La oferta fue clara, por primera vez.
No llegó por carta ni por visita inesperada, sino por una citación “informativa”. Tomás acudió porque no ir habría sido una respuesta demasiado visible.
El despacho era pequeño, limpio, sin símbolos innecesarios. El hombre que lo recibió habló con franqueza.
—Usted es discreto —dijo—. Y eso hoy es un valor.
La propuesta no era un trabajo nuevo ni una traición explícita. Era colaboración ocasional. Observación. Avisar si algo se desviaba. Nada que implicara mentir, insistieron. Solo mirar con atención.
Tomás entendió que aquello no era una oportunidad, sino una prueba. Aceptar significaba entrar en una lógica de la que no se salía igual.
Pidió tiempo. Se lo concedieron. Con una sonrisa que ya no era amable.
Al salir, Madrid le pareció más estrecha.
Elena no esperó a que la arrastraran.
Decidió reducir contactos. Cambiar rutas. Cortar una ayuda que se estaba volviendo demasiado visible. Sabía que cada vínculo era un hilo, y que alguien podía tirar de él.
Una mujer le pidió guardar algo más de lo habitual. Elena dijo no. La mujer no insistió, pero la miró como si acabara de perder una pieza importante.
—No puedo —repitió Elena—. No ahora.
Aquella noche se sintió más sola que en los peores días de la guerra. Pero también más entera.
Cuando Tomás le habló de la oferta, Elena no le dijo qué hacer. Solo le dijo algo más difícil.
—Decidas lo que decidas, que sea tuyo.
Esa frase pesó más que cualquier advertencia.
Madrid seguía ofreciendo salidas que no eran salidas.
La posguerra no empujaba: acostumbraba.
Y ambos sabían que se acercaban a un punto donde no decidir también sería una decisión controvertida y difícil.
De alguna manera se iba incomodando la situación de ellos. Sea como fuere era dificultoso pasar desapercibido.
ResponderEliminarAtada estoy en tu obra.