Madrid ya no se parecía a la ciudad que habían conocido.
No había un momento exacto en el que pudiera decirse “aquí se rompió”. Fue un proceso lento, acumulativo. Calles que dejaron de ser transitables. Casas que se cerraron para siempre. Personas que ya no estaban y nadie explicaba.
Tomás caminó por Lavapiés una mañana y comprendió que ya no era solo su barrio: era un territorio. Uno que exigía cuidado constante. Se movía con atención, con memoria, con una prudencia que ya no sentía impostada.
Elena cruzó la ciudad ese mismo día y pensó lo mismo. Madrid se había fragmentado en zonas visibles e invisibles, y sobrevivir consistía en aprender esa geografía cambiante.
Se encontraron al caer la tarde. No hicieron planes. No hablaron del futuro. Se limitaron a estar allí, confirmando que ambos seguían en pie.
—Esto no se va a acabar pronto —dijo Tomás.
—No —respondió Elena—. Pero nosotros tampoco.
Madrid seguía funcionando, herida pero viva. Bajo el ruido, bajo el miedo, bajo las ausencias, algo persistía: la voluntad de no ceder del todo.
La ciudad se había quebrado.
Ellos también, pero en esas grietas empezaba a formarse algo nuevo:
Una manera distinta de resistir, una manera de vivir.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Es como empezar de nuevo en momentos bélicos, como dices en el texto: una forma de vivir diferente. Pero me sigue inquietando como el miedo, el silencio invade a los personajes, como si sus bocas amordazadas. Me gusta el escenario de tu obra.
ResponderEliminarBesos Gustavo.
Gracias María. Es la oscuridad de la guerra y el miedo y las ganas de vivir. Espero que lo que queda por venir te guste también. Besos siempre
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