El primer bombardeo no se anunció.
Fue un estruendo seco, seguido de una vibración que recorrió la ciudad como un escalofrío. Las ventanas temblaron. Algunos cristales se rompieron. Durante unos segundos, nadie supo qué hacer. Luego llegaron los gritos, los pasos desordenados, el miedo ya sin forma abstracta.
Tomás estaba en casa cuando ocurrió. Se quedó quieto, con la espalda apoyada en la pared, esperando el siguiente ruido. No pensó en nada concreto. El cuerpo reaccionó antes que la mente. Cuando todo pasó, salió a la calle. El polvo aún flotaba en el aire.
Madrid había sido tocada.
En Vallecas, Elena estaba más cerca. Vio a gente correr, a otros quedarse clavados en el sitio, como si moverse fuera una decisión imposible. Ayudó a una mujer a levantarse. No preguntó qué había pasado. Ya no importaba el cómo, sino el después.
Los días siguientes trajeron más alarmas, más interrupciones, más refugios improvisados. La ciudad se acostumbró a mirar al cielo. A contar segundos. A distinguir ruidos. Madrid aprendía a defenderse sin armas, solo con resistencia y memoria.
Tomás y Elena se encontraron una tarde, después de uno de esos episodios. No se abrazaron. Se miraron largo rato, confirmando que ambos seguían allí.
—Ya no es solo miedo —dijo Tomás.
—No —respondió Elena—. Ahora es costumbre.
Caminaron juntos un trecho. Alrededor, la ciudad mostraba heridas pequeñas: fachadas agrietadas, persianas caídas, una esquina acordonada. Nada espectacular. Nada definitivo. Pero suficiente.
Madrid estaba sitiada.
Y ellos empezaban a entender que sobrevivir iba a ser una tarea diaria, sin descanso.
A medida que se lee el texto puede puede oler, sentir, el miedo por una guerra cruenta.
ResponderEliminarBesos Gustavo.
Besos siempre
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