Capítulo VII
Lo que regresa
El bosque no respiraba igual.
Había un hueco.
Invisible.
Pero presente.
Mateo lo sentía.
Como un eco.
Como si algo estuviera llamando desde… ningún sitio.
Ainé lo observaba en silencio.
Sabía que ese momento llegaría.
Pero no sabía si estaban preparados.
—No tienes que hacerlo —dijo suavemente.
Mateo negó con la cabeza.
—Si no lo hago…
—seguirán desapareciendo cosas.
Marga apretó el bastón.
—Y si lo haces mal…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Mateo se acercó al vacío.
Donde antes había árboles.
Cerró los ojos.
Respiró.
Y dejó de intentar entenderlo.
Solo… sintió.
El mundo.
El bosque.
El hueco.
Y más allá algo.
De repente lo vio.
No con los ojos.
Un espacio oscuro.
Fragmentos flotando.
Los árboles.
Pero no estaban muertos.
Estaban… esperando.
Mateo susurró:
—Estáis ahí…
Extendió la mano.
—Volved.
El aire vibró.
El espacio se tensó.
Y de repente un árbol apareció.
De golpe.
Raíces.
Tronco.
Hojas.
Todo en su sitio.
Pero algo no encajaba.
El árbol se movió.
No con el viento.
Por sí mismo.
Lentamente.
Como si despertara.
Marga retrocedió.
—Eso no es natural…
El árbol giró ligeramente.
Como si mirara.
Ainé lo entendió al instante.
—No está completo.
Mateo dio un paso atrás.
—Pero… lo he traído de vuelta…
Ainé negó.
—Has traído su forma.
Silencio.
—Pero no su esencia.
El árbol tembló.
Su corteza se agrietó.
Por dentro no había vida.
Había vacío.
De repente…
se retorció.
Y una onda invisible salió de él.
Todo a su alrededor comenzó a distorsionarse.
Lórien se lanzó hacia adelante.
—¡Atrás!
Cortó el tronco de un golpe.
Pero no sirvió de nada.
Las partes no cayeron.
Se deshicieron.
En nada.
El vacío creció.
Más grande que antes.
Mateo cayó de rodillas.
—No… no… no…
Ainé corrió hacia él.
—No es culpa tuya.
Pero ambos sabían la verdad.
Había empeorado.
Entonces el aire se rasgó.
La grieta apareció.
Más estable.
Más grande.
Y de ella salió Adrián.
Pero ya no parecía humano del todo.
Su presencia era pesada.
Más real.
Y menos.
—Interesante —dijo.
Miró el vacío.
Luego a Mateo.
—Has abierto el camino.
Mateo lo miró.
Con miedo.
—No quería.
Adrián inclinó la cabeza.
—No importa.
Pausa.
—Era inevitable.
Adrián levantó la mano.
Y el vacío respondió.
Se expandió.
Como si le obedeciera.
Ainé se tensó.
—Ahora lo controla…
Mateo gritó:
—¡DETENTE!
Y algo ocurrió.
El vacío tembló.
Por un instante se detuvo.
Adrián lo miró sorprendido.
—Así que puedes resistir…
Sonrió.
—Eso lo hace más interesante.
Ainé se lanzó.
El equilibrio explotó a su alrededor.
Chocó contra Adrián.
Esta vez sí hubo impacto.
Pero también resistencia.
El choque sacudió todo el bosque.
Por primera vez Adrián no retrocedió fácilmente.
—Estoy aprendiendo —dijo.
Y contraatacó.
Una ola de vacío avanzó hacia ellos.
Lórien y Marga intentaron detenerla.
Pero la magia no funcionaba igual.
Ainé concentró todo su poder.
Más que nunca.
La luz y la sombra giraron con violencia.
Pero algo era diferente.
Le costaba.
Más de lo normal.
Entonces lo recordó.
Cada vez que usaba ese poder acercaba el mundo a Aetherya.
Mateo gritó:
—¡Ainé, no!
Pero era tarde.
Ella ya había decidido.
—No hay otra opción.
Liberó toda la energía.
La explosión fue brutal.
El vacío retrocedió.
Adrián fue lanzado hacia atrás.
La grieta se inestabilizó.
Y se cerró.
Silencio.
El bosque volvió a la calma.
Pero no a la normalidad.
Había más vacío.
Más grietas invisibles.
Mateo respiraba con dificultad.
—Esto… va a peor…
Ainé no respondió.
Miró sus manos.
La luz y la sombra seguían ahí.
Pero algo en ellas había cambiado.
Ainé susurró:
—Cada vez que luchamos…les ayudamos.
Silencio total.
El viento recorrió el bosque.
Y por primera vez nadie tenía una respuesta.
Porque el enemigo no solo avanzaba el propio mundo lo estaba trayendo de vuelta

No hay comentarios:
Publicar un comentario