Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 27 de julio de 2026

El nacimiento del primer dragón

 Dicen los antiguos pergaminos

que antes de que hubiera fuego en la tierra,
antes de que las montañas fueran montañas
y antes de que rugiera la tormenta,

el mundo guardaba en sus entrañas
una llama dormida y profunda,
un corazón de roca encendida
que latía bajo la corteza del mundo.

No era fuego que destruyera los bosques,
ni llama nacida del odio;
era el aliento primero de la creación,
la sangre luminosa del cosmos.

Las estrellas descendían algunas noches
para besar la cima de los montes,
y cada beso dejaba una chispa
escondida entre las piedras enormes.

Pasaron mil inviernos.

Pasaron mil veranos.

Hasta que una montaña anciana,
cansada de guardar aquel secreto,
abrió lentamente su pecho
como una madre abre los brazos.

La tierra tembló.

Los mares callaron.

Los árboles inclinaron sus copas.

Y el cielo apagó todas las constelaciones.

Entonces surgió una criatura inmensa.

Sus escamas eran de obsidiana,
pero bajo cada una dormía
el resplandor de un sol diminuto.

Sus ojos tenían el color
del oro cuando aún no conocía
la codicia de los hombres.

Sus alas parecían dos cordilleras
tejidas con humo y relámpagos.

Y cuando respiró por primera vez,
el viento cambió de dirección.

Su aliento no quemó la tierra.

La despertó.

Las semillas enterradas desde siglos
brotaron en un solo instante.

Los ríos encontraron nuevos cauces.

Las flores abrieron los ojos.

Y las nubes aprendieron a llover.

Los antiguos lo llamaron Aërion,
que en la lengua olvidada significa:

“El que lleva el alba sobre las alas.”

Durante incontables edades
voló sobre los reinos nacientes,
como primer guardián del mundo.

Desde lo alto contemplaba
el lento despertar de la vida.

Nunca exigió templos.

Nunca pidió coronas.

Jamás aceptó sacrificios.

Porque sabía que quien desea ser adorado
termina olvidando por qué fue creado.

Pero la oscuridad también aprendía.

En los abismos donde jamás penetraba la luz,
algo comenzó a pronunciar
el verdadero nombre del dragón.

Y todo ser cuyo nombre es conocido
puede ser herido.

Aërion comprendió entonces
que incluso la criatura más poderosa
no puede impedir para siempre
la llegada de la noche.

Antes de desaparecer entre las montañas,
dejó una sola promesa:

“Mientras exista un niño capaz de imaginar un dragón sin miedo, mi estirpe no habrá muerto.”

Por eso dicen los viejos bardos

que los dragones no desaparecieron.

Simplemente dejaron de mostrarse

a quienes olvidaron soñar.


1 comentario:

  1. Maravilloso texto. La riqueza de sus letras, la armon , las metáforas.
    Lo poderoso del mensaje.

    Enhorabuena Gustavo.

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