Capítulo II — El Portador de la Grieta
El joven elfo se llamaba Edrían.
Hasta aquella mañana en las Montañas de Breogán, había sido discreto, silencioso, más hábil con el arco que con las palabras. Ahora caminaba por el bosque con una serenidad inquietante, como si cada raíz supiera apartarse de su paso.
No huía.
Avanzaba.
Sus compañeros lo seguían a distancia, temerosos de acercarse demasiado. Sus ojos amarillos no brillaban con furia, sino con comprensión. Y eso era lo que más inquietaba.
—Edrían —llamó uno de ellos desde atrás—. Detente.
El joven se giró lentamente.
—No estoy perdido —respondió con voz clara—. Vosotros sois los que aún no entendéis.
El aire a su alrededor parecía más denso. Las hojas en las ramas superiores no se movían, pese al viento.
—¿Qué te ha hecho? —insistió otro elfo.
Edrían inclinó la cabeza.
—Me ha mostrado la grieta que siempre estuvo en nosotros.
Nadie supo responder.
Porque, en lo más profundo, todos habían sentido el latido de la Pedra Negra oscureciéndose.
El Consejo Roto
Lórien convocó al Consejo esa misma noche en el claro mayor del Bosque de las Voces.
Hadas, elfos, mouras y dos meigas acudieron. Iria permanecía en silencio, apoyada en su bastón.
Edrían fue llevado al centro del círculo.
No estaba atado.
No ofrecía resistencia.
—Habla —ordenó Lórien.
Edrían miró uno a uno a los presentes.
—Creéis que sellasteis una bestia —dijo con calma—. Pero lo que sellasteis fue dolor.
Un murmullo recorrió el claro.
—El Urco no desea destruir Lúmbria. Desea ser reconocido. Durante siglos fue encerrado como si fuera corrupción. Pero es raíz profunda. Es memoria de la tierra cuando fue herida.
Ainé sintió un estremecimiento. Aquellas palabras se parecían demasiado a la voz que había escuchado en la piedra.
—No estás hablando tú —dijo con suavidad.
Edrían la miró.
Y por un instante, sus ojos volvieron a ser verdes.
—Estoy hablando yo —susurró—. Solo que ahora escucho más.
La sombra no lo dominaba como una posesión violenta. Lo amplificaba.
Eso era más peligroso.
Un elfo anciano golpeó el suelo con su lanza.
—¡Es corrupción! ¡Debe ser aislado!
—¿Aislado como fue aislado el Urco? —replicó Edrían sin alzar la voz.
El silencio fue más cortante que cualquier grito.
La fractura invisible
Mientras el Consejo debatía, algo más ocurría en el mundo humano.
En las afueras de A Coruña, cerca de un tramo boscoso donde antiguamente se alzaban dólmenes olvidados, el joven miembro de los Hijos del Alba —Tomás— regresó al lugar donde habían encontrado el fragmento de piedra.
La noche estaba cerrada. No llevaba linterna.
No la necesitaba.
Sabía dónde estaba la grieta.
La había soñado durante semanas.
Al llegar, vio que el suelo estaba húmedo pese a no haber llovido. Se arrodilló y apartó la tierra con las manos.
Allí estaba.
Una fisura negra en la roca madre.
No grande. No espectacular.
Pero viva.
Tomás apoyó la palma sobre ella.
El frío subió por su brazo.
No sintió miedo.
Sintió compañía.
—No estoy solo —susurró.
Y en la oscuridad, algo respondió.
El dilema de Ainé
El Consejo se prolongó hasta que la luna estuvo en lo alto.
Finalmente, decidieron mantener a Edrían bajo vigilancia, pero no encerrarlo. No sabían si aquello que portaba podía expandirse mediante el rechazo.
Cuando todos se dispersaron, Ainé se quedó sola con Iria.
—Está ocurriendo lo que advertiste —dijo el hada.
Iria asintió.
—El Urco está encontrando voces.
—Pero no las fuerza.
—No. Las seduce con verdad parcial.
Ainé miró sus propias manos.
—Si es memoria herida… ¿no tiene derecho a ser escuchado?
La meiga la observó con atención.
—El fuego también tiene derecho a existir. Pero si no se contiene, arrasa el bosque.
—¿Y si lo que necesita no es contención, sino integración?
Iria guardó silencio demasiado tiempo.
—Eso es lo que él desea que creas.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambas.
Ainé sabía que la compasión podía ser puente… o puerta abierta.
Y aún no sabía cuál estaba construyendo.
La segunda grieta
Esa misma noche, en las Montañas de Breogán, una segunda grieta se abrió.
Esta vez no emergió una figura.
Emergió un susurro colectivo.
Dos elfos que patrullaban cerca se detuvieron al mismo tiempo.
Escucharon el mismo pensamiento.
No sois eternos.
No sois inmutables.
La tierra cambia.
Vosotros también debéis cambiar.
Uno de ellos retrocedió, horrorizado.
El otro dio un paso adelante.
Al amanecer, tres elfos más mostraban destellos dorados en los ojos.
No amarillos como los de Edrían.
Diferentes.
Como si la sombra estuviera adoptando formas distintas según quien la acogía.
El eco en la ciudad
En Santiago, bajo la casa antigua, la reunión de los Hijos del Alba se tornó más tensa.
—Las mediciones energéticas han aumentado —informó la mujer mayor—. Hay actividad en al menos dos puntos más.
Tomás permanecía en silencio.
Su mirada era distante.
—¿Has vuelto al bosque? —preguntó ella.
Él asintió.
—¿Y?
Tomás levantó la vista.
Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas.
—No es maligno.
El murmullo fue inmediato.
—Eso no lo puedes saber —replicó otro miembro.
Tomás sonrió apenas.
—Lo sé porque me habló.
El silencio fue absoluto.
—Nos necesita.
La mujer mayor dio un golpe seco en la mesa.
—Nosotros no somos parte de eso.
Tomás la miró con una serenidad inquietante.
—Siempre lo fuimos.
La decisión
Al alba, Ainé volvió a la Pedra Negra.
No para escuchar.
Para preguntar.
—Si deseas ser reconocido —dijo en voz alta—, muéstrame qué ocurrió.
Las vetas doradas se oscurecieron.
La piedra se volvió cálida bajo sus manos.
Y la visión llegó.
Bosques antiguos ardiendo no por magia, sino por guerra humana. Ríos desviados. Montañas horadadas. Dolor acumulado durante siglos. Lamentos enterrados.
El Urco no nació de la nada.
Nació del resentimiento de la tierra olvidada.
Ainé retiró las manos, temblando.
Comprendía.
Y esa comprensión era peligrosa.
Porque si el dolor tenía origen… también tenía causa.
Y esa causa no era solo mágica.
Cuando descendió de la colina, encontró a Lórien esperándola.
—Edrían no está —dijo el elfo.
Ainé sintió el peso de la noticia antes de procesarla.
—¿Ha huido?
—No. Se ha ido.
En dirección al límite.
Hacia el mundo humano.
El velo entre Lúmbria y Galicia se estaba debilitando.
Y ahora no era solo una entidad intentando cruzarlo.
Eran voluntades.
El segundo libro no trataría sobre un monstruo rompiendo una prisión.
Trataría sobre mundos que empezaban a mezclarse por elección.
Y esa era una grieta mucho más difícil de cerrar.

La tierra habla. Lo profundo.
ResponderEliminarUn placer leerte como siempre.
Café oloroso: sentimientos.