Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 9 de marzo de 2026

La Caída del Velo-1






 Capítulo I

 

La llama que cambió

 

La lluvia seguía cayendo, las gotas golpeaban el asfalto con un sonido constante que llenaba la calle vacía. Durante unos segundos nadie habló. El portal había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. Pero todos sabían que sí.

Ainé seguía arrodillada en el suelo, respirando con dificultad, sentía el corazón latiendo con fuerza dentro del pecho. No solo por el esfuerzo, había algo más. Algo nuevo. Algo que no entendía.

—Ainé —dijo Lórien con suavidad.

El elfo se arrodilló a su lado.

—¿Estás bien?

La joven hada levantó la mirada. Sus ojos reflejaban la luz amarilla de la farola.

—Creo que sí.

Pero cuando abrió la mano, todos lo vieron. Una pequeña llama apareció sobre su palma.Durante un segundo fue dorada. Cálida. Viva.

Pero entonces algo oscuro atravesó el fuego como una sombra dentro de la luz. La llama cambió y un destello negro apareció en su interior.

Y luego desapareció.

Marga frunció el ceño.

—Eso no es normal.

Noa también lo vio.

—¿Te pasa desde que cerramos el portal?

Ainé asintió lentamente.

—Cuando el Urco me miró…

La joven hada dudó.

—Sentí algo.

Bastián habló desde detrás de un contenedor de basura donde aún estaba escondido.

—¿Algo como “nos quiere comer”?

—No —respondió Ainé.

—Algo… más profundo.

Lórien se levantó.

Miró la calle.

Todo parecía tranquilo, las ventanas de los edificios, los  coches aparcados, todo. Pero sabía que no.

—No podemos quedarnos aquí.

Noa guardó el medallón en su mochila.

—Estoy de acuerdo.

—Si alguien vio ese destello de luz vamos a tener preguntas.

Bastián salió de su escondite.

Miró a su alrededor.

—Los humanos viven muy raro.

—Todo es duro.

—Y huele a humo.

—Es ciudad —dijo Noa.

Luego miró a Ainé con atención.

—Y ahora mismo no es un lugar seguro para vosotros.

Marga levantó una ceja.

—¿Tienes algún sitio mejor?

Noa sonrió ligeramente.

—Sí.

Señaló hacia el final de la calle.

—Pero no está exactamente… en el mapa.

Ainé se levantó con esfuerzo.

La lluvia mojaba sus alas, que brillaban tenuemente bajo la luz de las farolas.

—¿A dónde vamos?

Noa respondió mientras empezaba a caminar.

—A ver a los guardianes.

Lórien se tensó.

—Pensé que tú eras una guardiana.

—Soy una aprendiz.

Bastián suspiró.

—Genial.

—Siempre hay jefes.

Caminaron varias calles en silencio. La ciudad parecía dormida.

Solo algunos coches pasaban de vez en cuando.

Y cada vez que uno lo hacía, Bastián se apartaba rápidamente.

—Todavía no me gustan esos dragones metálicos.

Finalmente llegaron a un edificio antiguo de piedra.

Era diferente a los demás.

Más oscuro. Más viejo.

Una iglesia pequeña, casi olvidada entre los bloques modernos.

Noa se detuvo frente a la puerta.

—Aquí.

Marga observó la construcción.

—Un lugar de fe.

—Los humanos siempre esconden la magia donde menos miran.

Noa empujó la puerta. La madera crujió al abrirse.

Dentro todo estaba oscuro. Solo algunas velas iluminaban el interior, pero lo más extraño estaba en el suelo.

Un gran círculo de símbolos grabados en piedra.

Símbolos antiguos.

Mucho más antiguos que la iglesia.

Lórien lo reconoció al instante.

—Runas del velo.

Noa asintió.

—Exacto.

Entonces una voz grave habló desde la oscuridad.

—Has tardado, Noa.

Una figura salió de entre las sombras.

Un hombre mayor de cabello gris y ojos atentos miró directamente a Ainé como si hubiera estado esperándola toda su vida.

—Así que es verdad.

El silencio llenó la iglesia.

El hombre caminó lentamente hacia ellos.

—La llama ha despertado.

Ainé sintió un escalofrío.

—¿Quién es usted?

El hombre sonrió ligeramente.

—Mi nombre es Héctor Valcárcel.

Luego señaló el símbolo en el suelo.

—Y soy el último maestro de los Guardianes del Velo.

Sus ojos se volvieron más serios.

—Y si habéis venido desde Lúmbria…

Significaba solo una cosa.

El anciano respiró profundamente.

—La guerra entre mundos ha comenzado.

Y esta vez…

no será solo en los bosques, será también en el mundo humano.


domingo, 8 de marzo de 2026

La Sombra del Urco-8

 






Capítulo 8

La Guardiana del Umbral 



El portal rugió. No era un sonido natural. Era el ruido de dos mundos rozándose. La grieta brilló con una luz azul violenta que iluminó toda la calle húmeda.

Noa dio un paso atrás.

—Muy bien —murmuró—. Esto acaba de pasar de “problema grande” a “problema gigantesco”.

Lórien miró el portal con tensión.

—¿Puedes cerrarlo?

La chica negó con la cabeza.

—Si pudiera, ya lo habría hecho.

El gruñido del otro lado creció. Más profundo. Más cercano.

Bastián se escondió detrás de Marga.

—Eso no es un perro… ¿verdad?

La meiga respondió sin apartar la mirada de la grieta.

—No.

Ainé sintió que la llama en su pecho ardía cada vez con más intensidad. Era como si reconociera algo. Algo antiguo. Algo que venía del otro lado.

—Se está acercando —susurró.

Noa sacó algo de su mochila. Un objeto pequeño envuelto en cuero. Lo abrió con rapidez. Dentro había un medallón de metal oscuro grabado con símbolos antiguos.

Lórien lo reconoció inmediatamente.

—Eso…

La chica lo levantó frente al portal.

—Sí.

—Soy una guardiana.

La luz azul de la grieta se reflejó en el medallón.

—Mi familia protege los portales desde hace más de quinientos años.

Bastián asomó la cabeza.

—¿Quinientos?

—¿Los humanos vivís tanto?

—No —respondió Noa—.

—Pero las historias sí.

El portal volvió a sacudirse. Esta vez una garra enorme apareció entre la luz. Oscura. Cubierta de una especie de sombra líquida. La calle entera tembló.

Ainé sintió el miedo subir por su garganta.

—Es él.

Lórien desenvainó su espada. La hoja brilló con luz plateada.

—Todavía no puede cruzar completamente.

Marga levantó su bastón.

—Pero lo intentará.

Noa miró el medallón.

Luego a Ainé.

—Necesito que confíes en mí.

—¿Por qué?

—Porque ese portal solo puede cerrarse con dos cosas.

Ainé sintió que la llama latía.

—Magia de Lúmbria…

Noa terminó la frase.

—Y sangre humana.

El silencio cayó sobre la calle. El Urco empujó otra vez desde el otro lado. La garra avanzó más. El asfalto se resquebrajó bajo su peso.

Bastián chilló.

—¡Está saliendo!

Noa apretó el medallón.

—Ainé.

—Tu llama puede sellar la grieta.

—Pero necesito guiar la energía desde este lado.

La joven hada dudó. Nunca había usado su poder de esa manera.

Lórien habló con calma.

—Confía.

Marga asintió.

—La magia reconoce a quienes la respetan.

El portal rugió otra vez. La sombra del Urco empezó a dibujarse detrás de la garra. Una cabeza enorme. Ojos rojos como brasas. La calle se llenó de un olor húmedo y antiguo. Olor a bosque muerto.

Noa se colocó frente al portal.

—Ahora.

Ainé cerró los ojos.

La llama respondió inmediatamente. No era solo fuego. Era memoria. Era luz. Era todo lo que Lúmbria había sido durante siglos.

La joven hada extendió las manos. La luz dorada comenzó a salir de su pecho. El medallón de Noa reaccionó al instante. Los símbolos brillaron.

—¡Más! —gritó Noa.

La garra del Urco golpeó el borde del portal. El metal de una farola cercana se dobló como si fuera papel.

Bastián gritó:

—¡Se está saliendo!

Ainé apretó los dientes.

La llama creció.Más brillante. Más fuerte. La luz dorada chocó contra la grieta azul. Durante un segundo el portal entero pareció congelarse.

Entonces Noa levantó el medallón.

—¡Por los guardianes del umbral!

La luz del medallón se mezcló con la llama. La grieta comenzó a cerrarse lentamente. El Urco rugió con furia. Su ojo rojo apareció por completo entre los mundos. Miró directamente a Ainé.

Y en ese instante…algo cambió. La llama dentro de ella reaccionó de forma extraña. Con luz, con sombra. Lórien lo vio.

—No…

Marga también lo sintió.

—Eso no debería pasar.

Pero era demasiado tarde.

El portal se cerró con un estallido de luz. La garra desapareció, el ojo rojo se desvaneció y la grieta entre mundos se selló.

La calle quedó en silencio. Solo se oía la lluvia. Ainé cayó de rodillas agotada . Noa guardó el medallón. Respiraba con dificultad.

—Bueno…

—Eso estuvo cerca.

Lórien ayudó a Ainé a levantarse.

—Lo hemos detenido.

Pero la meiga seguía mirando a la joven hada. Preocupada.

—No del todo.

Ainé levantó la mirada.

—¿Qué pasa?

Marga habló en voz baja.

—Tu llama…

—Ha cambiado.

Ainé miró sus manos. Durante un segundo la luz dorada brilló entre sus dedos. Pero dentro de ella…también apareció una chispa oscura. Pequeña pero real.

Muy lejos, en algún lugar entre las montañas y la niebla de Lúmbria…el Urco volvió a abrir los ojos.

Y sonrió. Porque por primera vez en siglos…la llama y la sombra habían empezado a mezclarse.



Continuará….

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