No fueron llamados
por trompetas.
Ni por heraldos
vestidos de oro.
Los convocó
el Árbol de la Memoria.
Una hoja
cayó sobre cada reino.
Una sola.
Y bastó.
Porque las hojas
de aquel árbol
solo caían
cuando el equilibrio
del mundo
estaba herido.
El primero llegó
desde las montañas de granito.
Su corona
era sencilla.
Nunca había buscado
ser rey.
Pero un pueblo
que confía
puede convertir
en rey
al hombre más humilde.
El segundo
cruzó el mar interior.
Traía en su escudo
una garza blanca.
Había aprendido
que la paciencia
vence batallas
que el acero
jamás comprendería.
El tercero
venía del gran bosque.
No llevaba cetro.
Empuñaba
una rama de fresno.
Porque gobernar,
decía,
es aprender
a hacer crecer.
El cuarto
abandonó
las ciudades del desierto.
Conocía
el valor de una gota de agua
igual que un sabio
conoce
el valor
de una palabra.
El quinto
descendió
de las nieves perpetuas.
Su barba
guardaba
el color del invierno.
Su mirada,
el del amanecer.
El sexto
era el más joven.
Aún dudaba.
Y por eso mismo
el Árbol
lo había elegido.
Porque la duda
que busca la verdad
es más noble
que la certeza
nacida del orgullo.
El séptimo
llegó el último.
Nadie supo
de qué reino procedía.
Vestía
una capa gris.
No llevaba espada.
Solo un libro.
Sus páginas
estaban en blanco.
Cuando los demás
preguntaron su nombre,
respondió:
—Todavía
no ha sido escrito.
Los siete
permanecieron
bajo las ramas antiguas.
Ninguno habló.
No hacía falta.
El árbol
dejó caer
una segunda hoja.
Esta vez
era negra.
No estaba marchita.
La había tocado
la Niebla.
Entonces,
por primera vez
desde el nacimiento del mundo,
las raíces
temblaron.
Y el viento,
que jamás mentía,
pronunció una sola palabra:
—Recordad.
Porque la guerra
que estaba por llegar
no decidiría
quién gobernaría los reinos.
Decidiría
si habría alguien
capaz de recordar
que una vez
existieron.
Y los siete reyes
inclinaron la cabeza.
Ante la memoria,
que es la primera patria
de todos los pueblos.
Y el viento no olvidó aquel juramento.
Parece una fábula. Cada rey tiene una personalidad propia, el más joven en su humildad protagoniza la historia. La memoria del mundo, metáforas que sí necesarias en el texto.
ResponderEliminarProfundos sentimientos , algunos puros.
Es una fábula. Todos los cantos van unidos. Falta aún para llegar al final. Gracias María. Comienza la batalla por la dignidad y la justicia. Es el mundo metafórico en el que vivimos hoy, ya nada nos importa. Aún menos la memoria.
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