El canto que nació antes del alba
Escuchad, caminantes de la noche,
los que aún lleváis polvo de los caminos
en los pliegues del alma
y buscáis, entre las ruinas del tiempo,
un nombre que nadie recuerda.
Escuchad.
Antes de que hubiera reinos,
antes de que los mares aprendieran su nombre,
antes de que la primera montaña
levantara su espalda contra los cielos,
solo existía el Silencio.
Y en aquel Silencio
durmió el mundo.
No había estrellas que velaran los sueños,
ni luna que derramara su plata sobre la tierra,
ni fuego que conociera la madera,
ni viento que supiera cantar entre las hojas.
Solo el Silencio.
Hasta que una voz,
tan antigua que ni los dioses recuerdan su origen,
pronunció una palabra.
Y la palabra fue Luz.
Entonces despertaron las aguas.
Y donde antes no había camino,
nacieron los ríos.
Donde no había memoria,
crecieron los bosques.
Y de las primeras raíces
brotaron los secretos
que todavía hoy susurran los árboles
cuando la noche se queda inmóvil.
Después llegaron los primeros hijos de la luz.
No conocían la muerte,
porque la muerte aún no había encontrado
un lugar donde descansar.
No conocían el miedo,
porque todavía no existía sombra alguna
que pudiera perseguirlos.
Y caminaron bajo un cielo recién nacido,
maravillados ante cada cosa,
como quien contempla por primera vez
el rostro de un sueño.
Pero toda luz proyecta una sombra.
Y mientras los hijos de la aurora
alzaban sus manos hacia las estrellas,
algo despertó más allá de las montañas.
Algo sin nombre.
Algo que había esperado
desde antes de que comenzara el tiempo.
Los antiguos lo llamaron de muchas formas.
La Niebla.
El Olvido.
La Boca de la Noche.
Pero los bardos que conocieron su verdadero nombre
dejaron de pronunciarlo.
Porque hay nombres
que al ser dichos
recuerdan el camino de regreso.
Y así comenzó la primera edad.
La edad de los árboles eternos,
cuando la tierra todavía guardaba
el calor de los dioses
y las estrellas descendían algunas noches
para hablar con los mortales.
Fue entonces cuando la luna
aprendió a llorar.
Fue entonces cuando el primer dragón
abrió los ojos bajo una montaña de fuego.
Fue entonces cuando los guardianes
recibieron la custodia de los bosques
y juraron proteger aquello
que aún no comprendían.
Y fue entonces, también,
cuando comenzó a escribirse
la historia que ningún libro
ha conseguido contener.
Porque los hombres escriben sobre piedra.
Los elfos escriben sobre hojas.
Los reyes escriben sobre oro.
Pero el mundo escribe sobre la memoria.
Y la memoria,
tarde o temprano,
siempre encuentra un corazón
donde volver a despertar.
Por eso, caminante,
si alguna noche escuchas una canción
allí donde no debería haber nadie,
no huyas.
Detente.
Escucha.
Quizá sea la voz de un árbol
recordando el primer amanecer.
Quizá sea un dragón
soñando con el tiempo en que volaba libre.
Quizá sea un rey muerto
pronunciando todavía su juramento.
O quizá sea el último de los bardos
que, sentado junto a un fuego moribundo,
intenta recordar aquello
que el mundo quiso olvidar.
Porque mientras exista alguien
capaz de cantar una historia,
ninguna historia habrá muerto del todo.
Y mientras una sola voz
conserve el recuerdo del alba,
la oscuridad jamás tendrá
la última palabra.