En el corazón verde de la antigua Galicia, donde la niebla se descuelga como un velo de encaje sobre los bosques y el mar canta viejas canciones contra los acantilados, existía un lugar que no figuraba en los mapas de los hombres. Algunos lo intuían al oír susurros en el viento; otros lo olvidaban al despertar. Aquel reino escondido se llamaba Lúmbria, y latía entre los robles centenarios y los crómlech cubiertos de musgo como un corazón secreto.
I. El Bosque de las Voces
El Bosque de las Voces se extendía al oeste de las montañas, allí donde los carballos entrelazaban sus ramas formando bóvedas naturales. En sus claros danzaban hadas de alas translúcidas, cuyos brillos parecían gotas de luna. Eran las hijas del rocío, guardianas de las fuentes y de los pétalos.
Entre ellas destacaba Ainé, la más joven, curiosa y obstinada. No tenía aún el brillo pleno en las alas, pero sí una determinación que inquietaba a las más ancianas. Ainé escuchaba lo que otras ignoraban: el temblor profundo bajo la tierra, el crujido antiguo de algo que despertaba.
No lejos de allí, en las raíces más hondas del bosque, vivían los elfos de la estirpe de Breogán. Altos, de ojos como hojas húmedas, habían jurado custodiar los secretos de la piedra y el metal. Su líder era Lórien, de cabellos tan oscuros como la noche sobre el océano. Los elfos no se mezclaban con facilidad con las hadas; respetaban su luz, pero desconfiaban de su inconstancia.
Y más allá, en los márgenes de los ríos, moraban otros seres: trasgos juguetones que robaban calcetines y risas; mouras de cabellos dorados que cantaban junto a los dólmenes; y las meigas, sabias y temidas, capaces de hablar con las sombras.
El equilibrio entre todos había perdurado siglos. Pero aquel verano la niebla se tornó espesa y amarga.
Fantástico tú relato, una fantasía maravillosa.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho he pasado un rato muy bueno.
Escribes muy bien.