Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

sábado, 24 de octubre de 2026

La sombra sobre las dos tierras XXXIII

 La noche transcurrió sin que ninguno lograra descansar del todo. Desde el refugio donde se habían instalado, una antigua caseta de pastores escondida entre las encinas, podían distinguir la torre del archivo cuando la luna despejaba las nubes. Martín permaneció despierto durante buena parte de la madrugada, repasando las palabras de su padre y tratando de imaginar qué habría encontrado en aquel lugar tres años atrás. La carta demostraba que había buscado el registro de los pagos, pero también que había descubierto una modificación posterior al juramento. Si había conseguido consultar los libros, quizá hubiera dejado alguna señal de lo que averiguó. Si no lo había logrado, el archivo podía conservar todavía la respuesta que necesitaban.

Poco antes del amanecer, Samuel se sentó a su lado y le ofreció un trozo de pan.

—Tu padre comprendió algo que nosotros apenas estamos empezando a entender —dijo—. La lista y la declaración deben estudiarse por separado. Si las reunimos sin conocer su origen, corremos el riesgo de aceptar como auténtica una versión que alguien preparó para engañar a quienes vinieran después.

—Pero si no las comparamos, tampoco sabremos qué se cambió.

—Por eso necesitamos el registro de pagos. No porque vaya a contener toda la verdad, sino porque puede mostrarnos quién intervino en la circulación de los documentos. Después tendremos que contrastar esa información con los testimonios de Mateo y con las hojas que hemos recuperado.

Martín aceptó el pan, aunque apenas tenía apetito. La búsqueda había dejado de parecerle una carrera hacia un nombre oculto. Cada prueba abría nuevas preguntas sobre personas que quizá habían obedecido órdenes sin conocer sus consecuencias, mientras otras habían aprovechado aquella ignorancia para dirigir las acusaciones hacia quienes resultaban más fáciles de condenar.

Cuando los demás despertaron, Sancho reunió al grupo y expuso el plan. Hernán volvería a hablar con el administrador acompañado por Samuel. Presentarían una petición de consulta de los registros antiguos, alegando que necesitaban contrastar una declaración conservada por una familia vinculada a la antigua administración. No revelarían la identidad de Mateo ni entregarían las cartas del padre de Martín. Si conseguían entrar, buscarían primero los libros de pagos y las referencias a copias, mensajeros y encargos extraordinarios.

—¿Y si vuelven a negarse? —preguntó Rodrigo.

—No discutiremos con los hombres que custodian la puerta —respondió Sancho—. Una negativa puede significar muchas cosas. Si existe una razón para impedirnos consultar los libros, tendremos que descubrirla sin darles una excusa para acusarnos de robarlos.

—¿Y qué haremos mientras ellos hablan? —preguntó Gabriel.

—Esperaréis fuera con Mateo. Si algo sale mal, debéis tener una ruta para abandonar el lugar. No quiero que todos quedemos encerrados dentro del recinto.

Martín se opuso a quedarse atrás. Había llegado hasta allí siguiendo las huellas de su padre y no quería que otros decidieran por él en el momento en que la investigación podía avanzar. Sancho lo escuchó sin interrumpirlo.

—No te pido que te quedes fuera porque seas incapaz de defenderte —dijo finalmente—. Te lo pido porque eres el hijo del hombre que investigó estos documentos. Si alguien os reconoce, puede que intente utilizarte para obligar a tu padre a aparecer, aunque no sepa dónde está. Tu presencia debe ser una elección, no una manera de demostrar valor.

Martín comprendió la razón, aunque le costó aceptarla. Acordaron que permanecería cerca de la entrada, acompañado por Rodrigo, y que solo entraría si Hernán o Samuel lo llamaban. Mateo se quedaría con Gabriel en un lugar desde el que pudieran observar el camino sin ser vistos.

Llegaron al archivo cuando el sol apenas había superado las colinas. El patio estaba más tranquilo que el día anterior. El carro había desaparecido y las cajas que aún quedaban junto al muro habían sido trasladadas al interior. Un joven abrió la puerta tras escuchar la llamada de Hernán y los condujo hasta una sala donde aguardaba el administrador.

El hombre se presentó como don Esteban, encargado provisional de los registros mientras el responsable principal se encontraba fuera de la propiedad. No llevaba armas visibles, pero tenía sobre la mesa un libro de cuentas y una pequeña caja con varios sellos. Escuchó la petición de Samuel sin mostrar interés hasta que este mencionó la declaración de los ausentes.

—No he visto ese documento —dijo—. Y aunque lo hubiera visto, no tendría por qué relacionarse con los libros que custodiamos aquí.

—No pretendemos que aceptéis la declaración como prueba de nada —respondió Samuel—. Queremos contrastar una referencia a determinados pagos efectuados antes y después de un juramento celebrado en 1054. Si las cuentas no contienen nada relacionado con esos hechos, podremos descartarlas.

Don Esteban cerró el libro que tenía delante.

—Los registros de aquella época son incompletos. Algunos se perdieron durante los cambios de propiedad y otros fueron trasladados a archivos particulares. No puedo permitir que cualquier viajero revise documentos que pertenecen a una administración ajena.

Hernán se inclinó hacia él.

—Mi padre trabajó con estos registros. Conocía las formas de anotación utilizadas en la antigua administración y me enseñó a distinguir las cuentas ordinarias de los pagos extraordinarios. No os pedimos que nos entreguéis ningún libro. Bastaría con consultar las referencias que correspondan al año que buscamos.

El administrador lo observó con detenimiento.

—¿Quién era vuestro padre?

Hernán respondió con su nombre. Don Esteban pareció reconocerlo, aunque su reacción fue tan breve que Samuel no pudo interpretarla.

—Su familia dejó de trabajar para esta administración hace mucho tiempo —dijo el encargado—. No veo qué interés puede tener ahora en revisar sus cuentas.

—El interés de saber qué ocurrió con unos documentos que afectaron a varias familias —respondió Hernán—. Si las cuentas no tienen relación con ellos, nuestra consulta terminará pronto.

Don Esteban se levantó y caminó hasta una estantería. Sacó un registro encuadernado en cuero oscuro y lo dejó sobre la mesa, pero mantuvo una mano encima de la cubierta.

—Este libro contiene pagos ordinarios de varias propiedades. Podéis consultar las páginas correspondientes a 1054, siempre que no copiéis nombres ni cantidades sin mi autorización. No permitiré que se saquen hojas del archivo ni que se altere el orden de los documentos.

Samuel aceptó las condiciones. El libro era pesado y mostraba señales de haber sido reparado en varias ocasiones. Las páginas estaban numeradas con una tinta distinta de la empleada en las anotaciones originales, lo que indicaba que alguien había reorganizado el volumen en una fecha posterior. Samuel comenzó por las primeras entradas del año y comparó las fechas con las referencias que habían encontrado en Valdeolmos.

Durante un largo rato solo se oyó el roce de las hojas. La mayoría de las anotaciones correspondían a compras de grano, reparaciones de caminos, mantenimiento de puentes y pagos a trabajadores. Sin embargo, en varias páginas aparecían cantidades pequeñas acompañadas por una línea vertical junto al margen. Algunas remitían a otros libros, identificados con letras y números.

Samuel se detuvo ante una anotación fechada pocos días antes del pacto.

—Aquí aparece un pago por el transporte de una relación de casas y caminos —dijo—. La cantidad coincide con el tipo de gasto que describió Mateo, aunque todavía no sabemos si se refiere a la misma lista.

Don Esteban se acercó inmediatamente.

—Esa anotación no debe sacarse de contexto. Las administraciones transportaban relaciones de propiedades con frecuencia.

—Lo sabemos —respondió Samuel—. Por eso necesitamos la referencia del registro complementario.

El encargado señaló la línea vertical que acompañaba al importe.

—Esa marca indica que el gasto se justificó en otro libro. No es una señal secreta ni tiene relación con las cuatro líneas que algunos utilizan para marcar documentos antiguos.

La explicación podía ser cierta, pero Samuel advirtió que don Esteban había respondido antes de que nadie mencionara expresamente el significado de la marca. No lo señaló. Se limitó a pedir el volumen complementario.

El administrador vaciló.

—Los registros auxiliares se guardan en la torre. Tendré que comprobar si el libro que buscáis permanece aquí.

Salió de la sala y cerró la puerta tras de sí. Hernán esperó a que sus pasos se alejaran antes de hablar.

—No le ha sorprendido encontrar la anotación.

—Eso no demuestra que conozca el pacto —dijo Samuel—. Pero sí parece saber que hay registros relacionados con estos pagos. Debemos mantener la calma y no confundir su cautela con una prueba de culpabilidad.

Martín, que había conseguido entrar después de que Hernán lo llamara, se acercó al libro. Samuel le mostró la anotación sin permitirle tocar la página.

El texto era breve: «Entrega de relación reservada, casas y caminos. Pago al portador según orden recibida. Justificación en registro auxiliar».

No figuraba el nombre del destinatario. Tampoco se indicaba quién había emitido la orden. La entrada confirmaba que se había pagado por transportar una relación reservada, pero no permitía establecer por sí sola que fuera la lista de familias vinculada al pacto.

—Es el mismo tipo de encargo que describió Mateo —dijo Martín.

—Y coincide con la carta que encontramos en Valdeolmos —añadió Hernán—. Pero necesitamos el registro auxiliar para comprobar si allí aparecen el mensajero y la autoridad que autorizó el pago.

Don Esteban regresó con una llave y una expresión más seria que antes.

—El registro que pedís existe, pero no se encuentra en la sala de consulta. Está en una sección que requiere autorización del responsable principal. No puedo permitir que accedáis a ella mientras él permanezca ausente.

—¿Cuándo regresará? —preguntó Samuel.

—No lo sé.

—¿Podéis enviarle un mensaje para solicitar permiso?

—Ya he enviado uno esta mañana.

La rapidez de aquella respuesta hizo que Hernán levantara la mirada. El administrador parecía haber previsto la petición y haber actuado antes de que ellos la formularan. Podía tratarse de una medida normal para proteger los documentos, aunque también cabía la posibilidad de que hubiera reconocido la importancia del registro.

Samuel cerró el libro y agradeció la consulta. Antes de salir, pidió que les permitieran anotar la referencia exacta de la página, a lo que don Esteban accedió después de comprobar personalmente lo que escribía. No habían obtenido el registro auxiliar, pero ya conocían el título de la anotación y el tipo de pago que debían buscar.

En el patio, Rodrigo aguardaba junto a la puerta. Había visto llegar a un jinete que se había detenido unos instantes frente al recinto y después había continuado hacia el norte. El hombre llevaba una capa oscura y ocultaba parte del rostro, aunque Rodrigo no podía asegurar que fuera el mismo que había vigilado la hospedería.

—Alguien ha venido a preguntar por el administrador —dijo—. No ha entrado. Ha hablado con uno de los trabajadores y se ha marchado.

Sancho, que había permanecido cerca del camino con Mateo y Gabriel, se reunió con ellos poco después.

—¿Habéis conseguido el registro? —preguntó.

—Solo una referencia —respondió Samuel—. Existe un libro auxiliar que contiene la justificación de un pago por transportar una relación reservada de casas y caminos. Don Esteban se ha negado a permitirnos consultarlo sin autorización.

Mateo escuchó la descripción y asintió.

—Eso encaja con la forma en que se llevaban las cuentas. El registro auxiliar podía contener el nombre del mensajero, la orden que autorizaba el gasto o una referencia a la persona que había recibido el documento. Si el libro se conserva, puede ayudarnos a reconstruir el recorrido de la lista.

—Don Esteban ha dicho que el encargado principal está ausente —añadió Hernán—. También ha enviado un mensaje para solicitar autorización, aunque no sabemos a quién.

Sancho observó la torre. Una de las ventanas superiores acababa de cerrarse. No había visto quién estaba dentro, pero la rapidez con la que habían interrumpido la consulta le parecía significativa.

—No vamos a entrar por la fuerza —dijo—. Si el registro está allí, podemos buscar otra manera de obtener una copia o encontrar el mismo asiento en otro archivo. Pero antes quiero saber quién ha ordenado trasladar las cajas.

—¿Crees que intentan ocultarlo? —preguntó Martín.

—Creo que hay personas que conocen la importancia de estos documentos. Eso es todo lo que podemos afirmar.

Se alejaron del recinto y buscaron un lugar desde el que observar la entrada sin llamar la atención. Durante la tarde vieron salir a varios trabajadores, pero ninguno llevaba cajas. Don Esteban no volvió a aparecer. Cuando la luz comenzó a declinar, un hombre montado en una mula llegó por el camino y entregó una pequeña bolsa al guardia de la puerta. El guardia la llevó al interior sin registrar el nombre del mensajero.

Samuel siguió el movimiento con atención.

—Podría tratarse de correspondencia ordinaria —dijo—. Pero si el encargado principal está ausente, esa bolsa quizá contenga su respuesta.

Esperaron hasta que el mensajero se marchó. Poco después, el guardia salió del recinto y se dirigió hacia las dependencias donde se alojaban los trabajadores. Sancho propuso retirarse antes de que alguien los reconociera, pero Martín pidió permanecer unos minutos más.

—Mi padre estuvo aquí —dijo—. Si dejó alguna señal, quizá no tengamos otra oportunidad de encontrarla.

Sancho lo miró con paciencia.

—Tu padre vino a investigar, no a convertir cada lugar en una trampa. Si queremos seguir sus pasos, debemos aprender de sus precauciones.

Martín aceptó marcharse. Antes de abandonar la elevación, volvió la vista hacia la torre y vio que una luz se encendía en una de las ventanas. Alguien estaba trabajando en el interior, quizá revisando los mismos registros que ellos buscaban.

Aquella noche, mientras cenaban en un refugio situado a cierta distancia del archivo, Samuel extendió sobre una tabla la referencia que había copiado. La anotación no contenía ningún nombre, pero permitía establecer un hecho nuevo: antes del pacto se había pagado por transportar una relación reservada, y la justificación del gasto había quedado registrada en otro volumen.

—Hasta ahora sabíamos que la lista existía —dijo—. Ahora tenemos una entrada contable que puede vincularla con un mensajero y con una orden administrativa. Si encontramos el libro auxiliar, quizá podamos identificar a quien autorizó el pago. Después tendremos que comprobar si esa persona actuaba por iniciativa propia o transmitía una orden ajena.

—Y si el nombre que aparece es el de un hombre que ya conocemos —dijo Rodrigo—, no podremos dar por hecho que sea el responsable de todo.

—Exactamente. Una firma puede identificar a quien autorizó una operación, pero no siempre a quien la concibió. La responsabilidad deberá establecerse a partir de los hechos.

Martín observó la carta de su padre junto a la referencia del libro. Ambas piezas parecían señalar la misma dirección. Su padre había llegado al archivo, había buscado el registro de pagos y después había desaparecido sin dejar una explicación completa. Quizá hubiera conseguido consultar el volumen auxiliar; quizá alguien se lo hubiera impedido. Lo que resultaba evidente era que había encontrado una diferencia entre las copias y que había considerado necesario seguir investigando.

Mateo permaneció apartado del fuego. La jornada le había devuelto recuerdos que durante años había intentado mantener enterrados. Cuando Samuel le preguntó si reconocía alguna de las palabras de la anotación, respondió que no podía asegurarlo. En 1054 había visto una relación transportada por un mensajero, pero no había presenciado la orden original ni conocía la identidad de quien la había dictado.

—No quiero que mi testimonio sirva para condenar a alguien que quizá solo cumplió una tarea —dijo—. Vi cómo llegó la lista y comprendí que podía utilizarse contra las familias. Eso es lo que puedo afirmar. Si alguien quiere saber quién dio la orden, tendrá que encontrar una prueba que yo nunca tuve.

Martín asintió. Habían encontrado al testigo que llevaba décadas oculto, pero no pretendía convertirlo en una respuesta para todas las preguntas. Su padre había comprendido lo mismo y por eso había buscado el registro de los pagos.

Antes de acostarse, Martín volvió a leer la última frase de la carta: «Pregunta qué parte de la historia puede demostrar sin ellas». Las seis hojas podían conservar el nombre y parte de la verdad, pero los registros administrativos permitirían contrastar los testimonios con hechos que no dependían de la memoria de los guardianes. Tal vez el secreto hubiera sobrevivido precisamente porque nadie había conseguido reunir todas sus piezas en un solo lugar.

Al amanecer regresarían al archivo. No sabían si don Esteban recibiría autorización para mostrarles el libro auxiliar, ni si el encargado principal estaría dispuesto a hablar con ellos. Pero ya no acudían con una sospecha vaga. Tenían una fecha, una anotación concreta y la referencia de un registro que podía conducirlos al mensajero.

Y por primera vez desde que había comenzado la búsqueda, Martín comprendió que el siguiente paso no consistía en encontrar al hombre que todos señalaban como traidor. Consistía en descubrir quién había puesto en marcha la operación antes de que existiera el pacto, y por qué alguien había necesitado modificar después los documentos para que la culpa recayera sobre un nombre determinado.


miércoles, 21 de octubre de 2026

La sombra sobre las dos tierras XXXI

 La mañana avanzaba lentamente sobre las colinas cuando Martín y sus compañeros abandonaron el último refugio de Mateo. El anciano caminaba junto a Sancho, apoyándose en su bastón y guardando silencio desde que habían dejado atrás el molino. La persecución le había recordado que su pasado seguía siendo peligroso, pero también había despertado en él una determinación que parecía dormida desde hacía años. Había pasado demasiado tiempo ocultándose bajo nombres prestados y confiando en que el olvido protegería a los suyos. Ahora sabía que la declaración que había entregado décadas atrás podía servir para reconstruir los hechos, siempre que alguien se ocupara de contrastarla con los documentos originales.

Martín llevaba las cartas de su padre bajo la túnica. Desde que había leído la última, una pregunta le rondaba la cabeza: si su padre había encontrado a Mateo tres años antes, ¿por qué había continuado hacia el norte sin dejarle ninguna señal que permitiera seguir sus pasos? La respuesta podía encontrarse en el registro de pagos que había ido a buscar, aunque también era posible que nunca llegara a encontrarlo. Martín se obligó a no confundir la esperanza con una certeza. Su padre había desaparecido, pero cada nueva prueba demostraba que su investigación había avanzado mucho más de lo que él imaginaba.

—¿Cuánto tardaremos en llegar al archivo? —preguntó a Hernán.

—Si las indicaciones que recuerdo son correctas, dos jornadas. El edificio perteneció a una administración señorial que reunió documentos de distintas propiedades y territorios. Allí se guardaban cuentas, cartas de pago, relaciones de mensajeros y copias de acuerdos que los señores necesitaban conservar para defender sus derechos. No sé si los registros de 1054 permanecen allí, porque algunas colecciones fueron trasladadas cuando cambiaron los propietarios.

—¿Y si los documentos fueron destruidos? —preguntó Gabriel.

—Entonces tendremos que buscar las copias que pudieron hacerse en otros lugares —respondió Samuel—. Los documentos administrativos rara vez dependían de una sola persona. Una cuenta podía aparecer en el registro de pagos, en el libro de un recaudador o entre los papeles de quien había recibido el dinero. La dificultad consistirá en distinguir los originales de las copias posteriores y averiguar cuándo se introdujeron las modificaciones.

Mateo escuchaba con atención. Cuando Samuel terminó, el anciano levantó la cabeza.

—Si buscáis las cuentas de los mensajeros, debéis tener cuidado con una cosa. En aquella época, algunos pagos se anotaban bajo el nombre del hombre que recibía el dinero, aunque el encargo procediera de otra persona. Quien quisiera ocultar una orden podía utilizar a un intermediario y hacer que la cuenta pareciera un gasto ordinario de la administración.

—Eso explicaría por qué el apellido que recordabas no basta para identificar al responsable —dijo Rodrigo.

—Exactamente. El nombre que figura en una cuenta puede señalar al mensajero, al encargado de entregarle el dinero o al oficial que autorizó el pago. Solo una segunda referencia permitirá saber cuál de ellos era.

Sancho asintió. La advertencia confirmaba que no debían buscar un único nombre como si bastara con encontrarlo escrito en un pergamino. El misterio de 1054 estaba compuesto por decisiones separadas: alguien había ordenado preparar la lista, otros habían reunido los nombres, un mensajero había transportado una copia y alguien había decidido cómo utilizarla después del juramento. Si querían reconstruir la verdad, debían descubrir la relación entre esas acciones.

Durante el resto de la jornada avanzaron por caminos secundarios, evitando las aldeas más grandes. Sancho se mantenía atento a cualquier movimiento extraño, mientras Rodrigo vigilaba los cruces y Gabriel procuraba no forzar el brazo herido. Mateo conocía poco aquella región, pero recordó que los antiguos caminos de los escribanos solían seguir los cauces de los ríos, donde los viajeros encontraban agua y podían llegar a las propiedades sin atravesar los puestos de vigilancia.

Al caer la tarde se detuvieron junto a un bosque de encinas. Samuel aprovechó el descanso para examinar de nuevo la declaración de los ausentes y comparar sus palabras con la carta del padre de Martín. Las diferencias entre ambos documentos eran importantes. La declaración describía la llegada de la relación de casas y la advertencia de que sus nombres no debían interpretarse como una aceptación voluntaria. La carta, escrita muchos años después, mencionaba una copia modificada tras el juramento. Entre ambos textos existía una conexión probable, pero aún no sabían si la modificación había afectado a los nombres, a las marcas que los acompañaban o a la explicación de la traición.

—Podría tratarse de una alteración muy sencilla —dijo Samuel—. Bastaría con añadir una marca junto a una familia o cambiar el encabezamiento de la lista para que una relación preparada con fines de vigilancia pareciera una prueba de deslealtad.

—¿Y si la lista original ya contenía esas marcas? —preguntó Martín.

—Entonces alguien habría tenido que decidir qué significaban y cómo debían interpretarse. El documento que encontramos en Valdeolmos indicaba que la relación podía utilizarse de dos maneras. Eso no demuestra que todas las marcas fueran posteriores, ni que cada familia señalada hubiera sido perseguida por el mismo motivo.

Rodrigo se sentó frente a ellos.

—Mi familia ha conservado durante generaciones una versión según la cual la traición fue obra de un hombre que entregó los nombres a cambio de tierras y protección. Si esa versión nació de una copia modificada, alguien tuvo que conocer la historia completa para hacerla creíble.

—O alguien construyó una explicación que convenía a quienes tenían poder —respondió Sancho—. La historia que se transmite no siempre es la que mejor explica los hechos, sino la que consigue sobrevivir a quienes intentan discutirla.

Rodrigo aceptó la respuesta sin apartar la mirada del fuego. Sabía que el apellido de su familia podía aparecer en algún documento, pero también que no tenía derecho a utilizar esa posibilidad para defender a sus antepasados ni para condenarlos antes de conocer las pruebas. Su obligación consistía en averiguar qué habían hecho realmente y aceptar las consecuencias de la respuesta.

Al amanecer reanudaron la marcha. El terreno se volvió más abierto y, hacia el mediodía, divisaron una construcción fortificada en una elevación próxima al camino. No era un castillo destinado a resistir un asedio, sino una antigua casa de administración, rodeada por un muro y provista de una torre cuadrada. La puerta principal estaba cerrada y una pequeña abertura permitía observar quién se acercaba. En el exterior no había soldados, aunque dos hombres trabajaban junto a un carro cargado de cajas.

Hernán reconoció el edificio por las descripciones que su padre le había hecho muchos años atrás.

—Es el archivo que buscábamos. Aquí se reunieron los registros de varias propiedades, incluidas algunas que pertenecieron a señores que mantuvieron relaciones con los gobernantes de Toledo. Si los libros de cuentas no fueron trasladados, deberían conservarse en la torre.

—¿Quién administra ahora el lugar? —preguntó Samuel.

—No lo sé. La última vez que oí hablar de él, dependía de un mayordomo nombrado por una familia castellana. Pero las propiedades cambian de manos y los documentos suelen permanecer donde estaban mientras nadie tenga interés en trasladarlos.

Sancho observó a los dos hombres que cargaban las cajas. Uno de ellos llevaba una tablilla y comprobaba el contenido de cada recipiente antes de permitir que lo subieran al carro.

—Están trasladando documentos —dijo—. Puede ser una operación ordinaria, pero no conviene que entremos sin saber adónde van esas cajas.

Martín sintió que la oportunidad podía escapárseles. Si los registros de 1054 estaban entre aquellos documentos, quizá los trasladaran a un lugar donde resultara más difícil localizarlos. Sin embargo, acercarse precipitadamente podía alertar a los encargados y poner en peligro la investigación.

Samuel propuso que Hernán se presentara como un hombre interesado en consultar antiguas cuentas de propiedades. Su conocimiento de la administración podía permitirle averiguar quién dirigía el archivo y si los libros de pagos seguían allí. Sancho se opuso al principio, pues temía que Hernán fuera reconocido por alguien que hubiera trabajado con su padre. Finalmente aceptó, con la condición de que Martín y Rodrigo permanecieran fuera del recinto y que Samuel pudiera intervenir si la conversación se complicaba.

Hernán se acercó a la puerta mientras los demás esperaban junto a un muro derruido. Tras hablar unos minutos con el hombre de la tablilla, desapareció en el interior. La espera se prolongó más de lo previsto. Martín comenzó a inquietarse, pero Sancho le recordó que no podían intervenir sin saber qué ocurría dentro.

Al cabo de un rato, Hernán reapareció acompañado por un hombre de mediana edad, vestido con una túnica de buena calidad y un cinturón del que colgaba un pequeño juego de llaves. El desconocido observó al grupo desde la entrada y después se acercó a Sancho.

—Me han dicho que buscáis registros antiguos relacionados con pagos de mensajeros —dijo—. El archivo está revisando sus fondos antes de trasladar una parte de ellos. Si tenéis una autorización del propietario, podréis consultar lo que permanezca aquí.

—No traemos una autorización —respondió Samuel—. Buscamos documentos que puedan aclarar unos hechos ocurridos en 1054. No pretendemos reclamar tierras ni derechos sobre las propiedades.

El hombre sonrió sin mostrar simpatía.

—Los documentos antiguos suelen servir para reclamar algo, aunque quien los busca diga lo contrario. ¿Qué hechos os interesan?

—La preparación de una relación de familias antes de un juramento entre tres hombres —contestó Samuel—. Tenemos referencias a pagos efectuados para transportar copias de esa relación y a una declaración que cuestionaba el uso que se hizo de los nombres.

La sonrisa del administrador desapareció.

—No sé nada de semejante relación. Aquí se conservan cuentas de propiedades, no historias de familias.

—Precisamente por eso hemos venido —dijo Hernán—. Una cuenta de pago puede conservar un nombre aunque la historia que lo acompañaba haya desaparecido.

El hombre miró a Hernán con mayor atención.

—¿Cómo te llamas?

Hernán respondió sin vacilar, aunque Martín advirtió que había elegido cuidadosamente qué información revelar. El administrador pareció reconocer el apellido, pero no comentó nada. En lugar de ello, explicó que el archivo estaba bajo la responsabilidad de un encargado ausente y que no podía permitirles consultar documentos sin una autorización. Las cajas que estaban trasladando contenían registros deteriorados y libros que debían ponerse a salvo antes de las lluvias.

—¿Adónde los lleváis? —preguntó Rodrigo.

—A otra propiedad de la misma administración. No tengo obligación de explicar nuestros movimientos a viajeros desconocidos.

Sancho dio un paso adelante.

—Tampoco nosotros tenemos obligación de contaros todo lo que sabemos. Pero si esos documentos van a ser trasladados, nos gustaría saber si los libros de pagos de 1054 permanecerán aquí.

El administrador lo miró con una atención que inquietó a Martín.

—¿Por qué precisamente ese año?

—Porque buscamos una prueba, no una disputa —respondió Sancho.

El hombre no contestó. Se limitó a indicar que regresaran al día siguiente, cuando quizá pudiera atenderlos el encargado. Después volvió al recinto y ordenó cerrar la puerta.

El grupo se alejó hasta una pequeña elevación desde la que podía observar el patio. La conversación no había conseguido abrirles el archivo, pero había revelado algo importante: la mención de los pagos de 1054 había alterado la actitud del administrador. Podía tratarse de una reacción natural ante unos desconocidos que preguntaban por documentos delicados, aunque también cabía la posibilidad de que conociera el asunto o hubiera recibido instrucciones sobre qué registros debían conservarse fuera del alcance de los visitantes.

—No sabemos si nos ha reconocido —dijo Hernán—. Mi familia tuvo relación con esta administración, pero hace muchos años que no utilizo ese apellido en estos caminos.

—Ha reaccionado al año, no a tu nombre —observó Samuel—. Eso puede significar que los documentos siguen siendo sensibles. También puede que sospeche que queremos reclamar algo. Necesitamos comprobarlo antes de decidir cómo actuar.

Martín miró las cajas que continuaban apiladas junto al carro. Un trabajador cerró una de ellas y clavó una pequeña tablilla en la tapa. En ella aparecía una anotación de tres palabras, apenas visible desde la distancia: «Pagos y correspondencia».

—Si los libros que buscamos están en esas cajas, podrían marcharse antes de mañana —dijo.

—Y si intentamos detener el traslado, daremos a entender que sabemos exactamente lo que contienen —respondió Sancho—. Necesitamos una manera de averiguar qué documentos se conservan y cuáles van a salir.

Mateo, que había permanecido callado durante la conversación, se acercó al borde de la elevación.

—Cuando trabajaba en la administración, los libros de pagos se ordenaban por año y por tipo de gasto. Los pagos extraordinarios podían aparecer en una sección distinta, especialmente si se relacionaban con mensajeros o encargos reservados. Si solo buscáis el nombre de un hombre, quizá no lo encontréis. Tendréis que buscar también las cantidades, las fechas y las referencias a las copias.

Samuel lo miró con interés.

—¿Recuerdas cómo se identificaban esos gastos?

—A veces se utilizaba una marca en el margen, aunque cada administración tenía sus propias costumbres. En la que yo conocí, los encargos que no debían aparecer en las cuentas ordinarias se anotaban con una pequeña línea junto al importe. No era un signo secreto en sí mismo; servía para recordar que el pago debía justificarse en otro registro.

Elías levantó la vista.

—¿Podría ser la cuarta línea que aparece junto a los nombres?

—No lo sé —respondió Mateo—. La marca que yo recuerdo era más sencilla. Podría existir alguna relación, pero sería un error afirmarlo sin ver las cuentas.

Aquella observación les dio una nueva manera de buscar. Si el registro de pagos incluía una anotación que remitía a otro libro, quizá pudieran localizar la orden original o identificar a quien había autorizado el gasto. La cuarta línea podía estar relacionada con una familia excluida, con un testigo o con una marca administrativa que después adquirió otro significado. Hasta que no encontraran los documentos, ninguna de esas interpretaciones podía darse por válida.

Decidieron esperar a que oscureciera antes de acercarse de nuevo al recinto. No pretendían entrar por la fuerza ni robar los documentos; querían averiguar qué libros se conservaban y si existía una forma legítima de consultarlos. Samuel sugirió que, si conseguían hablar con el encargado, presentarían la declaración de los ausentes sin revelar la identidad de Mateo. El testimonio podía justificar la consulta, pero entregar el nombre del anciano a una administración que quizá estuviera comprometida supondría un riesgo innecesario.

Mientras aguardaban, Martín volvió a leer la carta de su padre. La frase sobre las diferencias entre las copias le parecía ahora más importante que nunca. Si alguien había modificado la lista después del juramento, la alteración podía haber quedado registrada en las cuentas como un gasto extraordinario, una copia nueva o un pago a un mensajero. Encontrar el registro no resolvería automáticamente el misterio, pero permitiría comparar los nombres y descubrir qué parte del documento había sido cambiada.

Cuando cayó la noche, las últimas cajas fueron introducidas en el edificio y el carro quedó vacío. El administrador se marchó acompañado por dos hombres, mientras otros cerraban las puertas del patio. Desde su escondite, Sancho observó el movimiento y esperó hasta que desapareció el último trabajador.

Entonces se acercó a la entrada lateral, donde una puerta más pequeña comunicaba con las dependencias de servicio. No intentó abrirla. Se limitó a examinar la cerradura y el suelo que había delante.

—Mañana volveremos a hablar con el encargado —dijo—. Si no nos permite consultar los registros, tendremos que buscar otra vía. No voy a poner en peligro a Mateo ni a los demás por conseguir una hoja que quizá ni siquiera sea la correcta.

Martín aceptó la decisión, aunque la inquietud no lo abandonó. Habían llegado al archivo que su padre buscó tres años antes y, por primera vez, podían estar a pocos pasos del registro que explicaría quién recibió la orden de preparar la lista. Pero el traslado de las cajas y la reacción del administrador indicaban que el tiempo podía jugar en su contra.

Antes de retirarse, Martín miró una última vez la torre. Durante treinta años, los nombres de las familias habían pasado de una mano a otra, unas veces para protegerlas y otras para condenarlas. Los tres firmantes habían intentado establecer una promesa en medio de un mundo dividido, pero alguien había preparado de antemano una relación que podía convertir aquella promesa en una amenaza.

Si el archivo conservaba las cuentas, quizá descubrirían quién había pagado al mensajero y qué autoridad había autorizado el encargo. Después tendrían que demostrar qué relación guardaba ese hombre con la orden original y con la modificación posterior de la lista. La verdad seguía fragmentada, aunque por fin habían llegado al lugar donde algunas de sus piezas podían encontrarse.

Martín guardó la carta de su padre y siguió a sus compañeros hacia el refugio que Sancho había elegido para pasar la noche. Al día siguiente intentarían entrar en el archivo por la vía que aún les quedaba: la de las pruebas y las preguntas precisas. Si alguien se empeñaba en impedirles consultar los registros, tendrían que averiguar por qué. Porque quizá el documento que llevaban décadas intentando ocultar no contuviera el nombre de un único traidor, sino la huella de una cadena de hombres que habían hecho posible que la traición sobreviviera a sus propios autores.