Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

miércoles, 4 de febrero de 2026

La Forma del Silencio -2- Papeles

 Los papeles llegaron antes de formular las preguntas.

No eran cartas personales ni citaciones formales, solo avisos: formularios que había que rellenar, certificados que convenía presentar, documentos que “facilitaban” las cosas. Madrid se estaba reorganizando, y para eso necesitaba nombres bien escritos y trayectorias claras. Sobre todo claras.

Tomás recibió un sobre en el trabajo. Nada amenazante. Solo una solicitud de antecedentes “para regularizar la situación”. Lo leyó dos veces. No decía qué pasaba si no se entregaba, y eso era precisamente lo inquietante.

—Esto no es obligatorio —le dijo un compañero en voz baja—. Pero conviene. Pueden dudar o no.

Conviene era una palabra nueva. Flexible. Peligrosa. Y dudar era otra más bien temerosa.

Elena, en Vallecas, tuvo que acompañar a una vecina al ayuntamiento. La mujer no sabía leer bien y le pidió ayuda. Elena sostuvo el impreso entre las manos y sintió el peso de cada casilla. No preguntaban por lo que uno había hecho, sino por dónde había estado. Con quién. Cuándo.

—¿Esto lo tengo que poner? —preguntó la vecina, señalando una línea.

Elena negó con la cabeza.

—Eso no —dijo—. Eso no conviene.

Empezaban a decidir no solo qué decir, sino qué dejar en blanco. Aprendían que la omisión podía ser una forma de defensa. O de autoculpabilidad.

Esa noche, Tomás dobló el papel y lo guardó en un cajón que ya contenía otros documentos. Papeles antiguos, papeles nuevos. Su vida empezaba a dividirse en dos versiones: la escrita y la real.

Y supo que, a partir de entonces, sobrevivir también consistiría en administrarse. 


martes, 3 de febrero de 2026

La forma del Silencio-1- Después

 

SEGUNDA PARTE



La guerra no terminó de golpe.

Un día dejaron de oírse los disparos, pero nadie salió a celebrarlo. Madrid amaneció igual que otras mañanas, con las persianas levantándose a medias y la gente caminando con cuidado, como si el ruido pudiera volver en cualquier momento.

Tomás cruzó Lavapiés temprano. Las fachadas seguían heridas y algunas ventanas estaban tapadas con tablones que ya nadie pensaba quitar. Había carteles nuevos sobre muros viejos. Órdenes, advertencias, consignas. La ciudad hablaba con una voz distinta, más firme y menos explicativa.

El silencio era otro.

No era el silencio del miedo inmediato, sino uno aprendido, trabajado, casi disciplinado. La gente hablaba poco y, cuando lo hacía, medía cada palabra como si pudiera quedarse colgada en el aire.

Elena llegó desde Vallecas con un bolso ligero y una carpeta doblada bajo el brazo. Se habían acostumbrado a moverse así: sin llamar la atención, sin repetir trayectos, sin dar explicaciones innecesarias. La supervivencia ya no dependía de correr, sino de no destacar.

—Ahora es cuando empieza lo difícil —dijo ella, sentándose frente a Tomás en una mesa coja.

Tomás asintió. Lo había entendido hacía semanas. La posguerra exigía otra clase de resistencia. No pedía heroísmos, sino constancia. No castigaba el ruido, castigaba la memoria.

En el barrio habían empezado a aparecer hombres nuevos. No vestían de gris todavía, pero se movían como si lo hicieran. Preguntaban poco y observaban mucho. Tomás había aprendido a reconocerlos no por lo que decían, sino por cómo escuchaban.

—Nos van a pedir cosas —dijo él—. Información, gestos, adhesiones.

—Y silencios —añadió Elena.

Caminaron juntos un tramo. Madrid seguía funcionando, pero ahora lo hacía bajo una lógica distinta. Cada oficina, cada despacho, cada colilla apagada en la acera formaba parte de un orden que no necesitaba gritar.

Tomás pensó en su padre, en lo que había heredado sin darse cuenta: la idea de que resistir no siempre era oponerse, a veces era mantenerse entero.

Elena observó la ciudad con atención. Sabía que los próximos años no se medirían en victorias, sino en pérdidas evitadas. En lo que consiguieran proteger sin que nadie lo notara.

La guerra había terminado.

La vigilancia, no.

Y Madrid, el Madrid humilde, una vez más, aprendía a mirar sin ser vista.


Diario de Guerra -15- La Ciudad Que Quiebra

 Madrid ya no se parecía a la ciudad que habían conocido.

No había un momento exacto en el que pudiera decirse “aquí se rompió”. Fue un proceso lento, acumulativo. Calles que dejaron de ser transitables. Casas que se cerraron para siempre. Personas que ya no estaban y nadie explicaba.

Tomás caminó por Lavapiés una mañana y comprendió que ya no era solo su barrio: era un territorio. Uno que exigía cuidado constante. Se movía con atención, con memoria, con una prudencia que ya no sentía impostada.

Elena cruzó la ciudad ese mismo día y pensó lo mismo. Madrid se había fragmentado en zonas visibles e invisibles, y sobrevivir consistía en aprender esa geografía cambiante.

Se encontraron al caer la tarde. No hicieron planes. No hablaron del futuro. Se limitaron a estar allí, confirmando que ambos seguían en pie.

—Esto no se va a acabar pronto —dijo Tomás.

—No —respondió Elena—. Pero nosotros tampoco.

Madrid seguía funcionando, herida pero viva. Bajo el ruido, bajo el miedo, bajo las ausencias, algo persistía: la voluntad de no ceder del todo.

La ciudad se había quebrado.

Ellos también, pero en esas grietas empezaba a formarse algo nuevo:

Una manera distinta de resistir, una manera de vivir.


FIN DE LA PRIMERA PARTE 


Diario de Guerra-14- Silencio

 El primer silencio consciente llegó una tarde cualquiera.

Tomás estaba con su padre cuando alguien llamó a la puerta. No era una visita esperada. El padre abrió, habló poco, escuchó más. Cuando cerró, no explicó nada. Tomás tampoco preguntó. Ambos entendieron que esa conversación no les pertenecía del todo.

Fue la primera vez que Tomás eligió no saber.

No por desinterés, sino por protección. Entendió que el silencio podía ser una forma activa de cuidado. No decir, no preguntar, no confirmar. Guardar espacios en blanco para que nadie pudiera llenarlos en su lugar.

En Vallecas, Elena hizo algo parecido. Una vecina intentó contarle algo importante, algo peligroso. Elena la interrumpió con suavidad.

—No me lo digas —dijo—. No ahora.

La vecina la miró sorprendida, casi ofendida. Elena sostuvo la mirada. No había dureza en su gesto, solo determinación. Había aprendido que escuchar también podía ser una carga.

Cuando se vieron esa noche, no hablaron de ello. Caminaron juntos un tramo corto. El silencio entre ellos no era vacío, sino compartido.

Habían aprendido a callar juntos.

Y eso los unía más que cualquier palabra.


Diario de Guerra -13- Nombres

 Los nombres empezaron a pesar.

No eran listas oficiales, al menos no visibles, pero circulaban igual. Aparecían en conversaciones a medias, en advertencias veladas, en frases que se cortaban antes de llegar al final. En Lavapiés, Tomás notó que algunos nombres se pronunciaban con cuidado y otros no se pronunciaban en absoluto.

El suyo, de momento, seguía siendo solo eso: un nombre.

Pero ya no era inocente.

En la corrala, una mujer preguntó por un vecino usando solo el apellido. Nadie respondió. Otro vecino fingió no haber oído. El silencio fue inmediato, compacto. Tomás comprendió que no se trataba de no saber, sino de no querer saber en voz alta.

Pensó en Manuel. En cómo su nombre había desaparecido primero de las conversaciones y luego de los buzones. La guerra lo había matado dos veces.

En Vallecas, Elena oyó su propio nombre pronunciado por alguien a quien no conocía. No fue una amenaza, solo una mención casual, como si estuviera comprobando algo. Elena siguió caminando sin mirar atrás. Supo que, a partir de ese momento, también ella debía cuidar cómo y dónde existía.

Los nombres ya no eran solo identidad.

Eran exposición.


lunes, 2 de febrero de 2026

Diario de Guerra -12- La Delgada Línea

 La línea no apareció de golpe. Estuvo siempre allí, esperando.

Tomás lo supo el día que Manuel dejó de ser solo una ausencia y se convirtió en un riesgo. Un vecino —uno con el que apenas había hablado antes— le preguntó, con un tono demasiado casual, si sabía algo de él. No fue una acusación directa. Fue peor: una prueba.

—No —respondió Tomás—. No sabía mucho de su vida.

La frase salió limpia, sin titubeos. Solo después comprendió lo que había hecho.

Aquella noche pensó en su padre. En la mesa austera. En la mano sobre el hombro. En la idea de que no todo lo correcto era visible. Se preguntó si había traicionado algo. O si, por el contrario, acababa de protegerlo.

En Vallecas, Elena cruzó su propia línea casi al mismo tiempo. Una mujer a la que había ayudado antes le pidió algo más comprometido: guardar una bolsa durante unos días. Elena la miró y negó con la cabeza.

—No —dijo—. Eso no.

No explicó nada. No se disculpó. La mujer se fue sin insistir. Elena sintió el peso de esa negativa durante horas. Había dejado de ser solo solidaridad: ahora también era cálculo.

Cuando se encontraron, no se contaron los detalles. No hacía falta. Ambos sabían que algo había cambiado.

—Hoy he dicho algo que no era verdad —admitió Tomás.

Elena lo miró sin reproche.

—Hoy he dicho que no cuando antes habría dicho que sí.

Caminaron juntos un rato. No había alivio en sus palabras, pero tampoco vergüenza. La línea ya había sido cruzada. No hacia el mal, sino hacia una zona gris donde la supervivencia exigía renuncias.

Madrid seguía allí, vigilante, herida, viva.

Y ellos, por primera vez, entendieron que resistir no siempre significaba enfrentarse, sino saber hasta dónde llegar sin romperse.


Diario de Guerra-10-Madrid Sitiado

 El primer bombardeo no se anunció.

Fue un estruendo seco, seguido de una vibración que recorrió la ciudad como un escalofrío. Las ventanas temblaron. Algunos cristales se rompieron. Durante unos segundos, nadie supo qué hacer. Luego llegaron los gritos, los pasos desordenados, el miedo ya sin forma abstracta.

Tomás estaba en casa cuando ocurrió. Se quedó quieto, con la espalda apoyada en la pared, esperando el siguiente ruido. No pensó en nada concreto. El cuerpo reaccionó antes que la mente. Cuando todo pasó, salió a la calle. El polvo aún flotaba en el aire.

Madrid había sido tocada.

En Vallecas, Elena estaba más cerca. Vio a gente correr, a otros quedarse clavados en el sitio, como si moverse fuera una decisión imposible. Ayudó a una mujer a levantarse. No preguntó qué había pasado. Ya no importaba el cómo, sino el después.

Los días siguientes trajeron más alarmas, más interrupciones, más refugios improvisados. La ciudad se acostumbró a mirar al cielo. A contar segundos. A distinguir ruidos. Madrid aprendía a defenderse sin armas, solo con resistencia y memoria.

Tomás y Elena se encontraron una tarde, después de uno de esos episodios. No se abrazaron. Se miraron largo rato, confirmando que ambos seguían allí.

—Ya no es solo miedo —dijo Tomás.

—No —respondió Elena—. Ahora es costumbre.

Caminaron juntos un trecho. Alrededor, la ciudad mostraba heridas pequeñas: fachadas agrietadas, persianas caídas, una esquina acordonada. Nada espectacular. Nada definitivo. Pero suficiente.

Madrid estaba sitiada.

Y ellos empezaban a entender que sobrevivir iba a ser una tarea diaria, sin descanso.


Diario de Guerra-11-El Miedo se Aprende


El miedo, como casi todo, se aprende.

No llegó con sobresaltos, sino con rutina. Madrid había incorporado el peligro a su respiración diaria. Se hablaba menos, se preguntaba con cuidado, se caminaba con un objetivo claro, aunque fuera fingido. El miedo había dejado de ser una reacción para convertirse en un método.

Tomás lo notó en sí mismo una mañana cualquiera. Salió de casa y, sin pensarlo, miró primero hacia un lado, luego hacia el otro, midiendo la calle antes de avanzar. Se dio cuenta tarde de que ese gesto no lo había decidido: había surgido solo. No le gustó. Tampoco pudo evitarlo.

En la corrala, algunos vecinos ya no estaban. No se comentaba. Los huecos se aceptaban como se acepta una gotera persistente: incómoda, pero inevitable. Tomás empezó a recordar quién sabía qué cosa, quién había dicho qué en voz alta. La memoria se volvía selectiva, defensiva.

En Vallecas, Elena había afinado aún más sus hábitos. Sabía cuándo una conversación debía terminar, cuándo una mirada significaba aviso y cuándo era solo cansancio. No sentía orgullo por ello. Sentía eficacia. El miedo, bien aprendido, podía salvarte la vida.

Se vieron una tarde breve. Tomás le contó que había cambiado de opinión sobre algunas cosas, pero no supo decir cuáles.

—Eso es normal —dijo Elena—. Lo raro sería no hacerlo.

Caminaron unos metros en silencio. El ruido de la ciudad era distinto ahora: más apagado, más contenido. Madrid ya no gritaba tanto; observaba.

Tomás comprendió que el miedo no siempre paralizaba. A veces enseñaba a moverse mejor. Y esa idea lo inquietó más que los tiros de los primeros días.


domingo, 1 de febrero de 2026

Diario de Guerra-9- Hambre

El hambre no llegó como una urgencia, sino como una costumbre nueva.

Al principio fue solo una molestia: colas más largas, menos pan, sustituciones que nadie terminaba de entender. Luego empezó a sentirse en el cuerpo, en la forma de caminar más despacio, en el cansancio que no se iba con el sueño. 

En Lavapiés, Tomás aprendió a calcular las horas según lo que quedaba en la despensa.

El mercado ya no era un lugar de encuentro, sino de espera. La gente hablaba poco. Nadie se quejaba en voz alta. Quejarse exigía una energía que ya no sobraba. Tomás observaba manos huesudas, miradas fijas, gestos de resignación. Pensó en Manuel, en cómo habría hecho cola como los demás, sin destacar.

En Vallecas, Elena resolvía como podía. Sabía dónde conseguir algo más, a quién preguntar sin exponerse, qué intercambiar. No era astucia, sino aprendizaje rápido. El hambre obligaba a moverse, y moverse con cabeza era una forma de protección.

Una tarde, Elena le dio a Tomás un trozo de pan envuelto en papel.

—Guárdalo —dijo—. No lo comas ahora.

Tomás obedeció sin preguntar. Aquello, tan simple, le pareció un acto de confianza más profundo que cualquier promesa.

Comían menos, pero también hablaban menos. El hambre reducía las palabras a lo esencial. Lo superfluo se caía solo. En ese silencio nuevo, Tomás empezó a comprender que la guerra no se vivía solo en los frentes, sino en cada cuerpo que aprendía a resistir con menos.

Madrid seguía funcionando, pero a ralentí.

Como si se sostuviera por pura inercia.


Diario de Guerra -8-La Primera Pérdida

 

Manuel no volvió.

Al principio, nadie lo dijo así. Se decía que no había llegado a casa, que quizá estaba con unos parientes, que volvería cuando las cosas se calmaran un poco. La puerta de su piso permaneció cerrada todo el día. Al siguiente también. En la corrala, la gente bajaba la voz al pasar frente a ella.

Tomás fue el primero en notar que algo no encajaba. Manuel siempre avisaba. Siempre.

Esperó un día más. Luego otro. No preguntó en voz alta. No sabía a quién ni cómo. El tercer día, alguien retiró discretamente el nombre de Manuel del buzón. Nadie explicó nada. No hizo falta.

Elena lo supo sin que Tomás se lo dijera. Lo vio en su manera de caminar, en cómo evitaba mirar ciertas puertas, en el silencio más espeso que lo rodeaba.

—No va a volver, ¿verdad? —dijo ella una tarde.

Tomás no respondió enseguida. Miró al suelo, al borde de la acera, a un punto que no significaba nada.

—No lo sé —dijo al final.

Pero ya lo sabía.

Esa noche abrió el cajón. Sacó los papeles. Eran notas sueltas, nombres, direcciones. Nada que explicara una desaparición. Nada que justificara una ausencia definitiva. Los volvió a guardar con cuidado, como si fueran frágiles.

Al día siguiente, la silla de Manuel seguía en su sitio, visible desde el patio interior. Nadie la tocó. Nadie la movió. Era más fácil convivir con ella que explicar por qué estaba vacía.

Tomás entendió entonces que la guerra no siempre mataba con ruido. A veces simplemente retiraba a alguien del mundo, y dejaba a los demás aprendiendo a no preguntar.

Elena cambió algunas rutinas sin decir nada. Nuevos caminos. Nuevas precauciones. Nuevos silencios.

La primera pérdida no tuvo funeral ni despedida.

Solo una ausencia que se quedó para siempre.

Y con ella, la certeza de que nadie era intocable.