Manuel no volvió.
Al principio, nadie lo dijo así. Se decía que no había llegado a casa, que quizá estaba con unos parientes, que volvería cuando las cosas se calmaran un poco. La puerta de su piso permaneció cerrada todo el día. Al siguiente también. En la corrala, la gente bajaba la voz al pasar frente a ella.
Tomás fue el primero en notar que algo no encajaba. Manuel siempre avisaba. Siempre.
Esperó un día más. Luego otro. No preguntó en voz alta. No sabía a quién ni cómo. El tercer día, alguien retiró discretamente el nombre de Manuel del buzón. Nadie explicó nada. No hizo falta.
Elena lo supo sin que Tomás se lo dijera. Lo vio en su manera de caminar, en cómo evitaba mirar ciertas puertas, en el silencio más espeso que lo rodeaba.
—No va a volver, ¿verdad? —dijo ella una tarde.
Tomás no respondió enseguida. Miró al suelo, al borde de la acera, a un punto que no significaba nada.
—No lo sé —dijo al final.
Pero ya lo sabía.
Esa noche abrió el cajón. Sacó los papeles. Eran notas sueltas, nombres, direcciones. Nada que explicara una desaparición. Nada que justificara una ausencia definitiva. Los volvió a guardar con cuidado, como si fueran frágiles.
Al día siguiente, la silla de Manuel seguía en su sitio, visible desde el patio interior. Nadie la tocó. Nadie la movió. Era más fácil convivir con ella que explicar por qué estaba vacía.
Tomás entendió entonces que la guerra no siempre mataba con ruido. A veces simplemente retiraba a alguien del mundo, y dejaba a los demás aprendiendo a no preguntar.
Elena cambió algunas rutinas sin decir nada. Nuevos caminos. Nuevas precauciones. Nuevos silencios.
La primera pérdida no tuvo funeral ni despedida.
Solo una ausencia que se quedó para siempre.
Y con ella, la certeza de que nadie era intocable.
Es cierto que el silencio del comienzo de una guerra puede ser consolador, pero en realidad es una terrible pesadilla.
ResponderEliminarBesos Gustavo.