Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

martes, 3 de noviembre de 2026

La sombra sobre las dos tierras XXXVIII

 El caballo había desaparecido por el camino del norte cuando Martín volvió a levantar la vista. Durante unos instantes, ninguno de los presentes se movió. La tira de pergamino que acababa de encontrar parecía insignificante, pero sus palabras habían cambiado el sentido de todo lo que acababan de descubrir.

San Jerónimo ya no está vacío.

Martín guardó el mensaje junto a los otros documentos. Si alguien se había adelantado a ellos, cabían dos posibilidades: que los estuviera esperando para ayudarlos o que hubiese llegado con la intención de borrar las huellas que aún quedaban.

—No podemos perder tiempo —dijo Rodrigo—. Si ese hombre ha partido hacia el norte, quizá vaya a advertir a quienes se encuentran allí.

—O quizá se dirija a San Jerónimo —repuso Samuel—. No sabemos qué camino ha tomado ni si la nota habla de un hombre, de varios o de los documentos que se guardan en aquella casa.

Don Nuño los observaba desde el umbral de la sala.

—San Jerónimo fue levantada para acoger a viajeros y escribanos. Durante años sirvió también como depósito provisional de documentos procedentes de las propiedades del norte. Cuando dejó de funcionar como hospedería, sus dependencias pasaron a manos de un administrador que respondía ante el monasterio. Hace mucho que no recibo noticias de él.

—¿Quién es ese administrador? —preguntó Martín.

—Lo conocí como fray Bernardo, aunque nunca supe si ese era su nombre de nacimiento. No era monje de clausura. Sabía leer varias lenguas y había trabajado para distintos señores. Recibía cartas, registraba entregas y mantenía separados los documentos que, según decía, no debían reunirse antes de tiempo.

Samuel intercambió una mirada con Hernán.

—Eso coincide con las anotaciones del registro.

—Coincide con una parte —advirtió el escribano—. Todavía no sabemos si fray Bernardo custodiaba la declaración o si fue quien ordenó separarla de la relación. Tampoco sabemos si sigue vivo.

Don Nuño regresó a la mesa y abrió el volumen por la página que habían consultado. Con un dedo señaló la anotación relativa a la casa de San Jerónimo.

—Hay algo que debéis saber antes de marcharos. La referencia a ese destino no aparece en la copia que se conserva aquí desde hace años. Yo mismo la vi por primera vez al abrir este registro con vosotros. Alguien añadió la rectificación después de que el libro fuera encuadernado de nuevo.

—¿Cómo puede saberlo? —preguntó Gabriel.

—Por los agujeros de la costura. La página fue retirada y colocada otra vez. Los orificios antiguos no coinciden por completo con los nuevos. Quien hizo el trabajo quiso conservar la apariencia del libro original, pero no tuvo cuidado suficiente.

Sancho se acercó al volumen. Durante años había aprendido a desconfiar de los documentos demasiado limpios y de las explicaciones demasiado sencillas. Observó el borde de la hoja, después la tinta de la rectificación.

—Alguien quiso que esta anotación pudiera encontrarse, pero no demasiado pronto —dijo—. Si hubiera querido destruirla, habría quemado la página o raspado las palabras. En cambio, la dejó escondida dentro de un registro que solo se abriría si alguien buscaba la relación de los traslados.

—También pudo cometer un error —respondió Samuel—. No debemos atribuir intención a cada irregularidad.

—Tienes razón —admitió Sancho—. Pero ese error nos ha conducido hasta una casa que, según nos dicen, lleva años abandonada y que ahora parece tener visitantes.

Martín pensó en la carta de su padre. Había escrito que las diferencias entre la relación administrativa y los nombres de la declaración podían revelar quién había recibido la orden y quién la había transmitido. Para averiguarlo necesitaba el registro de los pagos, pero también los documentos que acreditaran el recorrido de la caja. Ahora sabía que su padre había tenido motivos para seguir aquella misma ruta.

—¿Conoció usted a mi padre? —preguntó de pronto a Don Nuño.

El anciano no respondió enseguida.

—Conocí a un hombre que vino a preguntar por los registros de 1054. Era de mediana edad, llevaba el viaje escrito en el rostro y hablaba como alguien acostumbrado a comprobar cada palabra antes de aceptarla. No me dio su nombre.

—¿Cuándo fue?

—Hace unos tres años. Preguntó por una caja de correspondencia reservada y por un escribano que había dejado esta casa. Le expliqué que los documentos habían sido trasladados y que no podía mostrarle los libros sin autorización. No insistió. Me preguntó únicamente si recordaba a un hombre llamado Mateo.

Martín sintió que la estancia se estrechaba a su alrededor.

—Era él —dijo—. Mi padre estuvo con Mateo y después continuó hacia el norte.

—No puedo asegurar que fuera tu padre —replicó Don Nuño con cautela—. Pero aquel viajero llevaba una pequeña hoja con el mismo símbolo que habéis encontrado en vuestros documentos. Tres líneas cruzadas y una cuarta incompleta.

El silencio que siguió fue más intenso que cualquier exclamación.

—¿Y qué ocurrió después? —preguntó Rodrigo.

—Le dije que la casa de San Jerónimo podía conservar una copia de la relación de los traslados. El hombre me pidió que escribiera el nombre del lugar. Lo hizo repetir dos veces, como si temiera olvidarlo. Al día siguiente se marchó hacia el norte.

Martín apoyó las manos en la mesa. Habían pasado tres años desde aquel encuentro y casi tres desde la desaparición de su padre. La coincidencia era demasiado precisa para ignorarla, pero aún no podía saber si aquel viajero había alcanzado San Jerónimo ni qué había encontrado allí.

—¿Por qué no nos dijo esto antes? —preguntó Sancho.

—Porque no sabía quiénes erais ni qué pretendíais hacer con los documentos. En estos asuntos, un hombre puede presentarse como protector de una familia y acabar entregando sus nombres a quienes desean perseguirla. He visto cambiar demasiadas veces las lealtades de los señores.

Martín comprendió la cautela del anciano. No le agradaba, pero tampoco podía reprochársela. Él mismo había aprendido que una verdad incompleta podía causar tanto daño como una mentira.

Don Nuño les proporcionó una pequeña carta dirigida al responsable de las tierras vinculadas al monasterio. No era una autorización para entrar en San Jerónimo, pero sí una presentación que acreditaba que viajaban por encargo suyo para consultar unos registros antiguos.

—No os abrirá todas las puertas —les advirtió—. Si la casa está ocupada, su guardián decidirá qué hacer con vosotros. Y si alguien ha llegado antes, quizá encuentre una razón para no dejaros pasar.

—Nos bastará con que nos permita hablar —dijo Samuel.

Antes de partir, Hernán copió cuidadosamente la entrada del registro. Samuel comprobó cada palabra y Rodrigo guardó la copia junto a las notas que habían reunido durante el viaje. Martín, por su parte, conservó el pergamino de la letra desconocida. No quería perder ni una sola pista que pudiera conducirlo hasta su padre.

Abandonaron Santa Olalla poco después del mediodía.

El camino hacia San Jerónimo atravesaba una zona de colinas suaves, con campos de labor separados por muros de piedra y pequeñas aldeas que dependían de las propiedades monásticas. El cielo se había cubierto y el viento arrastraba un olor a lluvia. A medida que avanzaban, las casas fueron quedando atrás y la senda se estrechó entre encinas.

Gabriel cabalgaba con dificultad. La herida del brazo no había cerrado por completo y cada movimiento brusco le provocaba una punzada. Aun así, rechazó la oferta de Martín de compartir su montura.

—Ya he sido una carga bastante tiempo —dijo.

—No eres una carga —respondió Martín—. Pero si la herida empeora, no podrás sostener una espada cuando la necesitemos.

—Esperemos que no la necesitemos.

Rodrigo, que había escuchado la conversación, volvió la cabeza.

—Un hombre que espera no tener que usar la espada suele vivir más que uno que busca una excusa para desenvainarla.

Gabriel sonrió débilmente, pero no contestó.

Al caer la tarde encontraron una pequeña cruz de piedra junto a una bifurcación. El brazo derecho estaba roto y en la base alguien había grabado una inscripción casi borrada. Samuel desmontó para examinarla.

—Aquí se menciona a San Jerónimo —dijo—. Y una fecha que podría corresponder al traslado de los primeros libros.

—¿La misma fecha que aparece en el registro? —preguntó Martín.

Samuel negó con la cabeza.

—No exactamente. La inscripción es anterior. Quizá la casa existía mucho antes de recibir los documentos de 1054.

Sancho examinó el terreno. A unos pasos de la cruz había huellas recientes de herraduras, profundas y bien marcadas. No pertenecían a una carreta cargada: eran de varios caballos que habían pasado a buen ritmo.

—No somos los primeros en tomar este camino hoy —dijo.

Rodrigo se inclinó sobre las huellas.

—¿Cuántos?

—Cuatro, quizá cinco. No puedo saber si viajaban juntos desde el principio, pero todos se dirigen hacia la casa.

—¿Los jinetes que vimos en Santa Olalla? —preguntó Hernán.

—Es posible.

Continuaron sin detenerse. Poco antes de anochecer, la senda descendió hacia un valle estrecho. Allí, entre árboles y muros cubiertos de hiedra, apareció San Jerónimo.

La casa era más grande de lo que Martín había imaginado. Un cuerpo central de piedra, dos alas bajas y una torre cuadrada se agrupaban alrededor de un patio cerrado. La antigua hospedería conservaba las ventanas estrechas y un pórtico de madera oscurecida por los años. Detrás de ella se alzaba una pequeña capilla, cuyo tejado había cedido en uno de los extremos.

No parecía abandonada.

Había humo en una chimenea. Una puerta lateral estaba abierta y, junto al pozo, descansaban dos sacos recién descargados. En el barro del patio se distinguían las mismas herraduras que habían seguido desde la cruz.

Martín desmontó.

—Alguien está aquí.

—Y sabe que puede llegar más gente —añadió Sancho, señalando una tabla colocada sobre el muro interior. Desde allí se dominaba el camino de entrada.

Rodrigo se acercó al portón y golpeó tres veces con el puño.

Durante un largo momento no hubo respuesta. Después se oyó el ruido de un cerrojo. Una mirilla se abrió en la madera y apareció el rostro de un hombre de edad avanzada, con barba gris y una cicatriz fina que le cruzaba la frente.

—¿Qué buscáis? —preguntó.

Rodrigo mostró la carta de Don Nuño.

—Venimos de Santa Olalla. Queremos consultar unos registros que fueron trasladados a esta casa hace muchos años.

El hombre examinó la carta sin abrir el portón.

—Aquí no se conservan registros.

—El libro de traslados afirma lo contrario —dijo Samuel—. Una caja de correspondencia reservada llegó a esta casa después del juramento de 1054. La declaración se guardó separada de la relación de nombres.

Al oír aquellas palabras, el guardián dejó de mirar la carta.

Sus ojos pasaron de Samuel a Martín, y se detuvieron en el pergamino que asomaba bajo la túnica del joven.

—¿Quién os ha hablado de esa declaración?

—Los propios documentos —respondió Martín—. Y mi padre, antes de desaparecer.

El anciano retrocedió un paso. Por primera vez, su expresión mostró algo más que desconfianza.

—¿Cómo se llamaba vuestro padre?

Martín le dio su nombre.

El guardián cerró los ojos y apoyó una mano en la madera. Pareció debatirse entre varias respuestas. Cuando volvió a mirar al joven, había tomado una decisión.

—Llegó aquí hace tres años —dijo—. Permaneció dos noches y partió antes del amanecer. No sé adónde fue después.

Martín sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Estaba vivo cuando se marchó?

—Sí.

La palabra fue tan sencilla que Martín tardó un instante en comprenderla. Durante años había vivido con la ausencia, imaginando desenlaces que nunca podía comprobar. Ahora un desconocido acababa de confirmar que su padre había llegado a aquella casa y había salido de ella con vida.

—Necesito saber qué encontró —dijo, acercándose al portón—. Necesito saber por qué no volvió.

El guardián lo observó en silencio.

—Vuestro padre no buscaba únicamente un registro de pagos. Buscaba a un hombre que había recibido la declaración y que podía demostrar quién ordenó preparar la relación de familias. Cuando lo encontró, comprendió que la verdad que llevaba años persiguiendo podía destruir a quienes pretendía proteger.

—¿Dónde está ese hombre? —preguntó Samuel.

El anciano no contestó. Miró hacia el interior de la casa, como si hubiera oído algo.

Desde el piso superior llegó un golpe seco. Después, el ruido de unos pasos rápidos.

Sancho desenvainó apenas la espada.

—No estamos solos.

El guardián abrió el portón lo suficiente para dejarlos entrar.

—Escuchadme bien —dijo en voz baja—. No pronunciéis aquí el nombre de Sebastián Muñoz. Quienes han llegado esta mañana lo están buscando también, y no han venido a leer sus escritos.

Martín cruzó el umbral. Al fondo del patio, una puerta se cerró con violencia.

El guardián echó el cerrojo detrás de ellos.

—Si queréis conocer la verdad sobre vuestro padre, tendréis que decidir primero si estáis dispuestos a escuchar lo que él decidió ocultaros.

Y, antes de que Martín pudiera responder, una voz de hombre resonó desde la escalera:

—Bernardo, ya no puedes seguir escondiéndolos.

El guardián palideció.

Martín miró hacia arriba.

A mitad de la escalera, iluminado por una lámpara de aceite, se encontraba un hombre de rostro delgado y cabello completamente blanco. Llevaba una túnica sencilla y sostenía un legajo atado con una cinta oscura.

En el borde del pergamino superior aparecían tres líneas cruzadas y una cuarta incompleta.

El hombre bajó un escalón.

—He esperado treinta años para que alguien llegara hasta aquí —dijo—. Y ahora que habéis llegado, temo que sea demasiado tarde.


lunes, 2 de noviembre de 2026

La sombra sobre las dos tierras XXXVII

 El amanecer encontró a Martín despierto, sentado junto a la ventana de la posada de Valdehierro. La nota anónima descansaba sobre la mesa, al lado de la tablilla de madera que Sancho había conservado desde su encuentro con Hernán. Ambas piezas parecían pertenecer a historias distintas, pero las dos señalaban hacia el mismo lugar: los documentos que habían pasado de unas manos a otras sin dejar constancia de quién había decidido su destino.

Martín volvió a leer el mensaje.

—«El nombre que necesitáis fue escrito dos veces, pero solo una de las manos dejó constancia de la entrega» —murmuró—. Si se refiere al hombre que recibió la relación, alguien anotó su nombre en dos documentos. Uno de ellos tuvo que ser el recibo.

Samuel, que acababa de acercarse a la mesa, negó despacio.

—Es posible, pero también puede referirse a dos personas con el mismo nombre, o a un nombre escrito primero por el escribano y después por el oficial que cerró la cuenta. No debemos convertir una frase ambigua en una certeza.

—Entonces, ¿qué buscamos exactamente? —preguntó Rodrigo.

—La relación de los traslados —respondió Martín—. El mensaje insiste en que no busquemos en los pagos. Si el recibo desapareció, quizá alguien dejó constancia del movimiento de la caja en otro registro.

Sancho se aproximó a la ventana y apartó apenas la cortina. La calle comenzaba a llenarse de campesinos y arrieros, pero no vio al hombre de la cicatriz que había vigilado Santa Olalla.

—Don Nuño nos dijo que parte de la correspondencia reservada fue trasladada a otra propiedad y que un escribano preparó un inventario —recordó—. Si encontramos ese inventario, sabremos dónde buscar la caja. Pero no podemos regresar a Santa Olalla como si nada hubiera ocurrido. El hombre de la cicatriz ya sabe que nos interesan aquellos libros.

—Y si trabaja para quien ordenó los traslados, habrá advertido a sus superiores —añadió Hernán—. Cada día que pasa, los documentos pueden alejarse más.

Mateo permanecía junto al hogar apagado. Desde que había contado lo que recordaba de 1054, hablaba menos. La memoria le devolvía detalles que durante años había preferido mantener separados: la disposición de las casas en la relación, los caminos señalados al margen, el portador que había llegado con instrucciones precisas y el temor que sintió al descubrir que su propia familia figuraba entre las personas vigiladas.

—Hay algo que no os he dicho —declaró al fin—. Cuando trabajé con aquella relación, vi que el documento no estaba destinado a permanecer en una sola oficina. Se prepararon referencias para que pudiera seguirse su recorrido. No sé si esas referencias se conservaron, pero recuerdo que el oficial hablaba de una relación de entregas. No era el libro de pagos.

Martín se volvió hacia él.

—¿Puedes reconocerla?

—No puedo prometerlo. Han pasado treinta años y solo vi una parte de los registros. Pero recuerdo que las entradas se ordenaban por fecha y por destino, no por la cantidad pagada al portador.

Samuel tomó una hoja y escribió las palabras que Mateo acababa de pronunciar.

—Eso nos proporciona un criterio. Si encontramos un libro de movimientos ordenado por destinos, podremos comprobar si contiene la referencia a la caja de correspondencia reservada. No bastará con que aparezca el nombre de Sebastián Muñoz o unas iniciales semejantes. Necesitaremos una entrada que coincida con la fecha y el traslado.

—¿Y dónde se conserva ese registro? —preguntó Gabriel.

Su brazo herido descansaba sobre un paño limpio. Había insistido en acompañarlos pese al dolor, aunque Hernán le había recomendado no forzarlo.

—En Santa Olalla no lo saben, o no han querido decírnoslo —contestó Rodrigo—. La nota puede ser una advertencia de alguien que conoce el archivo mejor que nosotros. También puede conducirnos a una trampa.

—Si quien la escribió quisiera engañarnos, podría habernos dado un nombre falso —dijo Sancho—. En cambio, nos ha indicado qué clase de documento debemos buscar. Eso no demuestra que quiera ayudarnos, pero merece que investiguemos.

Martín guardó la nota en el interior de su túnica.

—Volveremos a Santa Olalla, pero no preguntaremos por el recibo. Pediremos la relación de traslados correspondiente a los archivos que llegaron desde la antigua administración. Si existe, su propio registro debería indicar quién la recibió y dónde terminó.

—Y si nos niegan el acceso —dijo Hernán—, tendremos que averiguar quién preparó el inventario y seguir su rastro.

No tardaron en abandonar la posada. Dejaron a Mateo al cuidado del hospedero, con instrucciones de no abrir a desconocidos y de marcharse por la puerta trasera si alguien preguntaba por él. El anciano protestó, pero terminó aceptando. Su presencia podía ayudarles a reconocer el registro; también podía ponerlo de nuevo en peligro.

El camino hacia Santa Olalla atravesaba tierras de cultivo y pequeños bosques de encinas. Rodrigo marchaba delante con Martín, mientras Samuel y Hernán conversaban en voz baja. Sancho cerraba la marcha junto a Gabriel, atento a cualquier jinete que apareciera por el camino.

A media mañana, cuando se detuvieron junto a un abrevadero, un muchacho que conducía dos mulas se acercó a ellos. Tendría unos catorce años y llevaba una bolsa de cuero colgada del hombro.

—¿Sois los hombres que preguntaron por los libros de Santa Olalla? —dijo.

Rodrigo apoyó la mano en la empuñadura de su espada.

—¿Quién quiere saberlo?

—Nadie me ha enviado para preguntaros. Me han pagado por entregaros esto.

El muchacho sacó de la bolsa una tira de pergamino doblada y se la ofreció a Martín. Después señaló el camino del que venían.

—El hombre que me lo dio dijo que no esperara respuesta.

—¿Cómo era? —preguntó Sancho.

—Viejo. Tenía la barba gris y caminaba con dificultad. No llevaba espada.

—¿Te dijo su nombre?

—No. Solo me pidió que os encontrara antes de que llegarais a la casa.

El muchacho recibió una moneda y se alejó con las mulas. Sancho lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras una curva.

Martín abrió el pergamino. La letra era pequeña, firme y algo inclinada. No reconoció la mano, pero el texto estaba escrito por alguien que conocía los registros.

«La relación de los traslados salió de Santa Olalla antes de que se cerrara la cuenta. Buscad la copia que lleva la marca del destino, no la que conserva la fecha de salida. El escribano anotó el nombre del receptor; el oficial escribió el mismo nombre al confirmar la entrega. Comparad las dos manos antes de juzgar a ninguno de los dos».

Debajo no había firma, solo tres líneas cruzadas y una cuarta que quedaba incompleta.

Martín sintió que el aire se le detenía en el pecho. La marca era la misma que habían encontrado en la iglesia abandonada, en las páginas de los registros y junto a uno de los pagos. Sin embargo, aquella coincidencia no aclaraba quién la había trazado ni cuándo.

Samuel examinó el pergamino sin tocar la tinta.

—Esta vez el mensaje distingue dos copias. Una registra la salida; la otra, el destino. Y afirma que el mismo nombre aparece en dos manos distintas.

—Entonces una de las dos personas podría haber escrito el nombre de la otra —dijo Gabriel.

—O ambas pudieron registrar correctamente una entrega —repuso Samuel—. No sabemos todavía si la diferencia entre las escrituras es una prueba de falsificación o una simple diferencia de función. Tendremos que ver los documentos.

Sancho señaló la marca.

—Lo que sí sabemos es que alguien quiere que la comparemos con los registros originales. Esa persona conoce el recorrido de la relación y sabe que una copia salió de Santa Olalla antes del cierre de la cuenta.

—¿Podría ser mi padre? —preguntó Martín.

Nadie respondió de inmediato.

El muchacho guardó el pergamino con cuidado. La posibilidad le había acompañado desde que supo que su padre había buscado el registro de pagos y había seguido hacia el norte. Pero una letra desconocida y una marca compartida no bastaban para convertir una esperanza en prueba.

—Podría ser alguien que habló con él —dijo al fin Samuel—. También alguien que encontró sus notas. Hasta que sepamos quién escribe, no debemos atribuirle sus palabras.

Cuando llegaron a Santa Olalla, el hombre de la cicatriz estaba junto a la entrada, conversando con dos jinetes. Al verlos, interrumpió la conversación. Uno de los recién llegados montó de inmediato; el otro guardó un pequeño paquete bajo la capa.

El hombre no les cerró el paso. Se limitó a observarlos con una expresión que Martín no supo interpretar.

Don Nuño los recibió en la sala donde habían consultado el libro de pagos. Escuchó su petición y permaneció un rato en silencio.

—Existe un registro de traslados —admitió—. No forma parte de los libros ordinarios de la casa. Lo prepararon cuando llegaron cajas de otras propiedades, y después se utilizó para distribuirlas entre distintos archivos. No sé si sigue aquí.

—Necesitamos consultar las entradas relativas a la correspondencia reservada —dijo Samuel—. No buscamos nombres por curiosidad. Queremos localizar una caja y verificar un recibo desaparecido.

Don Nuño se frotó la frente.

—Si os entrego ese registro, mi responsabilidad no termina cuando salgáis por esa puerta. Algunas de las personas que aparecen en él todavía tienen descendientes que viven bajo la protección de señores poderosos. Y otras pueden haber sido perjudicadas por lo que allí se escribió.

—Precisamente por eso debemos conocer la verdad —respondió Martín—. No queremos acusar a una familia entera ni convertir una hoja en sentencia. Queremos saber quién ordenó preparar la relación, quién la recibió y quién modificó una copia después del juramento.

El anciano lo miró largamente. Luego se levantó y se dirigió a un armario estrecho situado detrás de una cortina. Abrió dos cerraduras y retiró un volumen cubierto de polvo, envuelto en una tela oscura.

—Este es el registro de salidas y destinos. No puedo asegurar que contenga todas las entradas. Hubo hojas arrancadas y otras que se copiaron de nuevo cuando los archivos fueron trasladados. Pero si vuestro documento estuvo aquí, debería dejar alguna huella.

Puso el volumen sobre la mesa, aunque mantuvo una mano encima.

—Antes de abrirlo, debéis comprender algo. Hace años, un escribano abandonó esta casa después de una disputa por un documento desaparecido. Algunos dijeron que había robado una declaración; otros, que se había negado a entregarla. Nunca pude demostrar ninguna de las dos versiones. Si buscáis el nombre de Sebastián Muñoz, quizá encontréis una referencia a aquel episodio. Pero no confundáis una coincidencia con una acusación.

Samuel asintió.

Don Nuño retiró la mano.

Las primeras páginas registraban movimientos de grano, herramientas y libros de cuentas. Más adelante aparecían cajas procedentes de otras propiedades, identificadas mediante números y marcas. Hernán buscó las fechas mientras Samuel comparaba las anotaciones con las referencias que habían copiado del libro de pagos.

Al llegar a una página correspondiente al año del juramento, Martín encontró una entrada escrita con tinta más oscura:

«Caja de correspondencia reservada, serie cuarta. Recibida de la administración del valle. Destino: archivo de custodia septentrional. Entrega autorizada por orden superior. El portador queda pendiente de identificación en el registro de recepción».

Al margen figuraba el símbolo de las tres líneas cruzadas y la cuarta incompleta.

Debajo, una mano distinta había añadido una referencia: «Receptor: S. Muñoz».

Martín sintió que Rodrigo se inclinaba sobre su hombro.

—Sebastián Muñoz —dijo el caballero.

—O alguien cuyas iniciales coinciden —advirtió Samuel—. Necesitamos la segunda anotación.

Pasaron varias páginas. El registro mostraba que la caja había salido de Santa Olalla tres días después de su llegada, acompañada por otros documentos. La copia destinada al archivo septentrional consignaba una fecha de recepción y un nombre completo, pero una mancha había cubierto parte de la línea.

Samuel acercó la lámpara.

Todavía podían distinguirse varias letras.

«Sebastián… Muñoz».

Al final de la anotación aparecía una firma abreviada, trazada con una mano diferente de la que había escrito el nombre en la primera página.

Martín miró ambas escrituras. Una era estrecha y regular; la otra, más angulosa, con una inclinación pronunciada hacia la derecha.

—Son dos manos —dijo.

—Eso es lo que afirma el mensaje —respondió Samuel—. Pero no demuestra quién escribió cada una ni si el nombre corresponde a la misma persona. Lo importante es que la segunda anotación incluye una referencia que no aparece en el libro de pagos.

Hernán leyó la línea siguiente y palideció.

—Aquí dice que la caja fue recibida, pero no en el archivo septentrional.

Don Nuño se acercó.

—¿Qué pone exactamente?

Hernán señaló una anotación casi borrada, escrita junto al margen inferior:

«Destino rectificado. Traslado por orden del receptor a la casa de San Jerónimo. Inventario pendiente. La declaración se conserva separada de la relación».

Nadie habló durante unos instantes.

La casa de San Jerónimo no figuraba en las cuentas de Santa Olalla. Tampoco aparecía entre las propiedades que Don Nuño había mencionado al describir los traslados. Era un destino añadido después de la primera anotación, y alguien había ordenado mantener separada la declaración de la relación de nombres.

Martín volvió a leer las palabras finales. Eran casi idénticas a las de la nota que Teresa había conservado en su libro familiar, la que advertía que ambos documentos no debían llegar a las mismas manos.

—Quien escribió esto conocía el peligro —dijo—. Sabía que, reunidos, los documentos podían volver a utilizarse contra las familias.

—O quería que pareciera que los protegía —repuso Sancho—. No olvidemos que separar dos documentos también puede servir para impedir que alguien descubra lo que contienen.

Samuel examinó la página por el reverso y encontró una pequeña perforación, como si hubiera estado cosida a otra hoja. En el borde quedaban restos de hilo oscuro.

—Esta página perteneció a un conjunto mayor. Puede que alguien arrancara la hoja siguiente o que la trasladaran a otro libro.

Don Nuño cerró los ojos un instante.

—La casa de San Jerónimo fue una hospedería de escribanos y mensajeros. Dejó de recibir viajeros hace años. Parte de sus tierras pasó a manos de un monasterio, pero las dependencias antiguas siguieron utilizándose para guardar documentos durante un tiempo.

—¿Está lejos? —preguntó Rodrigo.

—A medio día de camino, si el puente del arroyo sigue en pie.

Martín miró la firma abreviada de la segunda anotación. No podía demostrar que perteneciera a Sebastián Muñoz, ni que aquel hombre hubiese recibido la caja, ni que fuera el escribano de la declaración. Pero por primera vez tenían una ruta documental concreta: una caja, dos anotaciones, un destino rectificado y una declaración conservada por separado.

Al levantar la vista, vio que Don Nuño había reparado en algo que los demás aún no habían advertido.

El anciano señaló la fecha de la rectificación.

—Esto se escribió después del cierre de la cuenta —dijo—. Y mirad la tinta: es la misma que aparece en la anotación del cuarto símbolo junto al pago. No puedo identificar la mano, pero ambas marcas se añadieron cuando el registro ya estaba cerrado.

Sancho se inclinó sobre el libro. Su rostro se endureció.

—Entonces alguien volvió a los registros después de que se pagara al portador. Alguien que tenía acceso a las cuentas y autoridad para modificar el destino de la caja.

—Eso reduce el número de posibilidades —dijo Samuel—, pero no identifica a la persona. Necesitamos la hoja que falta y los documentos de San Jerónimo.

Martín cerró con cuidado el volumen. Habían encontrado el primer rastro firme de la caja que su padre había buscado, pero también una nueva incógnita: la declaración no había viajado con la relación de nombres. Alguien se había ocupado de separarlas, y después había rectificado el destino de los documentos sin dejar una firma completa.

Al salir de la sala, el hombre de la cicatriz ya no estaba junto a la entrada.

En el suelo, junto al umbral, quedaba una pequeña tira de pergamino pisada por una huella de barro. Martín la recogió. Solo contenía unas palabras, escritas con letra apresurada:

«San Jerónimo ya no está vacío».

Esta vez no había símbolo ni firma.

Y, desde el patio, llegó el sonido de un caballo que partía al galope por el camino del norte.