Capítulo IX
Lo que no debería aprenderse
El bosque ya no intentaba ocultarlo. Algo estaba cambiando.
No solo en los claros vacíos ni en las grietas invisibles, sino en la forma en que la propia realidad se sostenía. Los sonidos llegaban tarde. La luz parecía más tenue en ciertos puntos. Y, a veces, durante un segundo todo se detenía.
Ainé lo observaba en silencio, de pie frente al Corazón del Bosque. Su respiración se había estabilizado, pero su energía no era la misma. Había algo más pesado en ella, como si cada latido estuviera conectado a algo más grande y más frágil.
Mateo permanecía a unos pasos, mirando sus manos. Desde que había intentado traer el árbol de vuelta, no había dejado de sentir esa conexión extraña. No era como la magia. No era algo que pudiera controlar con voluntad. Era más como escuchar algo que siempre había estado ahí, pero que ahora ya no podía ignorar.
—Hazlo otra vez —dijo Ainé sin girarse.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Otra vez?
—Pero esta vez no intentes traer nada.
—Solo… observa.
Mateo dudó, pero asintió. Cerró los ojos lentamente y respiró hondo. Intentó no pensar en lo que había salido mal antes. Intentó no recordar el vacío expandiéndose, ni la sensación de haber roto algo que no entendía.
Y entonces lo sintió.
El mundo.
Pero no como antes.
No como un todo.
Sino como piezas.
Fragmentos.
Capas.
Algunas completas.
Otras no.
Y entre ellas algo más. Presencias.
No estaban lejos.
Los Nul.
Mateo tensó ligeramente el cuerpo, pero no se desconectó.
Esta vez no. Esta vez se quedó.
Y algo ocurrió.
Una de esas presencias respondió.
No se movió.
No habló.
Pero cambió.
Como si se enfocara.
Como si mirara de vuelta.
Mateo abrió los ojos de golpe y retrocedió.
—Me ha visto.
Ainé giró lentamente hacia él.
—¿Seguro?
Mateo asintió, respirando más rápido.
—Sí pero no como antes.
Marga se acercó un paso.
—¿Qué ha hecho?
Mateo dudó.
—Nada
—Solo estaba ahí.
Lórien frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Para nosotros no —dijo Ainé en voz baja—.
Se acercó a Mateo.
—Pero para ellos… puede que sí.
Mateo la miró, confundido.
—¿Qué quieres decir?
Ainé tardó en responder.
—Que quizá no están aprendiendo como nosotros.
—Quizá solo… están recordando.
El aire pareció enfriarse.
—¿Recordando qué? —preguntó Marga.
Ainé levantó la mirada hacia el cielo.
—Lo que eran antes.
El silencio que siguió fue distinto.
Más profundo.
Más incómodo.
Porque implicaba algo peligroso.
Si los Nul no estaban cambiando…
Si no estaban evolucionando entonces no había forma de preverlos. No había forma de detenerlos.
Mateo volvió a mirar sus manos.
—Cuando me ha visto…
Tragó saliva.
—…No he sentido odio.
Eso hizo que todos lo miraran.
—¿Cómo que no? —dijo Lórien.
Mateo negó lentamente.
—No quería hacerme daño.
—Ni siquiera parecía interesado en mí.
Ainé lo entendió antes que los demás.
—Porque tú no eres su objetivo.
Marga frunció el ceño.
—Entonces ¿qué lo es?
Ainé respondió sin apartar la mirada del vacío cercano.
—El mundo.
Mateo apretó los puños.
—Pero Adrián sí quería hacer daño.
—Adrián ya no es solo humano —dijo Lórien con dureza—.
—Ni tampoco un Nul completo —añadió Ainé.
—Eso es lo peligroso.
El viento volvió a recorrer el bosque, pero no traía calma.
Traía tensión.
Algo estaba ocurriendo.
Algo cercano.
Mateo lo sintió primero.
Se giró de golpe.
—Está aquí.
No hubo tiempo para más.
El aire se dobló ligeramente.
Y una figura apareció.
No hubo grieta visible.
No hubo sonido.
Solo presencia.
Adrián.
Pero esta vez era diferente.
Su forma era más estable.
Más definida.
Más real.
Sus ojos seguían teniendo ese vacío, pero ahora había algo más detrás.
Conciencia. Intención.
—Habéis empezado a entender —dijo con voz tranquila.
Nadie respondió.
Ainé dio un paso al frente.
—¿Qué eres ahora?
Adrián sonrió levemente.
—Algo más cercano a vosotros.
—Y más cercano a ellos.
Lórien desenfundó la espada, pero no atacó.
—No te acerques más.
Adrián ni siquiera lo miró.
Su atención estaba en Mateo.
—Tú.
Mateo se tensó.
—¿Qué quieres?
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—Ver.
—Antes no podíamos.
—Ahora… empezamos a hacerlo.
Ainé frunció el ceño.
—Eso no es posible.
—Lo es —respondió Adrián con calma—.
Levantó la mano.
La marca brilló.
Pero esta vez no ocurrió nada visible.
Y sin embargo…
Mateo lo sintió.
La misma presencia de antes.
Más clara.
Más cerca.
Los Nul.
Pero no estaban mirando al mundo.
Estaban mirando a través de Adrián.
A través de él.
Mateo dio un paso atrás.
—No
Ainé lo comprendió al instante.
—Estás conectado a ellos.
Adrián asintió.
—Y ellos a vosotros.
El silencio se rompió por dentro de todos.
—Eso significa… —empezó Marga.
—Que ya no hay separación —terminó Ainé.
El bosque pareció encogerse.
Como si el espacio se volviera más pequeño.
Más frágil.
Adrián dio un paso adelante.
Y esta vez…
Lórien atacó.
La espada cruzó el aire con precisión.
Impactó.
Y atravesó.
Pero no fue como antes.
Adrián sí estaba allí.
El golpe lo hizo retroceder.
Un corte apareció en su brazo.
Pequeño.
Pero real.
Los ojos de Lórien se abrieron con sorpresa.
—Ahora sí.
Adrián miró la herida.
Curioso.
—Interesante.
La herida no sangró.
Simplemente dejó de estar.
Desapareció.
—Cada vez es más fácil —dijo.
Ainé apretó los dientes.
—¿Qué estás haciendo?
Adrián la miró.
—Aprender.
—Igual que vosotros.
Pero en su voz había algo distinto.
Algo que no encajaba.
Porque no era aprendizaje.
Era adaptación.
Rápida.
Demasiado rápida.
Mateo lo sintió.
Y por primera vez tuvo miedo de verdad.
No por lo que eran.
Sino por lo que podían llegar a ser.
Adrián dio un último paso atrás.
El aire volvió a tensarse.
—Pronto no habrá diferencia.
—Y entonces…
Miró a Ainé.
—El equilibrio dejará de ser necesario.
La grieta apareció detrás de él.
Más estable.
Más precisa.
Y desapareció.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Pero ya nada era igual. Porque ahora lo sabían.
Los Nul no solo estaban volviendo. Estaban aprendiendo.
Y eso era algo que nunca debería haber ocurrido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario