Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

sábado, 28 de febrero de 2026

De Cartón Piedra

 Bosteza el Parlamento con gesto soberano,

promete maravillas y roba con la mano;

declara “austeridad” desde un palco dorado

mientras firma banquetes con vino importado.


El prócer se retrata besando a la pobreza,

mas limpia con champaña su súbita tristeza;

predica transparencia, pureza republicana,

y esconde en el bolsillo la cifra más lozana.


El sabio economista, profeta del mercado,

calcula el sacrificio… que pague el empleado;

la patria se nos vende con himno y con bandera,

incluye en la subasta la fe de la escalera.


La prensa se indigna —¡qué fiera valentía!—

titula en letras gruesas la misma hipocresía;

discute en tertulias la ética del día

y calla si el anuncio financia la osadía.


Oh reino de sonrisas de plástico y contrato,

donde el mérito es primo segundo del retrato;

la fama es un algoritmo que dicta la moraleja

y absuelve al poderoso, si el pobre se le queja.


Mas ríe la callejuela con sátira sonora:

“si el rey va sin vestido, que desfile a deshora”;

que al menos la comedia nos sirva de consuelo

mientras cambia el decorado… y el actor sigue en duelo.


jueves, 26 de febrero de 2026

Portada Futurible


 

LDDLCYEV-CIERRE Y NOTA DEL AUTOR

 Cierre

La transición no fue limpia.

No fue heroica.

No fue unánime.

Fue frágil, discutida, llena de renuncias y contradicciones.

Pero fue suficiente.

Y a veces, en la historia de un país, suficiente es extraordinario.


Nota del autor

Esta historia no nace de la nostalgia.

Nace de la inquietud.

La Transición española ha sido contada muchas veces como un milagro o como una traición. Como una obra maestra de ingeniería política o como un pacto de silencios culpables. Entre esas dos versiones extremas, a menudo se pierde algo más humano: la experiencia cotidiana de quienes no escribieron discursos ni firmaron decretos, pero vivieron cada decisión con incertidumbre real.

Cuando murió Franco en 1975, España no despertó de repente en democracia. Despertó en una pregunta. La pregunta de qué vendría ahora. El reinado de Juan Carlos I, el liderazgo de Adolfo Suárez, la legalización del Partido Comunista de España, los Pactos de la Moncloa, la Constitución de 1978 y la noche del 23 de febrero de 1981 no fueron episodios aislados: fueron eslabones de una cadena extremadamente frágil.

He querido contar esa fragilidad. Bajo mi humilde punto de vista.

Mateo, Clara y Andrés no representan bandos absolutos. Representan dudas. Representan generaciones educadas en certezas que, de pronto, tuvieron que aprender a convivir con la ambigüedad. Ninguno es héroe. Ninguno es villano. Todos están atravesados por el mismo dilema: ¿cómo se cambia un país sin romperlo?

Es fácil juzgar el pasado con la seguridad del presente. Es más difícil habitarlo. Esta historia intenta precisamente eso: habitar los días en que nada estaba garantizado. Recordar que la democracia no fue inevitable. Fue una elección sostenida en el tiempo, una suma de renuncias, acuerdos incómodos y miedos contenidos.

No pretendo ofrecer una verdad definitiva sobre la Transición. Tampoco absolverla ni condenarla. La historia, como la vida, rara vez se deja reducir a una sentencia simple. Mi intención ha sido devolverle textura humana a un proceso que a veces se vuelve abstracto en los manuales.

La generación que vivió aquellos años asumió riesgos que hoy resultan difíciles de medir. Algunos pagaron con su carrera, otros con su reputación, otros con su vida. Otros, simplemente, pagaron con silencio.

Quizá la lección más profunda de aquel tiempo no sea política, sino cívica: las democracias no se construyen una vez para siempre. Se sostienen.

Cada generación recibe un sistema imperfecto. Decide si lo erosiona o lo mejora.

Si este pequeño aporte consigue que el lector mire aquellos años con menos dogma y más comprensión —no complaciente, pero sí compleja—, habrá cumplido su propósito.

Porque la democracia, al final, no es una épica.

Es una responsabilidad cotidiana.


LDDLCYEV- EPILOGO

 Años después

Madrid organizaba eventos internacionales, España se proyectaba al exterior con confianza. La generación de Elena aprendía en los libros lo que sus padres habían vivido con incertidumbre.

Una tarde, mientras paseaban por un parque, Elena preguntó:

—¿Qué es un golpe de Estado?

Clara y Mateo intercambiaron una mirada breve.

—Es cuando alguien intenta imponer el miedo sobre la ley —respondió él.

—¿Y por qué no lo consiguieron?

Clara sonrió.

—Porque mucha gente decidió que la ley valía más que el miedo.

Elena asintió sin comprender del todo.

No necesitaba comprenderlo.

Había nacido en un país donde la democracia ya no era una excepción histórica.

Era costumbre.


LDDLCYEV-19

 La redefinición

Andrés pidió el retiro anticipado en 1983.

No por derrota.

Por coherencia.

Se instaló en un pequeño pueblo costero del norte. Caminaba cada mañana frente al mar. Leía la Constitución con la misma disciplina con la que había estudiado reglamentos militares décadas atrás.

Una tarde escribió a Mateo:

“No defendí una ideología. Defendí una continuidad. Ahora entiendo que la continuidad era permitir que otros pensaran distinto.”


Mateo guardó la carta en un cajón que ya no temía abrir.

Y con el tiempo empezaron a llegar momentos de la vida cotidiana.

Clara comenzó a impartir clases de Derecho Constitucional.

Mateo permaneció en la administración pública, ahora bajo un gobierno socialista. 

Descubrió que servir al Estado no era servir a un partido.

Discutían menos.

Escuchaban más.

En 1984 nació su hija.

La llamaron Elena.

Por elección compartida.

La democracia ya no era una promesa. Era el entorno natural en el que crecería su hija.

Y eso lo cambiaba todo.



miércoles, 25 de febrero de 2026

LDDLCYEV-18

 La noche del cambio

El 28 de octubre de 1982, el resultado fue contundente.

El Partido Socialista Obrero Español obtuvo una mayoría absoluta histórica.

Al frente estaba Felipe González, joven, seguro, con una oratoria que combinaba pragmatismo y promesa.

Las calles de Madrid se llenaron de celebración.

Clara no gritó. No saltó. Pero sus ojos brillaban.

—Es la primera vez que siento que el futuro no es frágil —susurró.

Mateo la miró con serenidad.

—La alternancia es la verdadera victoria. 

Andrés observó los resultados desde el cuartel. No había rabia. Solo la conciencia de que el país ya no le pertenecía a su generación.

Y eso, comprendió, era exactamente lo que debía ocurrir.


LDDLCYEV-17

 La soledad del centro

La Unión de Centro Democrático ya no era el pegamento del sistema.

Tras la dimisión de Adolfo Suárez y el breve mandato de Leopoldo Calvo-Sotelo, el partido comenzó a desintegrarse entre ambiciones personales y agotamiento político.

Mateo, que había simpatizado con ese proyecto moderado, sintió una mezcla de tristeza y alivio.

—Quizá el centro fue solo un puente —dijo Clara.

—O un dique —respondió él—. Contuvo lo peor hasta que pasó la tormenta.

Las elecciones se acercaban.

Y el país parecía dispuesto a cerrar una etapa.


LDDLCYEV-16-

 ACTO III — LA PRUEBA Y LA MADUREZ (1981–1982)



El juicio



El país necesitaba algo más que calma. Necesitaba justicia.

En 1982 comenzó el consejo de guerra contra los implicados en el golpe del 23-F. Entre ellos, el teniente coronel Antonio Tejero y el General Alfonso Armada, íntimo amigo del rey.

Mateo siguió el proceso con atención obsesiva. No por morbo, sino por convicción: el Estado debía demostrar que la ley era más fuerte que las pistolas.

Clara analizaba cada declaración con mirada jurídica.

—Lo importante no es la condena —dijo una noche—. Es que el juicio exista.

El proceso fue imperfecto. Las penas generaron debate. Algunos sectores las consideraron excesivas; otros, indulgentes.

Pero el mensaje fue inequívoco: la democracia no respondería con venganza, sino con procedimiento.

Andrés, que conocía personalmente a algunos de los acusados, vivió el juicio como una fractura íntima. No justificaba el golpe. Tampoco podía fingir que le era ajeno.

Entendió que su generación estaba siendo juzgada junto a los procesados.

Y aceptó el veredicto.


martes, 24 de febrero de 2026

LDDLCYEV-15

 Final del Acto II

Mateo y Clara se abrazaron en una plaza casi vacía la mañana del 24 de febrero.

No celebraban.

Respiraban.

La transición había sido puesta a prueba con armas.

Y había sobrevivido.

Pero algo había cambiado para siempre: ya no se trataba solo de construir democracia.

Se trataba de defenderla y hacerla crecer.


LDDLCYEV-14

 23 de febrero

A las seis y veinte de la tarde, mientras el Congreso votaba, un grupo armado irrumpió en el hemiciclo liderado por Antonio Tejero.

Disparos al techo.

Gritos.

“¡Quieto todo el mundo!”

Andrés sintió que la historia retrocedía violentamente.

En su casa, Clara dejó caer el teléfono.

Mateo subió el volumen de la radio hasta que la transmisión quedó interrumpida.

La noche fue larga.

La incertidumbre, total.

Hasta que, pasada la una de la madrugada, el rey Juan Carlos I apareció en televisión defendiendo el orden constitucional.

Aquella intervención no resolvió todo.

Pero inclinó la balanza.

Al amanecer, el golpe se desmoronó.


lunes, 23 de febrero de 2026

LDDLCYEV-13

 La dimisión

En enero de 1981, Suárez anunció su dimisión.

El discurso fue sobrio. Habló de evitar que la democracia fuera un paréntesis en la historia de España.

Mateo lo escuchó de pie, junto al televisor.

—Ha sido el puente —murmuró.

Clara asintió.

—Y los puentes se pisan más de lo que se agradecen.

El Congreso debía investir a Leopoldo Calvo-Sotelo el 23 de febrero.

En los cuarteles, Andrés percibía algo distinto. Comentarios más abiertos. Nostalgias menos disimuladas.

El equilibrio parecía tensarse de nuevo.


LDDLCYEV-12

 El desgaste

En 1979, la Unión de Centro Democrático volvió a ganar las elecciones, pero sin la fuerza moral de 1977.

Las divisiones internas comenzaron a hacerse públicas. Dimisiones, luchas de poder, desconfianzas.

Adolfo Suárez aparecía cada vez más aislado.

Mateo empezó a notar un cansancio generalizado. La transición ya no era novedad; era rutina complicada.

Clara, por su parte, enfrentaba otro desgaste: la pérdida de militancia, el desencanto juvenil.

Una noche, sentados en el salón, hablaron de la posibilidad de casarse.

—No sé si es buen momento —dijo ella.

—Nunca hay buen momento en un país que cambia —respondió Mateo.

Se casaron en una ceremonia civil discreta en la primavera de 1980.

Su unión no fue épica. Fue coherente con su tiempo: moderada, reflexiva, sin estridencias.