El primer silencio consciente llegó una tarde cualquiera.
Tomás estaba con su padre cuando alguien llamó a la puerta. No era una visita esperada. El padre abrió, habló poco, escuchó más. Cuando cerró, no explicó nada. Tomás tampoco preguntó. Ambos entendieron que esa conversación no les pertenecía del todo.
Fue la primera vez que Tomás eligió no saber.
No por desinterés, sino por protección. Entendió que el silencio podía ser una forma activa de cuidado. No decir, no preguntar, no confirmar. Guardar espacios en blanco para que nadie pudiera llenarlos en su lugar.
En Vallecas, Elena hizo algo parecido. Una vecina intentó contarle algo importante, algo peligroso. Elena la interrumpió con suavidad.
—No me lo digas —dijo—. No ahora.
La vecina la miró sorprendida, casi ofendida. Elena sostuvo la mirada. No había dureza en su gesto, solo determinación. Había aprendido que escuchar también podía ser una carga.
Cuando se vieron esa noche, no hablaron de ello. Caminaron juntos un tramo corto. El silencio entre ellos no era vacío, sino compartido.
Habían aprendido a callar juntos.
Y eso los unía más que cualquier palabra.
También en la guerra se aprende sin duda. Y guardan los silencios. Y mejor no saber.
ResponderEliminarMe he sumergido en esa atmósfera rara, y atrayente de tu texto.
Besos Gustavo.