El caballo había desaparecido por el camino del norte cuando Martín volvió a levantar la vista. Durante unos instantes, ninguno de los presentes se movió. La tira de pergamino que acababa de encontrar parecía insignificante, pero sus palabras habían cambiado el sentido de todo lo que acababan de descubrir.
San Jerónimo ya no está vacío.
Martín guardó el mensaje junto a los otros documentos. Si alguien se había adelantado a ellos, cabían dos posibilidades: que los estuviera esperando para ayudarlos o que hubiese llegado con la intención de borrar las huellas que aún quedaban.
—No podemos perder tiempo —dijo Rodrigo—. Si ese hombre ha partido hacia el norte, quizá vaya a advertir a quienes se encuentran allí.
—O quizá se dirija a San Jerónimo —repuso Samuel—. No sabemos qué camino ha tomado ni si la nota habla de un hombre, de varios o de los documentos que se guardan en aquella casa.
Don Nuño los observaba desde el umbral de la sala.
—San Jerónimo fue levantada para acoger a viajeros y escribanos. Durante años sirvió también como depósito provisional de documentos procedentes de las propiedades del norte. Cuando dejó de funcionar como hospedería, sus dependencias pasaron a manos de un administrador que respondía ante el monasterio. Hace mucho que no recibo noticias de él.
—¿Quién es ese administrador? —preguntó Martín.
—Lo conocí como fray Bernardo, aunque nunca supe si ese era su nombre de nacimiento. No era monje de clausura. Sabía leer varias lenguas y había trabajado para distintos señores. Recibía cartas, registraba entregas y mantenía separados los documentos que, según decía, no debían reunirse antes de tiempo.
Samuel intercambió una mirada con Hernán.
—Eso coincide con las anotaciones del registro.
—Coincide con una parte —advirtió el escribano—. Todavía no sabemos si fray Bernardo custodiaba la declaración o si fue quien ordenó separarla de la relación. Tampoco sabemos si sigue vivo.
Don Nuño regresó a la mesa y abrió el volumen por la página que habían consultado. Con un dedo señaló la anotación relativa a la casa de San Jerónimo.
—Hay algo que debéis saber antes de marcharos. La referencia a ese destino no aparece en la copia que se conserva aquí desde hace años. Yo mismo la vi por primera vez al abrir este registro con vosotros. Alguien añadió la rectificación después de que el libro fuera encuadernado de nuevo.
—¿Cómo puede saberlo? —preguntó Gabriel.
—Por los agujeros de la costura. La página fue retirada y colocada otra vez. Los orificios antiguos no coinciden por completo con los nuevos. Quien hizo el trabajo quiso conservar la apariencia del libro original, pero no tuvo cuidado suficiente.
Sancho se acercó al volumen. Durante años había aprendido a desconfiar de los documentos demasiado limpios y de las explicaciones demasiado sencillas. Observó el borde de la hoja, después la tinta de la rectificación.
—Alguien quiso que esta anotación pudiera encontrarse, pero no demasiado pronto —dijo—. Si hubiera querido destruirla, habría quemado la página o raspado las palabras. En cambio, la dejó escondida dentro de un registro que solo se abriría si alguien buscaba la relación de los traslados.
—También pudo cometer un error —respondió Samuel—. No debemos atribuir intención a cada irregularidad.
—Tienes razón —admitió Sancho—. Pero ese error nos ha conducido hasta una casa que, según nos dicen, lleva años abandonada y que ahora parece tener visitantes.
Martín pensó en la carta de su padre. Había escrito que las diferencias entre la relación administrativa y los nombres de la declaración podían revelar quién había recibido la orden y quién la había transmitido. Para averiguarlo necesitaba el registro de los pagos, pero también los documentos que acreditaran el recorrido de la caja. Ahora sabía que su padre había tenido motivos para seguir aquella misma ruta.
—¿Conoció usted a mi padre? —preguntó de pronto a Don Nuño.
El anciano no respondió enseguida.
—Conocí a un hombre que vino a preguntar por los registros de 1054. Era de mediana edad, llevaba el viaje escrito en el rostro y hablaba como alguien acostumbrado a comprobar cada palabra antes de aceptarla. No me dio su nombre.
—¿Cuándo fue?
—Hace unos tres años. Preguntó por una caja de correspondencia reservada y por un escribano que había dejado esta casa. Le expliqué que los documentos habían sido trasladados y que no podía mostrarle los libros sin autorización. No insistió. Me preguntó únicamente si recordaba a un hombre llamado Mateo.
Martín sintió que la estancia se estrechaba a su alrededor.
—Era él —dijo—. Mi padre estuvo con Mateo y después continuó hacia el norte.
—No puedo asegurar que fuera tu padre —replicó Don Nuño con cautela—. Pero aquel viajero llevaba una pequeña hoja con el mismo símbolo que habéis encontrado en vuestros documentos. Tres líneas cruzadas y una cuarta incompleta.
El silencio que siguió fue más intenso que cualquier exclamación.
—¿Y qué ocurrió después? —preguntó Rodrigo.
—Le dije que la casa de San Jerónimo podía conservar una copia de la relación de los traslados. El hombre me pidió que escribiera el nombre del lugar. Lo hizo repetir dos veces, como si temiera olvidarlo. Al día siguiente se marchó hacia el norte.
Martín apoyó las manos en la mesa. Habían pasado tres años desde aquel encuentro y casi tres desde la desaparición de su padre. La coincidencia era demasiado precisa para ignorarla, pero aún no podía saber si aquel viajero había alcanzado San Jerónimo ni qué había encontrado allí.
—¿Por qué no nos dijo esto antes? —preguntó Sancho.
—Porque no sabía quiénes erais ni qué pretendíais hacer con los documentos. En estos asuntos, un hombre puede presentarse como protector de una familia y acabar entregando sus nombres a quienes desean perseguirla. He visto cambiar demasiadas veces las lealtades de los señores.
Martín comprendió la cautela del anciano. No le agradaba, pero tampoco podía reprochársela. Él mismo había aprendido que una verdad incompleta podía causar tanto daño como una mentira.
Don Nuño les proporcionó una pequeña carta dirigida al responsable de las tierras vinculadas al monasterio. No era una autorización para entrar en San Jerónimo, pero sí una presentación que acreditaba que viajaban por encargo suyo para consultar unos registros antiguos.
—No os abrirá todas las puertas —les advirtió—. Si la casa está ocupada, su guardián decidirá qué hacer con vosotros. Y si alguien ha llegado antes, quizá encuentre una razón para no dejaros pasar.
—Nos bastará con que nos permita hablar —dijo Samuel.
Antes de partir, Hernán copió cuidadosamente la entrada del registro. Samuel comprobó cada palabra y Rodrigo guardó la copia junto a las notas que habían reunido durante el viaje. Martín, por su parte, conservó el pergamino de la letra desconocida. No quería perder ni una sola pista que pudiera conducirlo hasta su padre.
Abandonaron Santa Olalla poco después del mediodía.
El camino hacia San Jerónimo atravesaba una zona de colinas suaves, con campos de labor separados por muros de piedra y pequeñas aldeas que dependían de las propiedades monásticas. El cielo se había cubierto y el viento arrastraba un olor a lluvia. A medida que avanzaban, las casas fueron quedando atrás y la senda se estrechó entre encinas.
Gabriel cabalgaba con dificultad. La herida del brazo no había cerrado por completo y cada movimiento brusco le provocaba una punzada. Aun así, rechazó la oferta de Martín de compartir su montura.
—Ya he sido una carga bastante tiempo —dijo.
—No eres una carga —respondió Martín—. Pero si la herida empeora, no podrás sostener una espada cuando la necesitemos.
—Esperemos que no la necesitemos.
Rodrigo, que había escuchado la conversación, volvió la cabeza.
—Un hombre que espera no tener que usar la espada suele vivir más que uno que busca una excusa para desenvainarla.
Gabriel sonrió débilmente, pero no contestó.
Al caer la tarde encontraron una pequeña cruz de piedra junto a una bifurcación. El brazo derecho estaba roto y en la base alguien había grabado una inscripción casi borrada. Samuel desmontó para examinarla.
—Aquí se menciona a San Jerónimo —dijo—. Y una fecha que podría corresponder al traslado de los primeros libros.
—¿La misma fecha que aparece en el registro? —preguntó Martín.
Samuel negó con la cabeza.
—No exactamente. La inscripción es anterior. Quizá la casa existía mucho antes de recibir los documentos de 1054.
Sancho examinó el terreno. A unos pasos de la cruz había huellas recientes de herraduras, profundas y bien marcadas. No pertenecían a una carreta cargada: eran de varios caballos que habían pasado a buen ritmo.
—No somos los primeros en tomar este camino hoy —dijo.
Rodrigo se inclinó sobre las huellas.
—¿Cuántos?
—Cuatro, quizá cinco. No puedo saber si viajaban juntos desde el principio, pero todos se dirigen hacia la casa.
—¿Los jinetes que vimos en Santa Olalla? —preguntó Hernán.
—Es posible.
Continuaron sin detenerse. Poco antes de anochecer, la senda descendió hacia un valle estrecho. Allí, entre árboles y muros cubiertos de hiedra, apareció San Jerónimo.
La casa era más grande de lo que Martín había imaginado. Un cuerpo central de piedra, dos alas bajas y una torre cuadrada se agrupaban alrededor de un patio cerrado. La antigua hospedería conservaba las ventanas estrechas y un pórtico de madera oscurecida por los años. Detrás de ella se alzaba una pequeña capilla, cuyo tejado había cedido en uno de los extremos.
No parecía abandonada.
Había humo en una chimenea. Una puerta lateral estaba abierta y, junto al pozo, descansaban dos sacos recién descargados. En el barro del patio se distinguían las mismas herraduras que habían seguido desde la cruz.
Martín desmontó.
—Alguien está aquí.
—Y sabe que puede llegar más gente —añadió Sancho, señalando una tabla colocada sobre el muro interior. Desde allí se dominaba el camino de entrada.
Rodrigo se acercó al portón y golpeó tres veces con el puño.
Durante un largo momento no hubo respuesta. Después se oyó el ruido de un cerrojo. Una mirilla se abrió en la madera y apareció el rostro de un hombre de edad avanzada, con barba gris y una cicatriz fina que le cruzaba la frente.
—¿Qué buscáis? —preguntó.
Rodrigo mostró la carta de Don Nuño.
—Venimos de Santa Olalla. Queremos consultar unos registros que fueron trasladados a esta casa hace muchos años.
El hombre examinó la carta sin abrir el portón.
—Aquí no se conservan registros.
—El libro de traslados afirma lo contrario —dijo Samuel—. Una caja de correspondencia reservada llegó a esta casa después del juramento de 1054. La declaración se guardó separada de la relación de nombres.
Al oír aquellas palabras, el guardián dejó de mirar la carta.
Sus ojos pasaron de Samuel a Martín, y se detuvieron en el pergamino que asomaba bajo la túnica del joven.
—¿Quién os ha hablado de esa declaración?
—Los propios documentos —respondió Martín—. Y mi padre, antes de desaparecer.
El anciano retrocedió un paso. Por primera vez, su expresión mostró algo más que desconfianza.
—¿Cómo se llamaba vuestro padre?
Martín le dio su nombre.
El guardián cerró los ojos y apoyó una mano en la madera. Pareció debatirse entre varias respuestas. Cuando volvió a mirar al joven, había tomado una decisión.
—Llegó aquí hace tres años —dijo—. Permaneció dos noches y partió antes del amanecer. No sé adónde fue después.
Martín sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Estaba vivo cuando se marchó?
—Sí.
La palabra fue tan sencilla que Martín tardó un instante en comprenderla. Durante años había vivido con la ausencia, imaginando desenlaces que nunca podía comprobar. Ahora un desconocido acababa de confirmar que su padre había llegado a aquella casa y había salido de ella con vida.
—Necesito saber qué encontró —dijo, acercándose al portón—. Necesito saber por qué no volvió.
El guardián lo observó en silencio.
—Vuestro padre no buscaba únicamente un registro de pagos. Buscaba a un hombre que había recibido la declaración y que podía demostrar quién ordenó preparar la relación de familias. Cuando lo encontró, comprendió que la verdad que llevaba años persiguiendo podía destruir a quienes pretendía proteger.
—¿Dónde está ese hombre? —preguntó Samuel.
El anciano no contestó. Miró hacia el interior de la casa, como si hubiera oído algo.
Desde el piso superior llegó un golpe seco. Después, el ruido de unos pasos rápidos.
Sancho desenvainó apenas la espada.
—No estamos solos.
El guardián abrió el portón lo suficiente para dejarlos entrar.
—Escuchadme bien —dijo en voz baja—. No pronunciéis aquí el nombre de Sebastián Muñoz. Quienes han llegado esta mañana lo están buscando también, y no han venido a leer sus escritos.
Martín cruzó el umbral. Al fondo del patio, una puerta se cerró con violencia.
El guardián echó el cerrojo detrás de ellos.
—Si queréis conocer la verdad sobre vuestro padre, tendréis que decidir primero si estáis dispuestos a escuchar lo que él decidió ocultaros.
Y, antes de que Martín pudiera responder, una voz de hombre resonó desde la escalera:
—Bernardo, ya no puedes seguir escondiéndolos.
El guardián palideció.
Martín miró hacia arriba.
A mitad de la escalera, iluminado por una lámpara de aceite, se encontraba un hombre de rostro delgado y cabello completamente blanco. Llevaba una túnica sencilla y sostenía un legajo atado con una cinta oscura.
En el borde del pergamino superior aparecían tres líneas cruzadas y una cuarta incompleta.
El hombre bajó un escalón.
—He esperado treinta años para que alguien llegara hasta aquí —dijo—. Y ahora que habéis llegado, temo que sea demasiado tarde.