Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 31 de agosto de 2026

Prólogo al Reino de las sombras de cristal

 Prólogo

El manuscrito bajo el árbol de los mil años

Dicen las antiguas canciones que hubo una edad en la que los hombres aún podían escuchar el idioma de las estrellas, cuando los ríos guardaban secretos en sus aguas y los bosques pronunciaban nombres olvidados al caer la noche.

Fue antes de que los reinos levantaran sus murallas de piedra, antes de que las coronas pesaran sobre las cabezas de los reyes y antes de que la ambición de los mortales cubriera la tierra con el velo gris del olvido.

En el corazón de un valle que ningún mapa recuerda, donde las montañas parecían dormir bajo mantos de niebla eterna, crecía un árbol tan antiguo que sus raíces atravesaban las edades. Los campesinos lo llamaban el Árbol de la Memoria, porque decían que quien apoyaba su oído sobre su corteza podía escuchar las voces de aquellos que habían vivido antes del primer amanecer.

Una noche de invierno, cuando la luna parecía una moneda de plata perdida en el cielo, un viejo poeta llegó hasta aquel lugar. Caminaba solo, con un bastón de madera oscura y un libro vacío entre las manos.

Había pasado toda su vida buscando una historia que mereciera ser escrita.

Había cantado sobre reyes derrotados, sobre héroes olvidados y sobre amores que habían sobrevivido a la muerte, pero sentía que aún faltaba una canción. Una canción que uniera el pasado y el futuro, la luz y la sombra, el sueño y la realidad.

Cuando llegó junto al árbol, vio que una de sus raíces se había abierto después de siglos de silencio. Dentro encontró una pequeña caja tallada en cristal negro.

En su interior había un manuscrito.

No tenía nombre de autor.
No tenía fecha.
No tenía reino.

Solo una frase escrita con tinta dorada:

“Aquel que encuentre estas palabras heredará la memoria de un mundo que nunca murió.”

El poeta abrió la primera página.

Y leyó:

“Antes de que el hombre levantara la primera torre, antes de que la espada conociera la sangre y antes de que la noche aprendiera a temer al día, existía un reino escondido entre las raíces de la tierra y los caminos del cielo…”

Entonces comprendió que no había encontrado un libro.

Había encontrado una puerta.

Una puerta hacia un tiempo donde los dragones dormían bajo las montañas, donde los árboles podían recordar los nombres de los muertos y donde los corazones de los seres mágicos latían al mismo ritmo que las estrellas.

El anciano poeta tomó su pluma.

Y comenzó a escribir.


Coda final


El códice hallado bajo el Árbol de los Mil Años

No sé

quién escribió

estas páginas.

Durante muchos inviernos

creí

que habían nacido

de la mano

de un solo poeta.

Después,

cuando aprendí

a leer

los silencios

que separan

unos versos

de otros,

comprendí

mi error.

Ningún hombre

habría vivido

lo suficiente

para contemplar

el nacimiento

de los primeros bosques,

la guerra

contra la Niebla Negra,

el relojero

de los siglos,

la Biblioteca

de los Sueños Perdidos

y el último canto

del poeta.

Este libro

es más antiguo

que quien lo escribió.

Lo encontré

cuando apenas

era un muchacho.

Había subido

a la montaña

siguiendo

la historia

de un pastor

que aseguraba

haber visto

un árbol

cuyas hojas

caían

sin tocar jamás

el suelo.

Pensé

que exageraba.

Los viejos

siempre adornan

sus recuerdos

con un poco

de eternidad.

Pero el árbol

existía.

Era inmenso.

Su copa

parecía sostener

la mañana.

Y sus raíces

abrazaban

la tierra

como si quisieran

impedir

que el tiempo

la arrastrara

hacia el olvido.

Allí,

entre dos raíces,

descansaba

un pequeño cofre

de madera oscura.

No tenía

cerradura.

Nadie

había intentado

forzarlo.

Cuando levanté

la tapa,

no encontré

oro.

Ni joyas.

Ni coronas.

Solo este códice.

Sus hojas

olían

a lluvia.

A humo

de chimeneas.

A pan recién hecho.

A musgo.

A tinta.

Y a ese perfume

que poseen

los libros

que han esperado

mucho tiempo

a su lector.

Durante años

intenté descubrir

el nombre

de su autor.

Pregunté

a monjes,

a sabios,

a viajeros,

a bardos,

a reyes

y a mendigos.

Todos

me dieron

una respuesta distinta.

Y todos

tenían razón.

Porque comprendí,

al fin,

que este libro

no pertenece

a quien lo escribió.

Pertenece

a quien lo recuerda.

Desde entonces,

cada primavera

regreso

al Árbol

de los Mil Años.

No para buscar

nuevos secretos.

Los grandes secretos

solo se revelan

una vez.

Regreso

para dejar

una hoja

entre sus raíces.

No importa

de qué árbol

proceda.

Lo importante

es el gesto.

Porque toda hoja

es una promesa.

La promesa

de que alguien,

en algún tiempo,

volverá

a sentarse

bajo su sombra.

Si alguna vez

este códice

ha llegado

hasta tus manos,

no preguntes

si las historias

que contiene

ocurrieron

de verdad.

Pregúntate,

más bien,

si después

de leerlas

eres capaz

de mirar

un bosque

con más respeto,

una estrella

con más asombro,

un libro

con más gratitud,

o una palabra

con más cuidado.

Si la respuesta

es sí,

entonces

el Reino

de las Sombras

de Cristal

nunca desapareció.

Solo esperaba

a que tú

abrieras

estas páginas.

Ahora,

el códice

ya no me pertenece.

Tampoco

te pertenece

a ti.

Pertenece

a todos

los que aún

creen

que una historia

puede salvar

una parte

del mundo.

Guárdalo.

Léelo.

Compártelo.

Y cuando,

alguna noche,

escuches

el viento

entre las hojas

de un viejo árbol,

no tengas prisa

por marcharte.

Tal vez

no sea

el viento.

Tal vez

sea un bardo

que continúa

cantando

para que el mundo

no olvide

su verdadero nombre.

Y si alguna vez

al cerrar este libro

te parece

haber oído

el leve roce

de unas alas,

no vuelvas

la cabeza.

Los viejos bardos

decían

que así parten

los poemas

cuando encuentran

un nuevo corazón

en el que vivir.


Fin…

…o quizá, simplemente, el principio.