III. El Viaje al Mar Interior
Ainé, pese a su juventud, se ofreció para la misión. Lórien, tras dudar, decidió acompañarla. A ellos se unió un trasgo llamado Fiz, experto en túneles secretos, y la meiga Iria, que conocía los nombres verdaderos de las cosas.
Partieron al amanecer. El bosque parecía observarlos, consciente de la gravedad del viaje.
Atravesaron valles cubiertos de helechos, donde las mouras les advirtieron del avance de una sombra que marchitaba flores. Cruzaron ríos cuyas aguas murmuraban inquietas. Al tercer día, alcanzaron el Mar Interior, una laguna vasta y silenciosa que reflejaba el cielo como un espejo oscuro.
En el centro se alzaba la Isla del Alba, coronada por un faro antiguo. Decían que en su cima ardía, protegida por espíritus del viento, la Llama de San Xoán.
Pero el Urco ya había comenzado a filtrarse en el mundo. Cuando el grupo se adentró en una barca tallada por los elfos, la superficie del agua se agitó. Una figura emergió entre las olas: ojos amarillos, hocico de lobo, cuerpo hecho de humo.
—Volved al bosque —gruñó la criatura—. Dejad que la piedra caiga. La tierra reclama su libertad.
Lórien desenvainó su espada de plata lunar. Ainé lanzó destellos de luz desde sus manos. Iria murmuró palabras antiguas que hacían vibrar el aire.
El Urco no podía ser destruido fuera de su prisión, pero sí debilitado. La batalla fue breve y feroz. Finalmente, la criatura se disipó en la bruma, prometiendo regresar.
Llegaron a la isla exhaustos.

Estoy atrapada con esta historia.
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