Capítulo X — Cuando ya no haya diferencia
El silencio que dejó Adrián tras desaparecer no fue un silencio vacío, sino uno cargado de presencia, como si algo invisible hubiese permanecido observándolos desde el otro lado de la realidad. El bosque seguía allí, los árboles aún se mecían bajo un viento tenue y el Corazón del Bosque continuaba latiendo en la distancia, pero todo parecía más débil, más lejano, como un recuerdo que empezaba a borrarse lentamente.
Nadie habló durante varios minutos. Lórien mantenía la mano sobre la empuñadura de su espada, incapaz de relajarse. Marga observaba las raíces del suelo como si esperara verlas desaparecer en cualquier momento. Ainé permanecía inmóvil, mirando el lugar donde la grieta se había cerrado. Solo Mateo parecía escuchar algo más allá de lo visible.
—Está cambiando demasiado rápido —murmuró finalmente.
Ainé apartó la mirada del vacío y lo observó con una seriedad inquietante.
—No está cambiando —dijo en voz baja—. Está recordando cómo existir aquí.
Aquellas palabras cayeron sobre ellos con más peso que cualquier amenaza. Marga negó lentamente, incapaz de aceptar aquella idea.
—Eso no tiene sentido. Ninguna criatura puede adaptarse así.
—Entonces no es una criatura —respondió Lórien con dureza—. Es otra cosa.
Mateo no los escuchaba del todo. Había vuelto a sentir aquella vibración extraña bajo la piel, como si el mundo respirara de forma irregular. Cerró los ojos y dejó que aquella percepción lo atravesara. Entonces lo comprendió.
El problema no eran las grietas.
Las grietas solo habían sido el comienzo.
Abrió los ojos de golpe.
—Ya están aquí.
Los tres se giraron hacia él inmediatamente.
—¿Quiénes? —preguntó Marga.
Mateo tragó saliva.
—Los Nul.
El aire del bosque cambió en ese mismo instante. El viento desapareció. Los sonidos se apagaron uno a uno hasta que solo quedó una quietud insoportable. No era oscuridad ni magia corrompida. Era ausencia. Una sensación imposible de describir, como si el propio espacio estuviera dejando de sostener la realidad.
Entonces ocurrió.
Un pájaro cayó desde las ramas altas de un árbol cercano. No estaba herido. No sangraba. Simplemente dejó de volar. Y antes siquiera de tocar el suelo… desapareció.
Marga retrocedió horrorizada.
—Esto está ocurriendo sin que ellos aparezcan…
—No —corrigió Ainé lentamente—. Esto son ellos.
Mateo sintió la marca arder en su pecho y la comprensión llegó de golpe, brutal, inevitable.
—Ya no necesitan abrir grietas —susurró—. El mundo se está abriendo solo.
Ainé intentó conectarse con el Corazón del Bosque, pero algo falló. Solo fue un instante. Apenas un segundo. Sin embargo, bastó para helarle la sangre. Nunca antes había perdido aquella conexión.
Abrió los ojos lentamente.
—Esto ya no es una invasión.
—Entonces ¿qué es? —preguntó Lórien.
Ainé tardó en responder.
—Es una sustitución.
Nadie habló.
Ella continuó:
—Los Nul no están entrando en nuestro mundo. Nuestro mundo está dejando espacio para ellos.
El bosque pareció encogerse alrededor de aquellas palabras. Mateo señaló entonces un árbol cercano.
—Mirad.
La corteza comenzó a oscurecerse lentamente. No como madera quemándose, sino como algo que perdía definición. Los bordes del tronco empezaron a desdibujarse, igual que tinta mojada sobre papel. Las hojas dejaron de existir una a una hasta que finalmente todo el árbol desapareció.
Pero esta vez no quedó vacío.
Una silueta ocupó su lugar.
Era alta, incompleta, inestable. No tenía rostro ni forma exacta, pero aun así transmitía presencia. No caminaba. No respiraba. Simplemente estaba allí.
Lórien reaccionó primero y lanzó un tajo directo hacia la figura. La espada atravesó aquella forma sin encontrar resistencia. No ocurrió nada. La silueta permaneció inmóvil.
—No puedes atacarlo —dijo Mateo.
Todos lo miraron.
El muchacho dio un paso adelante, aún temblando.
—No está en el mismo nivel que nosotros.
Ainé sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Entonces ¿cómo lo detenemos?
Mateo no respondió de inmediato, porque sabía que la respuesta iba a destruir la poca esperanza que aún les quedaba.
—No se detiene.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Marga.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—Ellos no destruyen las cosas… las reemplazan.
Nadie fue capaz de hablar.
Entonces la marca volvió a arder.
Mateo se llevó las manos a la cabeza y cayó de rodillas.
—¡Los veo…!
Ainé corrió hacia él.
—¿A quién ves?
El chico respiraba con dificultad.
—A todos…
Su voz temblaba.
—No están separados… Son uno.
Aquello hizo que Ainé comprendiera la verdad completa.
Los Nul no eran individuos.
No eran criaturas distintas.
Eran fragmentos de una única existencia.
Igual que Aetherya había sido un único mundo antes de romperse.
Marga dio un paso atrás lentamente.
—Entonces… si vuelven a unirse…
Ainé terminó la frase en un susurro.
—Aetherya regresará.
El viento volvió entonces, pero era un viento muerto, vacío, sin calor ni vida. Más siluetas comenzaron a aparecer entre los árboles. No atacaban. No avanzaban. Solo permanecían inmóviles, observando.
Esperando.
Ainé sintió por primera vez algo que jamás había experimentado desde el despertar del Urco.
No miedo a perder una batalla.
Miedo a llegar demasiado tarde.
Porque ahora ya no luchaban contra un enemigo.
Luchaban contra la transformación inevitable del propio mundo.
Y quizá… ya había comenzado demasiado tiempo atrás.

Quizás el despertar de la conciencia. Aunque probablemente no sea eso. Menos inquietante, más cómodo.
ResponderEliminarBesos.