Antes de que existieran los relojes,
cuando los hombres contaban los días
por el vuelo de las aves
y por la sombra de las montañas,
la luna era una reina solitaria
sentada en un trono de plata.
Miraba desde lo alto del cielo
pero nadie conocía su alma.
Durante siglos contempló la tierra,
sus mares, sus bosques y sus guerras,
vio nacer imperios orgullosos
y vio caer sus piedras eternas.
Vio a los niños correr bajo la lluvia,
vio amantes jurar eternidades,
vio guerreros partir cantando
sin saber que buscaban la muerte.
Pero la luna no podía hablar.
Su voz era demasiado lejana,
su luz demasiado fría,
y aunque amaba a los seres de abajo,
ninguno podía sentir su compañía.
Hasta que una noche de invierno,
cuando el mundo quedó en silencio,
un pequeño elfo perdido
llegó hasta el valle del tiempo.
Había cruzado montañas oscuras,
había vencido al miedo y al frío,
pero llevaba en sus manos vacías
un corazón cansado y herido.
Se sentó junto a un viejo lago
donde la luna se reflejaba,
y comenzó a contarle sus penas
a aquella luz plateada.
—He perdido mi hogar —dijo—,
he perdido a quienes amaba.
Camino buscando respuestas
que quizá nunca sean halladas.
—Los árboles me dieron silencio,
los ríos me dieron canciones,
pero nadie puede llenar
el vacío de los corazones.
La luna escuchó en la altura.
Y por primera vez en mil años
sintió algo que los mortales
conocían desde antaño.
Sintió tristeza.
Sintió compasión.
Sintió el peso de una lágrima
naciendo en su inmenso corazón.
Una gota de luz cayó del cielo
y tocó el rostro del joven elfo.
No quemaba como el fuego,
ni era fría como el hielo.
Era una lágrima de luna,
la primera que el mundo conocía,
un pequeño fragmento de esperanza
nacido de la melancolía.
Desde aquel día los elfos supieron
que incluso los seres eternos
pueden sentir la tristeza,
pueden temer al invierno.
Porque no es la ausencia de heridas
lo que hace grande a un alma,
sino encontrar luz en la noche
cuando todo parece sin calma.
Y la luna, que antes reinaba sola,
aprendió un secreto olvidado:
que un corazón que nunca llora
jamás ha amado.
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