Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 29 de mayo de 2026

Tierra Gris

 En tierra gris donde la infancia calla,

marcharon pies que apenas saben juego;
la noche fue su manta y su sosiego,
y el miedo, sombra fiel que nunca falla.


Llevaron en las manos la metralla
cuando debieron abrazar el fuego
del hogar y del pan; mas el apego
murió bajo la voz que todo avasalla.


¡Oh, cuánta primavera fue truncada
antes de florecer sobre la herida
de un mundo que negocia con la espada!


Que vuelva al fin la risa detenida,
y encuentre cada infancia arrebatada
la paz, la luz, la escuela y la salida.


lunes, 25 de mayo de 2026

La Sombra del Velo 12







 Capítulo XII — La memoria de Aetherya

La lluvia comenzó al anochecer. No era una lluvia fuerte, sino constante, silenciosa, casi fantasmal. Las gotas descendían entre los árboles del Bosque Antiguo como si el propio cielo estuviera perdiendo lentamente su forma. Ainé permanecía inmóvil frente al Corazón del Bosque, observando cómo la luz del gran árbol se debilitaba poco a poco. Hacía apenas unos meses aquella presencia llenaba todo Lúmbria con una energía cálida y viva. Ahora parecía cansada. Antigua. Vulnerable.

Mateo dormía cerca del fuego, agotado después de días intentando controlar aquello que veía. Cada vez que cerraba los ojos sentía el mundo fragmentado en capas invisibles, como si la realidad fuese una tela rasgada cuyos hilos empezaban a soltarse. Marga descansaba apoyada contra una raíz gigantesca, aunque en realidad tampoco dormía. Ninguno de ellos lo hacía ya del todo. El miedo había cambiado incluso la forma de descansar.

Lórien vigilaba en silencio desde el borde del claro. La espada seguía en su mano. Siempre en su mano. Como si temiera que en cualquier momento el mundo entero pudiera romperse delante de él.

Entonces el Corazón del Bosque latió.

No fue un sonido. Fue una sensación. Una vibración profunda que atravesó el suelo, el aire y hasta los pensamientos. Mateo despertó de golpe. Ainé levantó lentamente la mirada.

La luz del árbol había cambiado.

Ya no era verde ni dorada.

Era blanca.

Una blancura imposible, antigua, demasiado pura para pertenecer a Lúmbria.

—Está ocurriendo otra vez… —susurró Ainé.

Las raíces comenzaron a moverse lentamente alrededor del tronco gigantesco. No con violencia, sino como si estuvieran abriéndose. Separándose. El interior del árbol empezó a revelar algo oculto durante siglos.

Una grieta.

Pero no como las de los Nul.

Aquella grieta brillaba.

Y dentro de ella… había recuerdos.

Ainé dio un paso adelante sin darse cuenta. Algo tiraba de ella. No físicamente, sino desde un lugar más profundo. La Llama de San Xoán reaccionaba dentro de su pecho como si reconociera aquello.

Mateo se acercó lentamente.

—¿Qué es eso?

Ainé apenas pudo responder.

—Memoria.

El aire alrededor del árbol desapareció durante un instante. El bosque se volvió borroso. Y entonces ocurrió.

El mundo cambió.

No hubo explosión. No hubo oscuridad. Simplemente dejaron de estar en Lúmbria.

Mateo sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. La lluvia ya no caía. El frío se desvaneció. Cuando abrió los ojos, el bosque había desaparecido.

Ante ellos se extendía una ciudad inmensa construida con luz.

Torres imposibles ascendían hacia un cielo lleno de estrellas vivas. Ríos brillantes cruzaban avenidas de piedra blanca. Criaturas de todo tipo caminaban juntas: elfos, seres alados, gigantes, formas de vida que Mateo ni siquiera podía comprender. Todo estaba unido por una energía que atravesaba el aire como un latido constante.

No había separación ni tampoco Velo, ni miedo siquiera.

Mateo observó aquello sin poder respirar.

—¿Dónde estamos…?

Ainé lo sabía incluso antes de pronunciarlo.

—Aetherya.

La ciudad vibraba con vida. Pero no era solo una ciudad. Era algo más. Un mundo entero conectado como una única conciencia inmensa. Mateo podía sentirlo. Cada piedra. Cada ser. Cada pensamiento. Todo formaba parte de algo mucho mayor.

Entonces vio a las figuras.

Seres envueltos en luz caminaban cerca de una estructura gigantesca en el centro de la ciudad. No tenían rostro definido. Sus cuerpos parecían cambiar constantemente entre distintas formas. Y, sin embargo, transmitían paz.

Mateo sintió un escalofrío.

—Esos son

—Sí —susurró Ainé—. Los Nul.

Pero no eran como ahora.

No había vacío en ellos. No había ausencia.

Eran completos. Vivos.

El horror llegó después.

El cielo empezó a oscurecerse lentamente. Las figuras luminosas comenzaron a discutir. La energía del mundo vibró con inestabilidad. Y entonces apareció el miedo.

El miedo al desequilibrio.

Mateo vio cómo algunos seres intentaban controlar aquella energía inmensa que conectaba Aetherya. Querían dividirla. Ordenarla. Separar aquello que consideraban peligroso.

La luz, la sombra, la transformación. El cambio.

Y en ese instante todo empezó a romperse.

La ciudad tembló. Las estrellas desaparecieron una a una. Grietas gigantescas atravesaron el cielo. Los seres luminosos gritaron. Algunos comenzaron a deshacerse. Otros fueron arrastrados hacia un vacío imposible.

Los Nul extendieron las manos.

No para atacar.

Para quedarse.

Pero el mundo ya estaba decidiendo.

Mateo observó horrorizado cómo aquellas criaturas eran expulsadas de la realidad. No destruidas. No asesinadas.

Rechazadas.

El propio mundo los apartaba para reconstruirse de otra manera.

Y entonces comprendió por qué habían vuelto.

No querían conquistar nada.

Querían regresar a aquello que les había sido arrebatado.

La visión cambió violentamente.

Ainé cayó de rodillas.

El dolor atravesó su pecho como fuego.

La Llama de San Xoán ardió dentro de ella con una intensidad insoportable.

Y entonces lo vio.

En medio del colapso de Aetherya… alguien permanecía inmóvil.

Una figura. Observando, esperando.

No era un Nul ni luz, ni sombra, era algo muy distinto que parecía antiguo.

Mateo también lo vio.

Y cuando aquella figura giró lentamente la cabeza hacia ellos… el miedo se volvió real.

Porque los estaba mirando directamente.

A través del recuerdo y del tiempo.

Como si supiera que estaban allí.

Ainé retrocedió con horror.

—No… eso no puede existir…

La figura sonrió levemente.

Y el recuerdo se rompió.

El bosque regresó de golpe.

La lluvia volvió a caer.

El Corazón del Bosque lanzó un latido violento que hizo temblar toda la tierra.

Mateo respiraba con dificultad. Marga apenas podía mantenerse en pie. Incluso Lórien había retrocedido.

Pero Ainé estaba completamente inmóvil.

Pálida.

Aterrada.

Mateo se acercó lentamente.

—¿Qué era eso…?

Ainé tardó en responder.

Porque comprendía algo que los demás aún no.

Los Nul no eran el origen del problema.

Solo eran una consecuencia.

Y aquello que habían visto al final…

Aquello que había permanecido observando incluso durante la caída de Aetherya…

seguía vivo.

Ainé levantó lentamente la mirada hacia el cielo oscuro.

Y por primera vez desde que todo había comenzado… sintió verdadero terror.

Porque acababan de descubrir algo mucho peor que los Nul.

Algo que había sobrevivido al final del primer mundo.


viernes, 22 de mayo de 2026

El la hondura de la razón



Me asusta y me empequeñece la altura,

Me asusta la incapacidad,

Me asusta vivir en eterna Uróboros.

A veces pienso y...

...Me asusta...

Me asusta,

Que mi cerebro esté vacío,

Varado en lugar sombrío.


Todo lo que empiezo acaba

En arrugados papeles,

Inundando anafes,

Reavivando ascuas.


Todo lo que emborrono son simplezas,

Letras muertas antes de nacer,

Letras carentes del valor de la palabra.


Si no siento cada frase como se merece,

Si no se desnuda el alma a cada vocablo,

Nada cobra sentido y torna la sonrisa en llanto.

En un fuego eterno que quema.


Las voces siguen en mi cabeza,

¡Déjate llevar a cualquier lugar!

Aunque la carcasa se quede,

El alma volará errante

Por esos campos de ascetas.


Pero nada tiene sentido

Si lo que se vive

No se siente límpido

En lo hondo, donde la vida aflige.


viernes, 15 de mayo de 2026

Los Hijos del Velo-11

 






Capítulo XI — El eco de Aetherya

La noche cayó sobre Lúmbria como un velo enfermo. No había estrellas. El cielo parecía demasiado oscuro, demasiado profundo, como si detrás de él existiera algo observando en silencio. El Bosque Antiguo había dejado de susurrar. Ya no se oían las voces invisibles de las raíces ni el canto lejano de las criaturas mágicas. Incluso el viento parecía caminar con miedo entre los árboles.

Ainé permanecía inmóvil frente al Corazón del Bosque. La enorme corteza luminosa latía con debilidad, como un corazón cansado que luchaba por no detenerse. Desde niña había sentido la presencia del bosque como una conciencia inmensa y serena, una fuerza antigua que mantenía unido el equilibrio del mundo. Pero ahora… aquello era diferente. Había dolor. Y debajo del dolor, algo aún peor: agotamiento.

Mateo observaba el árbol en silencio. Desde que su vínculo con el vacío había despertado, veía cosas que nadie más podía percibir. Pequeñas grietas invisibles atravesaban el aire alrededor del Corazón del Bosque. No eran roturas físicas, sino huecos extraños, espacios donde la realidad parecía más débil. Y detrás de ellos, muy lejos, había movimiento.

—Están cerca —susurró.

Ainé giró lentamente la cabeza hacia él.

—¿Los Nul?

Mateo tardó en responder.

—No exactamente.

Marga se tensó al escuchar aquello.

—¿Qué significa eso?

El muchacho tragó saliva antes de hablar.

—Siento algo más antiguo.

El silencio cayó entre ellos. Lórien dio un paso adelante, apoyando la mano sobre la empuñadura de su espada.

—Más antiguo que los Nul no debería existir nada.

Pero Ainé sí comprendió aquellas palabras. Lo vio en el mismo instante en que Mateo las pronunció. Porque el Corazón del Bosque reaccionó. Su luz tembló de forma brusca y las raíces comenzaron a moverse bajo la tierra, como si intentaran protegerse de algo invisible.

Entonces ocurrió.

El claro desapareció.

No físicamente. Fue como si el mundo hubiera sido cubierto durante un instante por otra realidad. El aire se volvió blanco. El bosque dejó de existir. Y todos sintieron que el suelo bajo sus pies se deshacía.

Mateo cayó de rodillas.

Ainé sintió cómo la Llama de San Xoán ardía dentro de ella con una fuerza insoportable.

Y entonces apareció la visión.

No era Lúmbria.

No era el mundo humano.

Era otra cosa.

Un océano infinito de luz y sombra mezcladas giraba bajo un cielo dorado. Enormes árboles cristalinos crecían sobre montañas suspendidas en el vacío. Ríos de energía recorrían la tierra como venas vivas. No había separación entre magia y existencia. Todo era una única cosa.

Aetherya.

No como ruina.

No como recuerdo.

Sino viva.

Completa.

Perfecta.

Mateo levantó lentamente la cabeza mientras observaba aquel lugar imposible.

—Es hermoso…

Pero Ainé sintió terror.

Porque por primera vez comprendió algo que jamás había entendido realmente.

Los Nul no querían destruir el mundo.

Querían volver a eso.

La visión cambió de golpe.

El cielo dorado comenzó a agrietarse. Las montañas temblaron. La energía dejó de fluir en armonía. Y entonces aparecieron figuras.

Seres inmensos hechos de pura luz.

Otros formados por sombra viva.

Discutían.

Combatían.

El equilibrio empezó a romperse.

Ainé vio cómo enormes fragmentos de realidad se separaban entre sí. La luz y la sombra fueron divididas por la fuerza. Y en medio de aquella ruptura… algo quedó fuera.

Algo que no pertenecía ni a un lado ni al otro.

El vacío.

Los Nul.

La visión se desgarró violentamente.

El claro regresó.

Todos respiraban con dificultad. Marga tenía lágrimas en los ojos sin saber por qué. Lórien observaba el bosque como si acabara de despertar de una pesadilla antigua.

Mateo seguía temblando.

—Ellos… recuerdan ese lugar.

Ainé asintió lentamente.

—Porque nacieron allí.

El Corazón del Bosque emitió un latido débil.

Entonces la voz apareció dentro de sus mentes.

No como palabras.

Como sentimiento.

Dolor.

Pérdida.

Nostalgia.

Y una verdad.

“Aetherya nunca debió romperse.”

Marga retrocedió un paso.

—No… eso no puede ser cierto.

Pero el árbol volvió a latir.

Más lento.

Más triste.

Y todos comprendieron lo que significaba.

El mundo actual no era natural.

Era una herida.

Lúmbria, el mundo humano, la luz y la sombra… todo existía porque algo había sido separado a la fuerza.

Mateo sintió frío.

—Entonces… ¿ellos tienen razón?

Ainé cerró los ojos.

La pregunta atravesó su pecho como una espada.

Porque una parte de ella… entendía a los Nul.

Entendía el vacío de haber sido rechazados.

Entendía el deseo de volver a estar completos.

Pero también entendía el precio.

Si Aetherya regresaba… todo desaparecería.

No moriría.

Peor.

Nunca habría existido de la misma manera.

Lórien rompió el silencio con dureza.

—No importa lo que fueran. Este es nuestro mundo ahora.

Ainé levantó lentamente la mirada.

—Sí.

Pero ya no sonaba completamente segura.

Y eso fue lo que más miedo dio a Marga.

Porque si incluso la guardiana del equilibrio empezaba a dudar… quizá el mundo ya había comenzado a perder la batalla mucho antes de que ellos lo comprendieran.

Entonces el aire volvió a tensarse.

Mateo lo sintió primero.

Una presencia.

No hostil.

No agresiva.

Pero inmensa.

Las sombras entre los árboles comenzaron a deformarse lentamente hasta formar una figura humana.

Adrián.

Aunque apenas quedaba algo humano en él.

Sus ojos contenían ahora fragmentos de aquella luz dorada que habían visto en Aetherya.

Miró alrededor del claro con una calma inquietante.

—Ahora ya lo entendéis.

Nadie respondió.

Adrián observó el Corazón del Bosque y sonrió con una tristeza extraña.

—Incluso él lo recuerda.

Ainé dio un paso adelante.

—¿Qué quieres?

Adrián la miró directamente.

Y por primera vez… no parecía vacío.

Parecía melancólico.

—Volver a casa.

El silencio se volvió insoportable.

Porque en el fondo… aquella respuesta no sonaba monstruosa.

Sonaba humana.