Los papeles llegaron antes de formular las preguntas.
No eran cartas personales ni citaciones formales, solo avisos: formularios que había que rellenar, certificados que convenía presentar, documentos que “facilitaban” las cosas. Madrid se estaba reorganizando, y para eso necesitaba nombres bien escritos y trayectorias claras. Sobre todo claras.
Tomás recibió un sobre en el trabajo. Nada amenazante. Solo una solicitud de antecedentes “para regularizar la situación”. Lo leyó dos veces. No decía qué pasaba si no se entregaba, y eso era precisamente lo inquietante.
—Esto no es obligatorio —le dijo un compañero en voz baja—. Pero conviene. Pueden dudar o no.
Conviene era una palabra nueva. Flexible. Peligrosa. Y dudar era otra más bien temerosa.
Elena, en Vallecas, tuvo que acompañar a una vecina al ayuntamiento. La mujer no sabía leer bien y le pidió ayuda. Elena sostuvo el impreso entre las manos y sintió el peso de cada casilla. No preguntaban por lo que uno había hecho, sino por dónde había estado. Con quién. Cuándo.
—¿Esto lo tengo que poner? —preguntó la vecina, señalando una línea.
Elena negó con la cabeza.
—Eso no —dijo—. Eso no conviene.
Empezaban a decidir no solo qué decir, sino qué dejar en blanco. Aprendían que la omisión podía ser una forma de defensa. O de autoculpabilidad.
Esa noche, Tomás dobló el papel y lo guardó en un cajón que ya contenía otros documentos. Papeles antiguos, papeles nuevos. Su vida empezaba a dividirse en dos versiones: la escrita y la real.
Y supo que, a partir de entonces, sobrevivir también consistiría en administrarse.
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