Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

jueves, 13 de agosto de 2026

La marcha de los siete reyes

 No fueron llamados

por trompetas.

Ni por heraldos
vestidos de oro.

Los convocó

el Árbol de la Memoria.

Una hoja
cayó sobre cada reino.

Una sola.

Y bastó.

Porque las hojas
de aquel árbol
solo caían

cuando el equilibrio
del mundo
estaba herido.

El primero llegó
desde las montañas de granito.

Su corona
era sencilla.

Nunca había buscado
ser rey.

Pero un pueblo
que confía
puede convertir
en rey
al hombre más humilde.

El segundo
cruzó el mar interior.

Traía en su escudo
una garza blanca.

Había aprendido
que la paciencia
vence batallas
que el acero
jamás comprendería.

El tercero
venía del gran bosque.

No llevaba cetro.

Empuñaba
una rama de fresno.

Porque gobernar,
decía,
es aprender
a hacer crecer.

El cuarto
abandonó
las ciudades del desierto.

Conocía
el valor de una gota de agua

igual que un sabio

conoce
el valor
de una palabra.

El quinto
descendió
de las nieves perpetuas.

Su barba
guardaba
el color del invierno.

Su mirada,

el del amanecer.

El sexto
era el más joven.

Aún dudaba.

Y por eso mismo

el Árbol
lo había elegido.

Porque la duda
que busca la verdad

es más noble

que la certeza
nacida del orgullo.

El séptimo

llegó el último.

Nadie supo
de qué reino procedía.

Vestía
una capa gris.

No llevaba espada.

Solo un libro.

Sus páginas
estaban en blanco.

Cuando los demás
preguntaron su nombre,

respondió:

—Todavía
no ha sido escrito.

Los siete
permanecieron
bajo las ramas antiguas.

Ninguno habló.

No hacía falta.

El árbol
dejó caer
una segunda hoja.

Esta vez

era negra.

No estaba marchita.

La había tocado

la Niebla.

Entonces,

por primera vez
desde el nacimiento del mundo,

las raíces
temblaron.

Y el viento,

que jamás mentía,

pronunció una sola palabra:

Recordad.

Porque la guerra
que estaba por llegar

no decidiría
quién gobernaría los reinos.

Decidiría

si habría alguien

capaz de recordar

que una vez

existieron.

Y los siete reyes

inclinaron la cabeza.

Ante la memoria,

que es la primera patria

de todos los pueblos.


Y el viento no olvidó aquel juramento.


Coda II

 Así concluyen

las Crónicas del Corazón Errante.

Cinco historias

como cinco estrellas

encendidas

en la noche del mundo.

Quien las lea

con los ojos del alma

comprenderá

que ningún hechizo

es más poderoso

que la compasión,

que ningún reino

es más vasto

que un corazón fiel,

y que toda gran guerra

comienza mucho antes

de alzarse las espadas:

empieza

cuando el amor

deja de ser

el lenguaje

de los pueblos.

Por eso,

cuando las trompas

anuncien la marcha

de los siete reyes

y la Niebla Negra

avance sobre los bosques,

el lector sabrá

qué es lo que está en juego.

No serán coronas.

No serán fronteras.

Será la memoria

de todo aquello

que hizo hermoso

el mundo.


Un amor entre dos mundos

 Hubo un puente

que ningún alba mostraba

y que ningún ocaso

conseguía ocultar.

No estaba hecho de piedra,

ni de madera,

ni de hierro.

Lo sostenían

los juramentos

que nunca llegaron

a pronunciarse.

Un extremo

descansaba

en el Reino de la Aurora,

donde los árboles

florecían con música

y los lagos

guardaban el reflejo

de las constelaciones.

El otro

se perdía

en el Reino de las Cenizas,

donde las ciudades

levantaban torres

contra el viento

y los hombres

aprendían demasiado pronto

el precio del tiempo.

Nadie podía cruzarlo.

Así lo habían dispuesto

los antiguos pactos,

firmados cuando el cielo

todavía conservaba

el aroma

del primer amanecer.

Pero el destino

es un jardinero paciente.

Siempre encuentra

una grieta

entre las piedras.

Ella

era hija

del pueblo de la luz.

Llevaba en el cabello

el resplandor

de las hojas nuevas,

y en los ojos

el verde profundo

de los bosques

que jamás conocerían el invierno.

Él

era hijo

de los hombres.

No poseía magia.

No conocía

la lengua secreta

de los árboles.

Solo tenía

unas manos

endurecidas

por el trabajo,

una voz serena

y un corazón

que jamás aprendió

a rendirse.

Se encontraron

cuando la niebla

cubría el puente

como un manto.

No preguntaron

sus nombres.

Hay almas

que se reconocen

antes de hablar.

Desde entonces,

cada luna llena

regresaban

al mismo lugar.

Ella le enseñó

que las estrellas

no eran luces lejanas,

sino semillas

de futuros posibles.

Él le enseñó

que una humilde flor

nacida entre las piedras

podía desafiar

a todo un invierno.

Ella le hablaba

de dragones

que dormían

bajo montañas de cristal.

Él le hablaba

de madres

que esperaban

a sus hijos

con una lámpara encendida

hasta el amanecer.

Ella descubrió

la belleza

de lo efímero.

Él comprendió

la nostalgia

de lo eterno.

Así fueron pasando

las estaciones.

Hasta que el puente

comenzó a desvanecerse.

Los antiguos pactos

despertaban.

Las viejas fronteras

reclamaban

su silencio.

Aquella última noche,

la luna

parecía suspendida

sobre el mundo

como una lágrima

que se negara a caer.

—Si cruzas conmigo,

perderás la inmortalidad.

—Si me quedo,

perderé la vida

sin haberte vivido.

El viento

guardó aquellas palabras

entre las ramas.

Nadie supo

qué decisión tomaron.

Al amanecer,

el puente

había desaparecido.

Solo quedó

una flor blanca

creciendo

sobre el vacío.

Los bardos

discutieron durante siglos.

Algunos aseguraban

que ambos

renunciaron

a sus reinos

para comenzar

una vida desconocida.

Otros afirmaban

que el puente

los separó para siempre.

Pero los árboles,

que rara vez

desmienten a los hombres,

cada primavera

dejan caer

dos pétalos

sobre el mismo lugar.

Uno

tiene el color

del alba.

El otro,

el del crepúsculo.

Y cuando el viento

los une

antes de tocar la tierra,

parece que el mundo entero

contiene el aliento.

Porque hay amores

que no pertenecen

a una sola vida,

ni a un solo reino.

Son puentes invisibles

entre aquello que somos

y aquello

que todavía soñamos ser.