La noche transcurrió sin que ninguno lograra descansar del todo. Desde el refugio donde se habían instalado, una antigua caseta de pastores escondida entre las encinas, podían distinguir la torre del archivo cuando la luna despejaba las nubes. Martín permaneció despierto durante buena parte de la madrugada, repasando las palabras de su padre y tratando de imaginar qué habría encontrado en aquel lugar tres años atrás. La carta demostraba que había buscado el registro de los pagos, pero también que había descubierto una modificación posterior al juramento. Si había conseguido consultar los libros, quizá hubiera dejado alguna señal de lo que averiguó. Si no lo había logrado, el archivo podía conservar todavía la respuesta que necesitaban.
Poco antes del amanecer, Samuel se sentó a su lado y le ofreció un trozo de pan.
—Tu padre comprendió algo que nosotros apenas estamos empezando a entender —dijo—. La lista y la declaración deben estudiarse por separado. Si las reunimos sin conocer su origen, corremos el riesgo de aceptar como auténtica una versión que alguien preparó para engañar a quienes vinieran después.
—Pero si no las comparamos, tampoco sabremos qué se cambió.
—Por eso necesitamos el registro de pagos. No porque vaya a contener toda la verdad, sino porque puede mostrarnos quién intervino en la circulación de los documentos. Después tendremos que contrastar esa información con los testimonios de Mateo y con las hojas que hemos recuperado.
Martín aceptó el pan, aunque apenas tenía apetito. La búsqueda había dejado de parecerle una carrera hacia un nombre oculto. Cada prueba abría nuevas preguntas sobre personas que quizá habían obedecido órdenes sin conocer sus consecuencias, mientras otras habían aprovechado aquella ignorancia para dirigir las acusaciones hacia quienes resultaban más fáciles de condenar.
Cuando los demás despertaron, Sancho reunió al grupo y expuso el plan. Hernán volvería a hablar con el administrador acompañado por Samuel. Presentarían una petición de consulta de los registros antiguos, alegando que necesitaban contrastar una declaración conservada por una familia vinculada a la antigua administración. No revelarían la identidad de Mateo ni entregarían las cartas del padre de Martín. Si conseguían entrar, buscarían primero los libros de pagos y las referencias a copias, mensajeros y encargos extraordinarios.
—¿Y si vuelven a negarse? —preguntó Rodrigo.
—No discutiremos con los hombres que custodian la puerta —respondió Sancho—. Una negativa puede significar muchas cosas. Si existe una razón para impedirnos consultar los libros, tendremos que descubrirla sin darles una excusa para acusarnos de robarlos.
—¿Y qué haremos mientras ellos hablan? —preguntó Gabriel.
—Esperaréis fuera con Mateo. Si algo sale mal, debéis tener una ruta para abandonar el lugar. No quiero que todos quedemos encerrados dentro del recinto.
Martín se opuso a quedarse atrás. Había llegado hasta allí siguiendo las huellas de su padre y no quería que otros decidieran por él en el momento en que la investigación podía avanzar. Sancho lo escuchó sin interrumpirlo.
—No te pido que te quedes fuera porque seas incapaz de defenderte —dijo finalmente—. Te lo pido porque eres el hijo del hombre que investigó estos documentos. Si alguien os reconoce, puede que intente utilizarte para obligar a tu padre a aparecer, aunque no sepa dónde está. Tu presencia debe ser una elección, no una manera de demostrar valor.
Martín comprendió la razón, aunque le costó aceptarla. Acordaron que permanecería cerca de la entrada, acompañado por Rodrigo, y que solo entraría si Hernán o Samuel lo llamaban. Mateo se quedaría con Gabriel en un lugar desde el que pudieran observar el camino sin ser vistos.
Llegaron al archivo cuando el sol apenas había superado las colinas. El patio estaba más tranquilo que el día anterior. El carro había desaparecido y las cajas que aún quedaban junto al muro habían sido trasladadas al interior. Un joven abrió la puerta tras escuchar la llamada de Hernán y los condujo hasta una sala donde aguardaba el administrador.
El hombre se presentó como don Esteban, encargado provisional de los registros mientras el responsable principal se encontraba fuera de la propiedad. No llevaba armas visibles, pero tenía sobre la mesa un libro de cuentas y una pequeña caja con varios sellos. Escuchó la petición de Samuel sin mostrar interés hasta que este mencionó la declaración de los ausentes.
—No he visto ese documento —dijo—. Y aunque lo hubiera visto, no tendría por qué relacionarse con los libros que custodiamos aquí.
—No pretendemos que aceptéis la declaración como prueba de nada —respondió Samuel—. Queremos contrastar una referencia a determinados pagos efectuados antes y después de un juramento celebrado en 1054. Si las cuentas no contienen nada relacionado con esos hechos, podremos descartarlas.
Don Esteban cerró el libro que tenía delante.
—Los registros de aquella época son incompletos. Algunos se perdieron durante los cambios de propiedad y otros fueron trasladados a archivos particulares. No puedo permitir que cualquier viajero revise documentos que pertenecen a una administración ajena.
Hernán se inclinó hacia él.
—Mi padre trabajó con estos registros. Conocía las formas de anotación utilizadas en la antigua administración y me enseñó a distinguir las cuentas ordinarias de los pagos extraordinarios. No os pedimos que nos entreguéis ningún libro. Bastaría con consultar las referencias que correspondan al año que buscamos.
El administrador lo observó con detenimiento.
—¿Quién era vuestro padre?
Hernán respondió con su nombre. Don Esteban pareció reconocerlo, aunque su reacción fue tan breve que Samuel no pudo interpretarla.
—Su familia dejó de trabajar para esta administración hace mucho tiempo —dijo el encargado—. No veo qué interés puede tener ahora en revisar sus cuentas.
—El interés de saber qué ocurrió con unos documentos que afectaron a varias familias —respondió Hernán—. Si las cuentas no tienen relación con ellos, nuestra consulta terminará pronto.
Don Esteban se levantó y caminó hasta una estantería. Sacó un registro encuadernado en cuero oscuro y lo dejó sobre la mesa, pero mantuvo una mano encima de la cubierta.
—Este libro contiene pagos ordinarios de varias propiedades. Podéis consultar las páginas correspondientes a 1054, siempre que no copiéis nombres ni cantidades sin mi autorización. No permitiré que se saquen hojas del archivo ni que se altere el orden de los documentos.
Samuel aceptó las condiciones. El libro era pesado y mostraba señales de haber sido reparado en varias ocasiones. Las páginas estaban numeradas con una tinta distinta de la empleada en las anotaciones originales, lo que indicaba que alguien había reorganizado el volumen en una fecha posterior. Samuel comenzó por las primeras entradas del año y comparó las fechas con las referencias que habían encontrado en Valdeolmos.
Durante un largo rato solo se oyó el roce de las hojas. La mayoría de las anotaciones correspondían a compras de grano, reparaciones de caminos, mantenimiento de puentes y pagos a trabajadores. Sin embargo, en varias páginas aparecían cantidades pequeñas acompañadas por una línea vertical junto al margen. Algunas remitían a otros libros, identificados con letras y números.
Samuel se detuvo ante una anotación fechada pocos días antes del pacto.
—Aquí aparece un pago por el transporte de una relación de casas y caminos —dijo—. La cantidad coincide con el tipo de gasto que describió Mateo, aunque todavía no sabemos si se refiere a la misma lista.
Don Esteban se acercó inmediatamente.
—Esa anotación no debe sacarse de contexto. Las administraciones transportaban relaciones de propiedades con frecuencia.
—Lo sabemos —respondió Samuel—. Por eso necesitamos la referencia del registro complementario.
El encargado señaló la línea vertical que acompañaba al importe.
—Esa marca indica que el gasto se justificó en otro libro. No es una señal secreta ni tiene relación con las cuatro líneas que algunos utilizan para marcar documentos antiguos.
La explicación podía ser cierta, pero Samuel advirtió que don Esteban había respondido antes de que nadie mencionara expresamente el significado de la marca. No lo señaló. Se limitó a pedir el volumen complementario.
El administrador vaciló.
—Los registros auxiliares se guardan en la torre. Tendré que comprobar si el libro que buscáis permanece aquí.
Salió de la sala y cerró la puerta tras de sí. Hernán esperó a que sus pasos se alejaran antes de hablar.
—No le ha sorprendido encontrar la anotación.
—Eso no demuestra que conozca el pacto —dijo Samuel—. Pero sí parece saber que hay registros relacionados con estos pagos. Debemos mantener la calma y no confundir su cautela con una prueba de culpabilidad.
Martín, que había conseguido entrar después de que Hernán lo llamara, se acercó al libro. Samuel le mostró la anotación sin permitirle tocar la página.
El texto era breve: «Entrega de relación reservada, casas y caminos. Pago al portador según orden recibida. Justificación en registro auxiliar».
No figuraba el nombre del destinatario. Tampoco se indicaba quién había emitido la orden. La entrada confirmaba que se había pagado por transportar una relación reservada, pero no permitía establecer por sí sola que fuera la lista de familias vinculada al pacto.
—Es el mismo tipo de encargo que describió Mateo —dijo Martín.
—Y coincide con la carta que encontramos en Valdeolmos —añadió Hernán—. Pero necesitamos el registro auxiliar para comprobar si allí aparecen el mensajero y la autoridad que autorizó el pago.
Don Esteban regresó con una llave y una expresión más seria que antes.
—El registro que pedís existe, pero no se encuentra en la sala de consulta. Está en una sección que requiere autorización del responsable principal. No puedo permitir que accedáis a ella mientras él permanezca ausente.
—¿Cuándo regresará? —preguntó Samuel.
—No lo sé.
—¿Podéis enviarle un mensaje para solicitar permiso?
—Ya he enviado uno esta mañana.
La rapidez de aquella respuesta hizo que Hernán levantara la mirada. El administrador parecía haber previsto la petición y haber actuado antes de que ellos la formularan. Podía tratarse de una medida normal para proteger los documentos, aunque también cabía la posibilidad de que hubiera reconocido la importancia del registro.
Samuel cerró el libro y agradeció la consulta. Antes de salir, pidió que les permitieran anotar la referencia exacta de la página, a lo que don Esteban accedió después de comprobar personalmente lo que escribía. No habían obtenido el registro auxiliar, pero ya conocían el título de la anotación y el tipo de pago que debían buscar.
En el patio, Rodrigo aguardaba junto a la puerta. Había visto llegar a un jinete que se había detenido unos instantes frente al recinto y después había continuado hacia el norte. El hombre llevaba una capa oscura y ocultaba parte del rostro, aunque Rodrigo no podía asegurar que fuera el mismo que había vigilado la hospedería.
—Alguien ha venido a preguntar por el administrador —dijo—. No ha entrado. Ha hablado con uno de los trabajadores y se ha marchado.
Sancho, que había permanecido cerca del camino con Mateo y Gabriel, se reunió con ellos poco después.
—¿Habéis conseguido el registro? —preguntó.
—Solo una referencia —respondió Samuel—. Existe un libro auxiliar que contiene la justificación de un pago por transportar una relación reservada de casas y caminos. Don Esteban se ha negado a permitirnos consultarlo sin autorización.
Mateo escuchó la descripción y asintió.
—Eso encaja con la forma en que se llevaban las cuentas. El registro auxiliar podía contener el nombre del mensajero, la orden que autorizaba el gasto o una referencia a la persona que había recibido el documento. Si el libro se conserva, puede ayudarnos a reconstruir el recorrido de la lista.
—Don Esteban ha dicho que el encargado principal está ausente —añadió Hernán—. También ha enviado un mensaje para solicitar autorización, aunque no sabemos a quién.
Sancho observó la torre. Una de las ventanas superiores acababa de cerrarse. No había visto quién estaba dentro, pero la rapidez con la que habían interrumpido la consulta le parecía significativa.
—No vamos a entrar por la fuerza —dijo—. Si el registro está allí, podemos buscar otra manera de obtener una copia o encontrar el mismo asiento en otro archivo. Pero antes quiero saber quién ha ordenado trasladar las cajas.
—¿Crees que intentan ocultarlo? —preguntó Martín.
—Creo que hay personas que conocen la importancia de estos documentos. Eso es todo lo que podemos afirmar.
Se alejaron del recinto y buscaron un lugar desde el que observar la entrada sin llamar la atención. Durante la tarde vieron salir a varios trabajadores, pero ninguno llevaba cajas. Don Esteban no volvió a aparecer. Cuando la luz comenzó a declinar, un hombre montado en una mula llegó por el camino y entregó una pequeña bolsa al guardia de la puerta. El guardia la llevó al interior sin registrar el nombre del mensajero.
Samuel siguió el movimiento con atención.
—Podría tratarse de correspondencia ordinaria —dijo—. Pero si el encargado principal está ausente, esa bolsa quizá contenga su respuesta.
Esperaron hasta que el mensajero se marchó. Poco después, el guardia salió del recinto y se dirigió hacia las dependencias donde se alojaban los trabajadores. Sancho propuso retirarse antes de que alguien los reconociera, pero Martín pidió permanecer unos minutos más.
—Mi padre estuvo aquí —dijo—. Si dejó alguna señal, quizá no tengamos otra oportunidad de encontrarla.
Sancho lo miró con paciencia.
—Tu padre vino a investigar, no a convertir cada lugar en una trampa. Si queremos seguir sus pasos, debemos aprender de sus precauciones.
Martín aceptó marcharse. Antes de abandonar la elevación, volvió la vista hacia la torre y vio que una luz se encendía en una de las ventanas. Alguien estaba trabajando en el interior, quizá revisando los mismos registros que ellos buscaban.
Aquella noche, mientras cenaban en un refugio situado a cierta distancia del archivo, Samuel extendió sobre una tabla la referencia que había copiado. La anotación no contenía ningún nombre, pero permitía establecer un hecho nuevo: antes del pacto se había pagado por transportar una relación reservada, y la justificación del gasto había quedado registrada en otro volumen.
—Hasta ahora sabíamos que la lista existía —dijo—. Ahora tenemos una entrada contable que puede vincularla con un mensajero y con una orden administrativa. Si encontramos el libro auxiliar, quizá podamos identificar a quien autorizó el pago. Después tendremos que comprobar si esa persona actuaba por iniciativa propia o transmitía una orden ajena.
—Y si el nombre que aparece es el de un hombre que ya conocemos —dijo Rodrigo—, no podremos dar por hecho que sea el responsable de todo.
—Exactamente. Una firma puede identificar a quien autorizó una operación, pero no siempre a quien la concibió. La responsabilidad deberá establecerse a partir de los hechos.
Martín observó la carta de su padre junto a la referencia del libro. Ambas piezas parecían señalar la misma dirección. Su padre había llegado al archivo, había buscado el registro de pagos y después había desaparecido sin dejar una explicación completa. Quizá hubiera conseguido consultar el volumen auxiliar; quizá alguien se lo hubiera impedido. Lo que resultaba evidente era que había encontrado una diferencia entre las copias y que había considerado necesario seguir investigando.
Mateo permaneció apartado del fuego. La jornada le había devuelto recuerdos que durante años había intentado mantener enterrados. Cuando Samuel le preguntó si reconocía alguna de las palabras de la anotación, respondió que no podía asegurarlo. En 1054 había visto una relación transportada por un mensajero, pero no había presenciado la orden original ni conocía la identidad de quien la había dictado.
—No quiero que mi testimonio sirva para condenar a alguien que quizá solo cumplió una tarea —dijo—. Vi cómo llegó la lista y comprendí que podía utilizarse contra las familias. Eso es lo que puedo afirmar. Si alguien quiere saber quién dio la orden, tendrá que encontrar una prueba que yo nunca tuve.
Martín asintió. Habían encontrado al testigo que llevaba décadas oculto, pero no pretendía convertirlo en una respuesta para todas las preguntas. Su padre había comprendido lo mismo y por eso había buscado el registro de los pagos.
Antes de acostarse, Martín volvió a leer la última frase de la carta: «Pregunta qué parte de la historia puede demostrar sin ellas». Las seis hojas podían conservar el nombre y parte de la verdad, pero los registros administrativos permitirían contrastar los testimonios con hechos que no dependían de la memoria de los guardianes. Tal vez el secreto hubiera sobrevivido precisamente porque nadie había conseguido reunir todas sus piezas en un solo lugar.
Al amanecer regresarían al archivo. No sabían si don Esteban recibiría autorización para mostrarles el libro auxiliar, ni si el encargado principal estaría dispuesto a hablar con ellos. Pero ya no acudían con una sospecha vaga. Tenían una fecha, una anotación concreta y la referencia de un registro que podía conducirlos al mensajero.
Y por primera vez desde que había comenzado la búsqueda, Martín comprendió que el siguiente paso no consistía en encontrar al hombre que todos señalaban como traidor. Consistía en descubrir quién había puesto en marcha la operación antes de que existiera el pacto, y por qué alguien había necesitado modificar después los documentos para que la culpa recayera sobre un nombre determinado.