Capítulo VIII
El precio del equilibrio
El silencio que siguió no fue alivio.
Fue advertencia.
El bosque permanecía en pie, pero algo en él se había debilitado. No era visible a simple vista, no había árboles caídos ni ramas rotas, pero la vida… latía más despacio. Como si el propio mundo estuviera cansado.
Ainé seguía de pie, aunque apenas.
La luz y la sombra que giraban a su alrededor se apagaban poco a poco, como brasas que ya no podían sostener el fuego. Sus alas desaparecieron lentamente, deshaciéndose en el aire.
Dio un paso.
Y cayó de rodillas.
Marga corrió hacia ella.
—¡Ainé!
La sostuvo antes de que tocara el suelo. Su cuerpo estaba frío. Demasiado frío.
Lórien se acercó con rapidez, pero su mirada no era de sorpresa… era de comprensión.
—Está pagando el precio.
Mateo se acercó también, con el miedo reflejado en los ojos.
—¿Qué precio?
Marga levantó la mirada, preocupada.
—El equilibrio no es gratis.
Ainé respiraba con dificultad. Cada inspiración parecía costarle más que la anterior.
—No… es eso… —susurró con voz débil—.
Intentó incorporarse, pero no pudo. Marga la sostuvo con más fuerza.
—Entonces ¿qué está pasando?
Ainé cerró los ojos un instante.
Y cuando los abrió… algo en ellos había cambiado.
—No estoy perdiendo poder…
Silencio.
—Estoy perdiendo… este mundo.
Las palabras cayeron como una piedra en el aire.
Mateo frunció el ceño.
—No lo entiendo…
Ainé lo miró.
—Cada vez que uso el equilibrio… acerco todo a Aetherya.
Miró a su alrededor.
El bosque.
Los árboles.
El cielo.
—Y cuanto más se acerca…
Pausa.
—menos pertenece a lo que conocemos.
Marga negó lentamente.
—Eso significa que…
—Sí —interrumpió Ainé—.
Su voz era débil, pero firme.
—Si sigo usando este poder… todo desaparecerá más rápido.
El silencio se volvió más pesado que nunca.
Lórien apretó la mandíbula.
—Entonces tenemos que dejar de usarlo.
Ainé lo miró directamente.
—Si dejamos de usarlo… no podremos detenerlos.
Nadie respondió.
Porque ambos tenían razón.
Mateo bajó la mirada.
Su pecho aún ardía por lo que había hecho.
—Yo también lo empeoré…
Ainé negó suavemente.
—No.
Señaló el vacío que había crecido en el bosque.
—Tú has hecho algo distinto.
Mateo la miró.
—Pero salió mal…
—Sí —dijo Ainé—.
Pausa.
—Pero porque nadie te ha enseñado.
Eso lo hizo levantar la mirada.
—¿Enseñarme qué?
Ainé respiró hondo.
—A traer de vuelta… sin romper lo que ya existe.
Marga frunció el ceño.
—¿Eso es posible?
Ainé dudó.
Por primera vez… dudó de verdad.
—No lo sé.
El Corazón del Bosque latió entonces.
Más débil que antes.
Pero suficiente para hacerse notar.
Todos se giraron.
El gran árbol… había cambiado.
Su luz era más tenue.
Sus raíces, más oscuras.
Como si algo lo estuviera alcanzando.
Ainé lo sintió al instante.
Y el miedo volvió.
—También le está afectando…
Lórien dio un paso atrás.
—Eso no debería pasar.
—Nada de esto debería pasar —respondió Marga.
Mateo observó el árbol con atención.
Y entonces lo vio.
No con los ojos.
Con esa nueva percepción que no sabía controlar.
—Hay algo dentro…
Ainé lo miró de inmediato.
—¿Dentro del Corazón?
Mateo asintió lentamente.
—No es como los Nul…
Se llevó la mano al pecho.
—Pero está… incompleto.
El árbol tembló suavemente.
Como si reaccionara a sus palabras.
Ainé se puso en pie con esfuerzo.
—Muéstramelo.
Mateo dudó.
—No sé cómo…
—Inténtalo.
El chico respiró hondo.
Cerró los ojos.
Y dejó de pensar.
Como antes.
Solo sintió.
El árbol.
El vacío.
Lo que faltaba.
Y entonces…
extendió la mano.
El aire vibró.
Durante un instante…
todo se quedó en silencio.
Y algo… respondió.
No salió del árbol.
No apareció como antes.
Pero estuvo cerca.
Muy cerca.
Una presencia.
Una forma incompleta.
Como si algo intentara volver… pero no pudiera cruzar del todo.
Mateo abrió los ojos de golpe.
—No puede…
Ainé susurró:
—¿Qué?
—No puede volver solo.
Silencio.
—Necesita algo.
Marga apretó el bastón.
—¿El qué?
Mateo miró a Ainé.
—Equilibrio.
Todos se quedaron quietos.
Lórien fue el primero en reaccionar.
—No.
Ainé no dijo nada.
Pero lo entendió.
—Si usamos el equilibrio para traer cosas de vuelta…
—Aceleramos el final —terminó Marga.
Silencio.
La verdad estaba clara.
No había una solución fácil.
Ni una correcta.
Mateo bajó la mirada.
—Entonces… haga lo que haga…
—Habrá consecuencias —dijo Ainé.
Pero su voz no era dura.
Era honesta.
El viento recorrió el claro.
El Corazón del Bosque latió de nuevo.
Más débil.
Más lento.
Como si el tiempo se estuviera agotando.
Ainé cerró los ojos un instante.
Y tomó una decisión.
—Entonces no vamos a luchar como antes.
Los otros la miraron.
—¿Qué quieres decir?
Ainé abrió los ojos.
—Vamos a aprender.
Miró a Mateo.
—Tú.
Luego al bosque.
—El Corazón.
Y finalmente al cielo.
—Y ellos.
Lórien frunció el ceño.
—¿Aprender de los Nul?
—Entenderlos —corrigió Ainé.
Pausa.
—Porque si no lo hacemos…
Miró el vacío.
Luego el árbol.
Luego sus propias manos.
—Nunca encontraremos una forma de detener esto.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
no era solo miedo.
También era decisión.
Aunque nadie supiera si era la correcta.
El mundo no se estaba rompiendo.
Se estaba transformando.
Y ellos…
estaban en medio de ese cambio.
Sin saber si eran la solución…
o parte del problema.

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