Capítulo XI — El eco de Aetherya
La noche cayó sobre Lúmbria como un velo enfermo. No había estrellas. El cielo parecía demasiado oscuro, demasiado profundo, como si detrás de él existiera algo observando en silencio. El Bosque Antiguo había dejado de susurrar. Ya no se oían las voces invisibles de las raíces ni el canto lejano de las criaturas mágicas. Incluso el viento parecía caminar con miedo entre los árboles.
Ainé permanecía inmóvil frente al Corazón del Bosque. La enorme corteza luminosa latía con debilidad, como un corazón cansado que luchaba por no detenerse. Desde niña había sentido la presencia del bosque como una conciencia inmensa y serena, una fuerza antigua que mantenía unido el equilibrio del mundo. Pero ahora… aquello era diferente. Había dolor. Y debajo del dolor, algo aún peor: agotamiento.
Mateo observaba el árbol en silencio. Desde que su vínculo con el vacío había despertado, veía cosas que nadie más podía percibir. Pequeñas grietas invisibles atravesaban el aire alrededor del Corazón del Bosque. No eran roturas físicas, sino huecos extraños, espacios donde la realidad parecía más débil. Y detrás de ellos, muy lejos, había movimiento.
—Están cerca —susurró.
Ainé giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Los Nul?
Mateo tardó en responder.
—No exactamente.
Marga se tensó al escuchar aquello.
—¿Qué significa eso?
El muchacho tragó saliva antes de hablar.
—Siento algo más antiguo.
El silencio cayó entre ellos. Lórien dio un paso adelante, apoyando la mano sobre la empuñadura de su espada.
—Más antiguo que los Nul no debería existir nada.
Pero Ainé sí comprendió aquellas palabras. Lo vio en el mismo instante en que Mateo las pronunció. Porque el Corazón del Bosque reaccionó. Su luz tembló de forma brusca y las raíces comenzaron a moverse bajo la tierra, como si intentaran protegerse de algo invisible.
Entonces ocurrió.
El claro desapareció.
No físicamente. Fue como si el mundo hubiera sido cubierto durante un instante por otra realidad. El aire se volvió blanco. El bosque dejó de existir. Y todos sintieron que el suelo bajo sus pies se deshacía.
Mateo cayó de rodillas.
Ainé sintió cómo la Llama de San Xoán ardía dentro de ella con una fuerza insoportable.
Y entonces apareció la visión.
No era Lúmbria.
No era el mundo humano.
Era otra cosa.
Un océano infinito de luz y sombra mezcladas giraba bajo un cielo dorado. Enormes árboles cristalinos crecían sobre montañas suspendidas en el vacío. Ríos de energía recorrían la tierra como venas vivas. No había separación entre magia y existencia. Todo era una única cosa.
Aetherya.
No como ruina.
No como recuerdo.
Sino viva.
Completa.
Perfecta.
Mateo levantó lentamente la cabeza mientras observaba aquel lugar imposible.
—Es hermoso…
Pero Ainé sintió terror.
Porque por primera vez comprendió algo que jamás había entendido realmente.
Los Nul no querían destruir el mundo.
Querían volver a eso.
La visión cambió de golpe.
El cielo dorado comenzó a agrietarse. Las montañas temblaron. La energía dejó de fluir en armonía. Y entonces aparecieron figuras.
Seres inmensos hechos de pura luz.
Otros formados por sombra viva.
Discutían.
Combatían.
El equilibrio empezó a romperse.
Ainé vio cómo enormes fragmentos de realidad se separaban entre sí. La luz y la sombra fueron divididas por la fuerza. Y en medio de aquella ruptura… algo quedó fuera.
Algo que no pertenecía ni a un lado ni al otro.
El vacío.
Los Nul.
La visión se desgarró violentamente.
El claro regresó.
Todos respiraban con dificultad. Marga tenía lágrimas en los ojos sin saber por qué. Lórien observaba el bosque como si acabara de despertar de una pesadilla antigua.
Mateo seguía temblando.
—Ellos… recuerdan ese lugar.
Ainé asintió lentamente.
—Porque nacieron allí.
El Corazón del Bosque emitió un latido débil.
Entonces la voz apareció dentro de sus mentes.
No como palabras.
Como sentimiento.
Dolor.
Pérdida.
Nostalgia.
Y una verdad.
“Aetherya nunca debió romperse.”
Marga retrocedió un paso.
—No… eso no puede ser cierto.
Pero el árbol volvió a latir.
Más lento.
Más triste.
Y todos comprendieron lo que significaba.
El mundo actual no era natural.
Era una herida.
Lúmbria, el mundo humano, la luz y la sombra… todo existía porque algo había sido separado a la fuerza.
Mateo sintió frío.
—Entonces… ¿ellos tienen razón?
Ainé cerró los ojos.
La pregunta atravesó su pecho como una espada.
Porque una parte de ella… entendía a los Nul.
Entendía el vacío de haber sido rechazados.
Entendía el deseo de volver a estar completos.
Pero también entendía el precio.
Si Aetherya regresaba… todo desaparecería.
No moriría.
Peor.
Nunca habría existido de la misma manera.
Lórien rompió el silencio con dureza.
—No importa lo que fueran. Este es nuestro mundo ahora.
Ainé levantó lentamente la mirada.
—Sí.
Pero ya no sonaba completamente segura.
Y eso fue lo que más miedo dio a Marga.
Porque si incluso la guardiana del equilibrio empezaba a dudar… quizá el mundo ya había comenzado a perder la batalla mucho antes de que ellos lo comprendieran.
Entonces el aire volvió a tensarse.
Mateo lo sintió primero.
Una presencia.
No hostil.
No agresiva.
Pero inmensa.
Las sombras entre los árboles comenzaron a deformarse lentamente hasta formar una figura humana.
Adrián.
Aunque apenas quedaba algo humano en él.
Sus ojos contenían ahora fragmentos de aquella luz dorada que habían visto en Aetherya.
Miró alrededor del claro con una calma inquietante.
—Ahora ya lo entendéis.
Nadie respondió.
Adrián observó el Corazón del Bosque y sonrió con una tristeza extraña.
—Incluso él lo recuerda.
Ainé dio un paso adelante.
—¿Qué quieres?
Adrián la miró directamente.
Y por primera vez… no parecía vacío.
Parecía melancólico.
—Volver a casa.
El silencio se volvió insoportable.
Porque en el fondo… aquella respuesta no sonaba monstruosa.
Sonaba humana.

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