Dicen los viejos códices
que existió un hombre
a quien la muerte
olvidó nombrar.
No nació de hechizo alguno,
ni bebió el licor
de los dioses.
Simplemente,
una noche,
el Tiempo pasó de largo
ante la puerta de su casa.
Y nunca regresó.
Los siglos
comenzaron a doblarse
como hojas secas.
Los reyes
levantaban imperios.
Después,
sus tronos eran polvo.
Los niños
que él había visto correr
se convertían en ancianos.
Y los hijos
de aquellos ancianos
también desaparecían.
Solo él
continuaba caminando.
Aprendió todas las lenguas.
Conoció todos los mares.
Durmió bajo desiertos
que antes fueron océanos.
Vio montañas
nacer del fuego
y regresar,
pacientes,
al vientre de la tierra.
Nada permanecía.
Salvo él.
Al principio
lloró cada pérdida.
Después,
solo las más cercanas.
Más tarde,
ninguna.
Porque el corazón,
igual que la roca,
termina endureciéndose
bajo demasiados inviernos.
Un atardecer,
cuando el otoño
teñía de cobre
las hojas del Bosque Olvidado,
encontró a una niña,
sentada junto a un arroyo.
Construía pequeños barcos
con hojas de abedul
y los dejaba
viajar corriente abajo.
—¿Por qué sonríes,
si sabes que el agua
se los llevará?
La niña
levantó la mirada.
Sus ojos
tenían la claridad
del primer amanecer.
—Porque mientras flotan,
son míos.
Y cuando desaparecen,
pasan a ser del río.
El inmortal
guardó silencio.
Aquellas palabras,
tan pequeñas,
abrieron una grieta
en el muro
que los siglos
habían levantado
dentro de él.
Durante días
la acompañó.
Aprendió nuevamente
a reír.
A escuchar el viento
sin buscar respuestas.
A contemplar
las estrellas
sin contar los años.
Pero los mortales
pertenecen
a las estaciones.
Llegó el invierno.
La niña enfermó.
Una mañana,
el arroyo
continuó cantando.
Las hojas
continuaron cayendo.
El sol
volvió a salir.
Solo ella
no despertó.
El inmortal
permaneció
junto al pequeño túmulo
hasta que floreció
la primera violeta.
Entonces,
sin palabras,
sin lamento,
una única lágrima
descendió lentamente
por su rostro.
Era transparente
como el agua del origen.
Pesaba más que una montaña.
Al tocar la tierra,
la hierba reverdeció.
Las flores
abrieron sus pétalos.
Y un joven roble brotó
en aquel mismo lugar.
Los Guardianes del Bosque
lo contemplaron
desde la distancia.
El más anciano
inclinó la cabeza
y dijo:
—Por fin.
No ha llorado
porque haya perdido
una vida.
Ha llorado
porque ha comprendido
el valor de todas.
Desde entonces,
quien encuentra
un roble solitario
creciendo
junto a un arroyo,
debe guardar silencio.
Porque cuentan
que bajo sus raíces
descansa
la última lágrima
del inmortal,
convertida para siempre
en savia,
en memoria
y en esperanza.