Los nombres empezaron a pesar.
No eran listas oficiales, al menos no visibles, pero circulaban igual. Aparecían en conversaciones a medias, en advertencias veladas, en frases que se cortaban antes de llegar al final. En Lavapiés, Tomás notó que algunos nombres se pronunciaban con cuidado y otros no se pronunciaban en absoluto.
El suyo, de momento, seguía siendo solo eso: un nombre.
Pero ya no era inocente.
En la corrala, una mujer preguntó por un vecino usando solo el apellido. Nadie respondió. Otro vecino fingió no haber oído. El silencio fue inmediato, compacto. Tomás comprendió que no se trataba de no saber, sino de no querer saber en voz alta.
Pensó en Manuel. En cómo su nombre había desaparecido primero de las conversaciones y luego de los buzones. La guerra lo había matado dos veces.
En Vallecas, Elena oyó su propio nombre pronunciado por alguien a quien no conocía. No fue una amenaza, solo una mención casual, como si estuviera comprobando algo. Elena siguió caminando sin mirar atrás. Supo que, a partir de ese momento, también ella debía cuidar cómo y dónde existía.
Los nombres ya no eran solo identidad.
Eran exposición.
Viendo a mi Padre Teide nevado me sumerjo en la lectura de tu texto, tan verdadero, con la inquietud que provoca el comienzo de la guerra. Y van desapareciendo nombres. Un placer leerte.
ResponderEliminarBesos Gustavo.