Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

jueves, 14 de mayo de 2026

Los Hijos del Velo-10

 




Capítulo X — Cuando ya no haya diferencia

El silencio que dejó Adrián tras desaparecer no fue un silencio vacío, sino uno cargado de presencia, como si algo invisible hubiese permanecido observándolos desde el otro lado de la realidad. El bosque seguía allí, los árboles aún se mecían bajo un viento tenue y el Corazón del Bosque continuaba latiendo en la distancia, pero todo parecía más débil, más lejano, como un recuerdo que empezaba a borrarse lentamente.

Nadie habló durante varios minutos. Lórien mantenía la mano sobre la empuñadura de su espada, incapaz de relajarse. Marga observaba las raíces del suelo como si esperara verlas desaparecer en cualquier momento. Ainé permanecía inmóvil, mirando el lugar donde la grieta se había cerrado. Solo Mateo parecía escuchar algo más allá de lo visible.

—Está cambiando demasiado rápido —murmuró finalmente.

Ainé apartó la mirada del vacío y lo observó con una seriedad inquietante.

—No está cambiando —dijo en voz baja—. Está recordando cómo existir aquí.

Aquellas palabras cayeron sobre ellos con más peso que cualquier amenaza. Marga negó lentamente, incapaz de aceptar aquella idea.

—Eso no tiene sentido. Ninguna criatura puede adaptarse así.

—Entonces no es una criatura —respondió Lórien con dureza—. Es otra cosa.

Mateo no los escuchaba del todo. Había vuelto a sentir aquella vibración extraña bajo la piel, como si el mundo respirara de forma irregular. Cerró los ojos y dejó que aquella percepción lo atravesara. Entonces lo comprendió.

El problema no eran las grietas.

Las grietas solo habían sido el comienzo.

Abrió los ojos de golpe.

—Ya están aquí.

Los tres se giraron hacia él inmediatamente.

—¿Quiénes? —preguntó Marga.

Mateo tragó saliva.

—Los Nul.

El aire del bosque cambió en ese mismo instante. El viento desapareció. Los sonidos se apagaron uno a uno hasta que solo quedó una quietud insoportable. No era oscuridad ni magia corrompida. Era ausencia. Una sensación imposible de describir, como si el propio espacio estuviera dejando de sostener la realidad.

Entonces ocurrió.

Un pájaro cayó desde las ramas altas de un árbol cercano. No estaba herido. No sangraba. Simplemente dejó de volar. Y antes siquiera de tocar el suelo… desapareció.

Marga retrocedió horrorizada.

—Esto está ocurriendo sin que ellos aparezcan…

—No —corrigió Ainé lentamente—. Esto son ellos.

Mateo sintió la marca arder en su pecho y la comprensión llegó de golpe, brutal, inevitable.

—Ya no necesitan abrir grietas —susurró—. El mundo se está abriendo solo.

Ainé intentó conectarse con el Corazón del Bosque, pero algo falló. Solo fue un instante. Apenas un segundo. Sin embargo, bastó para helarle la sangre. Nunca antes había perdido aquella conexión.

Abrió los ojos lentamente.

—Esto ya no es una invasión.

—Entonces ¿qué es? —preguntó Lórien.

Ainé tardó en responder.

—Es una sustitución.

Nadie habló.

Ella continuó:

—Los Nul no están entrando en nuestro mundo. Nuestro mundo está dejando espacio para ellos.

El bosque pareció encogerse alrededor de aquellas palabras. Mateo señaló entonces un árbol cercano.

—Mirad.

La corteza comenzó a oscurecerse lentamente. No como madera quemándose, sino como algo que perdía definición. Los bordes del tronco empezaron a desdibujarse, igual que tinta mojada sobre papel. Las hojas dejaron de existir una a una hasta que finalmente todo el árbol desapareció.

Pero esta vez no quedó vacío.

Una silueta ocupó su lugar.

Era alta, incompleta, inestable. No tenía rostro ni forma exacta, pero aun así transmitía presencia. No caminaba. No respiraba. Simplemente estaba allí.

Lórien reaccionó primero y lanzó un tajo directo hacia la figura. La espada atravesó aquella forma sin encontrar resistencia. No ocurrió nada. La silueta permaneció inmóvil.

—No puedes atacarlo —dijo Mateo.

Todos lo miraron.

El muchacho dio un paso adelante, aún temblando.

—No está en el mismo nivel que nosotros.

Ainé sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Entonces ¿cómo lo detenemos?

Mateo no respondió de inmediato, porque sabía que la respuesta iba a destruir la poca esperanza que aún les quedaba.

—No se detiene.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Marga.

Mateo levantó lentamente la mirada.

—Ellos no destruyen las cosas… las reemplazan.

Nadie fue capaz de hablar.

Entonces la marca volvió a arder.

Mateo se llevó las manos a la cabeza y cayó de rodillas.

—¡Los veo…!

Ainé corrió hacia él.

—¿A quién ves?

El chico respiraba con dificultad.

—A todos…

Su voz temblaba.

—No están separados… Son uno.

Aquello hizo que Ainé comprendiera la verdad completa.

Los Nul no eran individuos.

No eran criaturas distintas.

Eran fragmentos de una única existencia.

Igual que Aetherya había sido un único mundo antes de romperse.

Marga dio un paso atrás lentamente.

—Entonces… si vuelven a unirse…

Ainé terminó la frase en un susurro.

—Aetherya regresará.

El viento volvió entonces, pero era un viento muerto, vacío, sin calor ni vida. Más siluetas comenzaron a aparecer entre los árboles. No atacaban. No avanzaban. Solo permanecían inmóviles, observando.

Esperando.

Ainé sintió por primera vez algo que jamás había experimentado desde el despertar del Urco.

No miedo a perder una batalla.

Miedo a llegar demasiado tarde.

Porque ahora ya no luchaban contra un enemigo.

Luchaban contra la transformación inevitable del propio mundo.

Y quizá… ya había comenzado demasiado tiempo atrás.


sábado, 9 de mayo de 2026

Ya está dicho

 No quiero verme calcinado

Como los bosques de un verano

Repetido a cada año.

Para quedarme sin pellejo

No voy mal encaminado.

No quiero ser los huesos

De cuneta abandonados.

No voy a ver la ranura

Donde se cuelan los agravios

Del señor que se tiene sabio,

El que  acalla y clama la razón.

Hay que tener la cara dura

Y de piedra el corazón.


Lo que mata no es la bala

Es la mano que dispara.

Atento ahora la tienes tú.

No me jodas manolete

Sabes hacerte girar

Como el viento a las veletas

Mira que eres anormal.


Ves tu ego en los papeles

Las encuestas te dan poderes

Mira ahora eres Superman.

¿Pero de qué vas?

Si no has hecho na'.

Sólo se han reído


No eres capaz de darte cuenta

Nada quieres cambiar

Sólo dar que hablar

Eres Naranjito, pero no el del mundial.

Ese era sincero

Alegre y formal.



lunes, 13 de abril de 2026

Vengo

Vengo a descubrir el firmamento con el brillo de tus ojos.

Vengo a resurgir de las tinieblas a mi lado más mundano.

Vengo del espacio donde nada vale más que tu mirada.

Vengo a quererte, en mi soledad.

Vengo a decirte:

Te conjuro una vez más a que puebles de cariño mis entrañas  somnolientas;

Que no saben que contestar.

Vengo a quererte, en mi soledad.

Vengo de los sueños que se pierden cuando la mañana llega.

Vengo a descubrir la vida que nos queda

Cuando nos queda el final

Vengo en silencio, sin mirar atrás.

Vengo a quererte, en mi soledad.

Vengo a quererte, un poco más.

Vengo de escribir en mi diario lo mucho que me he perdido;

Vengo del destino que las brujas me impidieron recordar,

Vengo de mazmorras llenas de supurantes miedos,

Vengo de sus ruinas, de morar en mi ataúd.

Vengo de la parte del silencio donde grita la locura,

Vengo del suspiro de un segundo atrapado en en su oquedad

Vengo del cristal del tiempo

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo de la intensa ola donde mi ancla no trasfonda 

Vengo de su arrastre, de la tempestad.

Vengo de la brisa pasajera que se confundió de más.

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a recorrer todas las historias que no tuvieron buen final.

Vengo a demostrar que todo sale si lo que se quiere  es ganar.

Vengo a recordarte que mi vida siempre contigo estará ,

Vengo a respirarte en mi soledad.

Vengo de inundarme en el mar de unos ojos

Que no saben naufragar,

Vengo de volverme loco entre mis ronquidos.

Vengo del amargo del derrote, del cansino caminar;

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a pedirle al dios del viento que me deje de volar

Vengo a perderme en la realidad

Vengo ver las nubes bailar al compás del viento

Vengo a  ver sincero que el cierzo ha de pasar 

Vengo a quererte en soledad.

Vengo a jurarme en silencio que la vida 

Va para adelante

Vengo a sonreír al diablo de papel

Vengo a burlar a la soledad.

Vengo a quererte  en mi Soledad.

Vengo a conjurarme del quejío del que clama libertad

Vengo de tarantos, de la isla del Camarón.

Vengo repleto de tambores que inundan de crujíos  la solana al despertar.

Vengo a quererte en soledad.

Vengo a adorarte mi libertad.

Vengo de los sueños donde vive Peter Pan

Vengo del clamor de unos cristales que rompen el corazón 

Vengo de la duna y la palmera

Del abismo de Satán 

Vengo de la ruina palaciega

De buscar algún don Juan.

Vengo del agitar del agua malamente

Vengo a sufrir su voluntad.

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a quererte...

Vengo a olvidarme del podrido cerebro

Que busca lujuria, sombra y miseria.

Vengo del quebranto, de los cirios;

Del saber que no vendrá.

Vengo del compás de las miradas

Las que no saben menguar

Vengo del tumulto de las hadas

Del sueño, del miedo al qué dirán.

Vengo a quererte en mi soledad 

Vengo sufrido a despertar.

Vengo del oscuro del sabor de los amargos

Vengo del quebranto de verte caminar

Vengo a quererte en.mi soledad

Vengo de  estibar en los bancales la cruda realidad

Vengo de la esquilma de un pasado

Que se que nunca volverá 

Vengo de suplir en los silencios

La amalgama de la sien

Vengo de la lucha de la ducha

Cuando no se quiere ser.

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a quererte en mi soledad 

Vengo al dolor de los tarantos

Al saber que no canté 

Vengo de rodillas a decirte 

Que sin ti quiero morir.

Que sin ti quiero morir 

Son sólo tormentos 

Los que escudriñar

El alma

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a recorrer todas las historias que no tuvieron su final

Para demostrar que todo sale si lo que se quiere  es ganar 

Vengo a recordarte que mi vida siempre contigo estara

Vengo a respirarte en mi soledad 

Vengo de inundarme en el mar de tus ojos

Que no saben naufragar,

Vengo de volverme loco entre mis ronquidos.

Vengo del amargo del derrote, del cansino caminar;

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a pedirle al dios del viento que me deje de volar

Vengo a perderme en la realidad

Vengo ver las nubes bailar al compás del viento

Vengo a  ver sincero que el cierzo ha de pasar 

Vengo a quererte en soledad.

Vengo a jurarme en silencio que la vida 

Va para adelante

Vengo a sonreír al diablo de papel

Vengo a burlar a la soledad.

Vengo a quererte Soledad.

Vengo a conjurarme del quejio del que clama libertad

Vengo de tarantos, de la isla del Camarón.

Vengo repleto de tambores que inundan de crujios  la solana al despertar.

Vengo a quererte en soledad.

Vengo a adorarte mi libertad.

Vengo de los sueños donde vive Peter pan

Vengo del clamor de unos cristales que rompen el corazón 

Vengo de la duna y la palmera

Del abismo de Satán 

Vengo de la ruina palaciega

De buscar algún don Juan.

Vengo del agitar del agua malamente

Vengo a sufrir su voluntad.

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a quererte...

Vengo a olvidarme del podrido cerebro

Que busca lujuria, sombra y miseria.

Vengo del quebranto, de los cirios;

Del saber que no vendrá.

Vengo del compás de las miradas

Las que no saben menguar

Vengo del tumulto de las hadas

Del sueño, del miedo al qué dirán.

Vengo a quererte en mi soledad 

Vengo sufrido a despertar.

Vengo del oscuro del sabor de los amargos

Vengo del quebranto de verte caminar

Vengo a quererte en.mi soledad

Vengo de  estibar en los bancales la cruda realidad

Vengo de la esquilma de un pasado

Que se que nunca volverá 

Vengo de suplir en los silencios

La amalgama de la sien

Vengo de la lucha de la ducha

Cuando no se quiere ser.

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo a quererte en mi soledad 

Vengo al dolor de los tarantos

Al saber que no canté 

Vengo de rodillas a decirte 

Que sin ti quiero morir.

Que sin ti quiero morir 

Son sólo tormentos 

Los que escudriñar

El alma

Vengo a quererte en mi soledad.

Vengo del Rosendo, del Kutxi, del Enrique y del Roberto.


miércoles, 8 de abril de 2026

Los Hijos del Velo-9

 






Capítulo IX




Lo que no debería aprenderse



El bosque ya no intentaba ocultarlo. Algo estaba cambiando.

No solo en los claros vacíos ni en las grietas invisibles, sino en la forma en que la propia realidad se sostenía. Los sonidos llegaban tarde. La luz parecía más tenue en ciertos puntos. Y, a veces, durante un segundo todo se detenía.

Ainé lo observaba en silencio, de pie frente al Corazón del Bosque. Su respiración se había estabilizado, pero su energía no era la misma. Había algo más pesado en ella, como si cada latido estuviera conectado a algo más grande y más frágil.

Mateo permanecía a unos pasos, mirando sus manos. Desde que había intentado traer el árbol de vuelta, no había dejado de sentir esa conexión extraña. No era como la magia. No era algo que pudiera controlar con voluntad. Era más como escuchar algo que siempre había estado ahí, pero que ahora ya no podía ignorar.

—Hazlo otra vez —dijo Ainé sin girarse.

Mateo levantó la cabeza.

—¿Otra vez?

—Pero esta vez no intentes traer nada.

—Solo… observa.

Mateo dudó, pero asintió. Cerró los ojos lentamente y respiró hondo. Intentó no pensar en lo que había salido mal antes. Intentó no recordar el vacío expandiéndose, ni la sensación de haber roto algo que no entendía.

Y entonces lo sintió.

El mundo.

Pero no como antes.

No como un todo.

Sino como piezas.

Fragmentos.

Capas.

Algunas completas.

Otras no.

Y entre ellas algo más. Presencias.

No estaban lejos.

Los Nul.

Mateo tensó ligeramente el cuerpo, pero no se desconectó.

Esta vez no. Esta vez se quedó.

Y algo ocurrió.

Una de esas presencias respondió.

No se movió.

No habló.

Pero cambió.

Como si se enfocara.

Como si mirara de vuelta.

Mateo abrió los ojos de golpe y retrocedió.

—Me ha visto.

Ainé giró lentamente hacia él.

—¿Seguro?

Mateo asintió, respirando más rápido.

—Sí pero no como antes.

Marga se acercó un paso.

—¿Qué ha hecho?

Mateo dudó.

—Nada

—Solo estaba ahí.

Lórien frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Para nosotros no —dijo Ainé en voz baja—.

Se acercó a Mateo.

—Pero para ellos… puede que sí.

Mateo la miró, confundido.

—¿Qué quieres decir?

Ainé tardó en responder.

—Que quizá no están aprendiendo como nosotros.

—Quizá solo… están recordando.

El aire pareció enfriarse.

—¿Recordando qué? —preguntó Marga.

Ainé levantó la mirada hacia el cielo.

—Lo que eran antes.

El silencio que siguió fue distinto.

Más profundo.

Más incómodo.

Porque implicaba algo peligroso.

Si los Nul no estaban cambiando…

Si no estaban evolucionando entonces no había forma de preverlos. No había forma de detenerlos.

Mateo volvió a mirar sus manos.

—Cuando me ha visto…

Tragó saliva.

—…No he sentido odio.

Eso hizo que todos lo miraran.

—¿Cómo que no? —dijo Lórien.

Mateo negó lentamente.

—No quería hacerme daño.

—Ni siquiera parecía interesado en mí.

Ainé lo entendió antes que los demás.

—Porque tú no eres su objetivo.

Marga frunció el ceño.

—Entonces ¿qué lo es?

Ainé respondió sin apartar la mirada del vacío cercano.

—El mundo.

Mateo apretó los puños.

—Pero Adrián sí quería hacer daño.

—Adrián ya no es solo humano —dijo Lórien con dureza—.

—Ni tampoco un Nul completo —añadió Ainé.

—Eso es lo peligroso.

El viento volvió a recorrer el bosque, pero no traía calma.

Traía tensión.

Algo estaba ocurriendo.

Algo cercano.

Mateo lo sintió primero.

Se giró de golpe.

—Está aquí.

No hubo tiempo para más.

El aire se dobló ligeramente.

Y una figura apareció.

No hubo grieta visible.

No hubo sonido.

Solo presencia.

Adrián.

Pero esta vez era diferente.

Su forma era más estable.

Más definida.

Más real.

Sus ojos seguían teniendo ese vacío, pero ahora había algo más detrás.

Conciencia. Intención.

—Habéis empezado a entender —dijo con voz tranquila.

Nadie respondió.

Ainé dio un paso al frente.

—¿Qué eres ahora?

Adrián sonrió levemente.

—Algo más cercano a vosotros.

—Y más cercano a ellos.

Lórien desenfundó la espada, pero no atacó.

—No te acerques más.

Adrián ni siquiera lo miró.

Su atención estaba en Mateo.

—Tú.

Mateo se tensó.

—¿Qué quieres?

Adrián inclinó ligeramente la cabeza.

—Ver.

—Antes no podíamos.

—Ahora… empezamos a hacerlo.

Ainé frunció el ceño.

—Eso no es posible.

—Lo es —respondió Adrián con calma—.

Levantó la mano.

La marca brilló.

Pero esta vez no ocurrió nada visible.

Y sin embargo…

Mateo lo sintió.

La misma presencia de antes.

Más clara.

Más cerca.

Los Nul.

Pero no estaban mirando al mundo.

Estaban mirando a través de Adrián.

A través de él.

Mateo dio un paso atrás.

—No

Ainé lo comprendió al instante.

—Estás conectado a ellos.

Adrián asintió.

—Y ellos a vosotros.

El silencio se rompió por dentro de todos.

—Eso significa… —empezó Marga.

—Que ya no hay separación —terminó Ainé.

El bosque pareció encogerse.

Como si el espacio se volviera más pequeño.

Más frágil.

Adrián dio un paso adelante.

Y esta vez…

Lórien atacó.

La espada cruzó el aire con precisión.

Impactó.

Y atravesó.

Pero no fue como antes.

Adrián sí estaba allí.

El golpe lo hizo retroceder.

Un corte apareció en su brazo.

Pequeño.

Pero real.

Los ojos de Lórien se abrieron con sorpresa.

—Ahora sí.

Adrián miró la herida.

Curioso.

—Interesante.

La herida no sangró.

Simplemente dejó de estar.

Desapareció.

—Cada vez es más fácil —dijo.

Ainé apretó los dientes.

—¿Qué estás haciendo?

Adrián la miró.

—Aprender.

—Igual que vosotros.

Pero en su voz había algo distinto.

Algo que no encajaba.

Porque no era aprendizaje.

Era adaptación.

Rápida.

Demasiado rápida.

Mateo lo sintió.

Y por primera vez tuvo miedo de verdad.

No por lo que eran.

Sino por lo que podían llegar a ser.

Adrián dio un último paso atrás.

El aire volvió a tensarse.

—Pronto no habrá diferencia.

—Y entonces…

Miró a Ainé.

—El equilibrio dejará de ser necesario.

La grieta apareció detrás de él.

Más estable.

Más precisa.

Y desapareció.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Pero ya nada era igual. Porque ahora lo sabían.

Los Nul no solo estaban volviendo. Estaban aprendiendo.

Y eso era algo que nunca debería haber ocurrido.