Las deudas no siempre eran de dinero.
Un antiguo conocido del padre de Tomás apareció una tarde sin avisar. Traía recuerdos, nombres, historias compartidas. Hablaba del pasado con una naturalidad que incomodaba.
—Tu padre me ayudó una vez —dijo—. Ahora me toca a mí.
La ayuda era simple: un contacto, una recomendación, una palabra bien colocada. Nada ilegal. Nada que pudiera negarse sin quedar marcado.
Tomás entendió que algunas deudas no se heredan por voluntad, sino por apellido.
Aceptó escuchar. No prometió nada. Pero escuchar ya era entrar en el juego.
Esa noche pensó en su padre más que otras veces. En lo que había protegido y en lo que había dejado pendiente sin saberlo.
Elena empezó a moverse en otro plano.
No era visible. No tenía nombre. Pero existía. Mujeres que se ayudaban sin dejar rastro. Encargos pequeños: llevar algo, avisar a alguien, guardar un paquete durante unos días.
No preguntaban demasiado. Eso las protegía.
Elena era buena en eso. Observaba, recordaba, cumplía. Nunca prometía más de lo que podía sostener. Aprendió a desaparecer en la rutina.
—Tú tienes cabeza para esto —le dijo una mujer mayor—. Y silencio.
Elena entendió que no era un halago, sino una descripción.
No se sentía heroica. Se sentía útil, que en la posguerra era una forma de resistencia.
Cuando Tomás le habló de la visita, Elena lo escuchó sin interrumpir.
—Ten cuidado —dijo al final—. No todas las deudas quieren saldarse. Algunas quieren atarte.
Tomás asintió. Lo sabía. Pero también sabía que no siempre se podía retroceder.
Madrid seguía imponiendo lugares.
A cada uno le ofrecía el suyo.
Y ambos empezaban a ocuparlos, conscientes de que el equilibrio era frágil, y que cualquier paso en falso podía romperlo.
La posguerra no olvidaba.
Solo esperaba.
Al fin y al cabo eran estrategias, creo. Es un pesado vivir.
ResponderEliminarMi tierra soleada, un tarde en calma.