Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

miércoles, 12 de agosto de 2026

La última lágrima del inmortal


Dicen los viejos códices

que existió un hombre

a quien la muerte

olvidó nombrar.

No nació de hechizo alguno,

ni bebió el licor

de los dioses.

Simplemente,

una noche,

el Tiempo pasó de largo

ante la puerta de su casa.

Y nunca regresó.

Los siglos

comenzaron a doblarse

como hojas secas.

Los reyes

levantaban imperios.

Después,

sus tronos eran polvo.

Los niños

que él había visto correr

se convertían en ancianos.

Y los hijos

de aquellos ancianos

también desaparecían.

Solo él

continuaba caminando.

Aprendió todas las lenguas.

Conoció todos los mares.

Durmió bajo desiertos

que antes fueron océanos.

Vio montañas

nacer del fuego

y regresar, 

pacientes,

al vientre de la tierra.

Nada permanecía.

Salvo él.

Al principio

lloró cada pérdida.

Después,

solo las más cercanas.

Más tarde,

ninguna.

Porque el corazón,

igual que la roca,

termina endureciéndose

bajo demasiados inviernos.

Un atardecer,

cuando el otoño

teñía de cobre

las hojas del Bosque Olvidado,

encontró a una niña,

sentada junto a un arroyo.

Construía pequeños barcos

con hojas de abedul

y los dejaba

viajar corriente abajo.

—¿Por qué sonríes, 

si sabes que el agua

se los llevará?

La niña

levantó la mirada.

Sus ojos

tenían la claridad

del primer amanecer.

—Porque mientras flotan,

son míos.

Y cuando desaparecen,

pasan a ser del río.

El inmortal

guardó silencio.

Aquellas palabras,

tan pequeñas,

abrieron una grieta

en el muro

que los siglos

habían levantado

dentro de él.

Durante días

la acompañó.

Aprendió nuevamente

a reír.

A escuchar el viento

sin buscar respuestas.

A contemplar

las estrellas

sin contar los años.

Pero los mortales

pertenecen

a las estaciones.

Llegó el invierno.

La niña enfermó.

Una mañana,

el arroyo

continuó cantando.

Las hojas

continuaron cayendo.

El sol

volvió a salir.

Solo ella

no despertó.

El inmortal

permaneció

junto al pequeño túmulo

hasta que floreció

la primera violeta.

Entonces,

sin palabras,

sin lamento,

una única lágrima

descendió lentamente

por su rostro.

Era transparente

como el agua del origen.

Pesaba más que una montaña.

Al tocar la tierra,

la hierba reverdeció.

Las flores

abrieron sus pétalos.

Y un joven roble brotó

en aquel mismo lugar.

Los Guardianes del Bosque

lo contemplaron

desde la distancia.

El más anciano

inclinó la cabeza

y dijo:

—Por fin.

No ha llorado

porque haya perdido

una vida.

Ha llorado

porque ha comprendido

el valor de todas.

Desde entonces,

quien encuentra

un roble solitario

creciendo

junto a un arroyo,

debe guardar silencio.

Porque cuentan

que bajo sus raíces

descansa

la última lágrima

del inmortal,

convertida para siempre

en savia,

en memoria

y en esperanza.


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