Aquello que había permanecido observando incluso durante la caída de Aetherya…

seguía vivo.

Ainé levantó lentamente la mirada hacia el cielo oscuro.

Y por primera vez desde que todo había comenzado… sintió verdadero terror.

Porque acababan de descubrir algo mucho peor que los Nul.

Algo que había sobrevivido al final del primer mundo.