Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 25 de mayo de 2026

La Sombra del Velo 12







 Capítulo XII — La memoria de Aetherya

La lluvia comenzó al anochecer. No era una lluvia fuerte, sino constante, silenciosa, casi fantasmal. Las gotas descendían entre los árboles del Bosque Antiguo como si el propio cielo estuviera perdiendo lentamente su forma. Ainé permanecía inmóvil frente al Corazón del Bosque, observando cómo la luz del gran árbol se debilitaba poco a poco. Hacía apenas unos meses aquella presencia llenaba todo Lúmbria con una energía cálida y viva. Ahora parecía cansada. Antigua. Vulnerable.

Mateo dormía cerca del fuego, agotado después de días intentando controlar aquello que veía. Cada vez que cerraba los ojos sentía el mundo fragmentado en capas invisibles, como si la realidad fuese una tela rasgada cuyos hilos empezaban a soltarse. Marga descansaba apoyada contra una raíz gigantesca, aunque en realidad tampoco dormía. Ninguno de ellos lo hacía ya del todo. El miedo había cambiado incluso la forma de descansar.

Lórien vigilaba en silencio desde el borde del claro. La espada seguía en su mano. Siempre en su mano. Como si temiera que en cualquier momento el mundo entero pudiera romperse delante de él.

Entonces el Corazón del Bosque latió.

No fue un sonido. Fue una sensación. Una vibración profunda que atravesó el suelo, el aire y hasta los pensamientos. Mateo despertó de golpe. Ainé levantó lentamente la mirada.

La luz del árbol había cambiado.

Ya no era verde ni dorada.

Era blanca.

Una blancura imposible, antigua, demasiado pura para pertenecer a Lúmbria.

—Está ocurriendo otra vez… —susurró Ainé.

Las raíces comenzaron a moverse lentamente alrededor del tronco gigantesco. No con violencia, sino como si estuvieran abriéndose. Separándose. El interior del árbol empezó a revelar algo oculto durante siglos.

Una grieta.

Pero no como las de los Nul.

Aquella grieta brillaba.

Y dentro de ella… había recuerdos.

Ainé dio un paso adelante sin darse cuenta. Algo tiraba de ella. No físicamente, sino desde un lugar más profundo. La Llama de San Xoán reaccionaba dentro de su pecho como si reconociera aquello.

Mateo se acercó lentamente.

—¿Qué es eso?

Ainé apenas pudo responder.

—Memoria.

El aire alrededor del árbol desapareció durante un instante. El bosque se volvió borroso. Y entonces ocurrió.

El mundo cambió.

No hubo explosión. No hubo oscuridad. Simplemente dejaron de estar en Lúmbria.

Mateo sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. La lluvia ya no caía. El frío se desvaneció. Cuando abrió los ojos, el bosque había desaparecido.

Ante ellos se extendía una ciudad inmensa construida con luz.

Torres imposibles ascendían hacia un cielo lleno de estrellas vivas. Ríos brillantes cruzaban avenidas de piedra blanca. Criaturas de todo tipo caminaban juntas: elfos, seres alados, gigantes, formas de vida que Mateo ni siquiera podía comprender. Todo estaba unido por una energía que atravesaba el aire como un latido constante.

No había separación ni tampoco Velo, ni miedo siquiera.

Mateo observó aquello sin poder respirar.

—¿Dónde estamos…?

Ainé lo sabía incluso antes de pronunciarlo.

—Aetherya.

La ciudad vibraba con vida. Pero no era solo una ciudad. Era algo más. Un mundo entero conectado como una única conciencia inmensa. Mateo podía sentirlo. Cada piedra. Cada ser. Cada pensamiento. Todo formaba parte de algo mucho mayor.

Entonces vio a las figuras.

Seres envueltos en luz caminaban cerca de una estructura gigantesca en el centro de la ciudad. No tenían rostro definido. Sus cuerpos parecían cambiar constantemente entre distintas formas. Y, sin embargo, transmitían paz.

Mateo sintió un escalofrío.

—Esos son

—Sí —susurró Ainé—. Los Nul.

Pero no eran como ahora.

No había vacío en ellos. No había ausencia.

Eran completos. Vivos.

El horror llegó después.

El cielo empezó a oscurecerse lentamente. Las figuras luminosas comenzaron a discutir. La energía del mundo vibró con inestabilidad. Y entonces apareció el miedo.

El miedo al desequilibrio.

Mateo vio cómo algunos seres intentaban controlar aquella energía inmensa que conectaba Aetherya. Querían dividirla. Ordenarla. Separar aquello que consideraban peligroso.

La luz, la sombra, la transformación. El cambio.

Y en ese instante todo empezó a romperse.

La ciudad tembló. Las estrellas desaparecieron una a una. Grietas gigantescas atravesaron el cielo. Los seres luminosos gritaron. Algunos comenzaron a deshacerse. Otros fueron arrastrados hacia un vacío imposible.

Los Nul extendieron las manos.

No para atacar.

Para quedarse.

Pero el mundo ya estaba decidiendo.

Mateo observó horrorizado cómo aquellas criaturas eran expulsadas de la realidad. No destruidas. No asesinadas.

Rechazadas.

El propio mundo los apartaba para reconstruirse de otra manera.

Y entonces comprendió por qué habían vuelto.

No querían conquistar nada.

Querían regresar a aquello que les había sido arrebatado.

La visión cambió violentamente.

Ainé cayó de rodillas.

El dolor atravesó su pecho como fuego.

La Llama de San Xoán ardió dentro de ella con una intensidad insoportable.

Y entonces lo vio.

En medio del colapso de Aetherya… alguien permanecía inmóvil.

Una figura. Observando, esperando.

No era un Nul ni luz, ni sombra, era algo muy distinto que parecía antiguo.

Mateo también lo vio.

Y cuando aquella figura giró lentamente la cabeza hacia ellos… el miedo se volvió real.

Porque los estaba mirando directamente.

A través del recuerdo y del tiempo.

Como si supiera que estaban allí.

Ainé retrocedió con horror.

—No… eso no puede existir…

La figura sonrió levemente.

Y el recuerdo se rompió.

El bosque regresó de golpe.

La lluvia volvió a caer.

El Corazón del Bosque lanzó un latido violento que hizo temblar toda la tierra.

Mateo respiraba con dificultad. Marga apenas podía mantenerse en pie. Incluso Lórien había retrocedido.

Pero Ainé estaba completamente inmóvil.

Pálida.

Aterrada.

Mateo se acercó lentamente.

—¿Qué era eso…?

Ainé tardó en responder.

Porque comprendía algo que los demás aún no.

Los Nul no eran el origen del problema.

Solo eran una consecuencia.

Y aquello que habían visto al final…

Aquello que había permanecido observando incluso durante la caída de Aetherya…

seguía vivo.

Ainé levantó lentamente la mirada hacia el cielo oscuro.

Y por primera vez desde que todo había comenzado… sintió verdadero terror.

Porque acababan de descubrir algo mucho peor que los Nul.

Algo que había sobrevivido al final del primer mundo.


1 comentario:

  1. Parecen consecuencias, una detrás de la otra. Quizás lo real esté dentro de ellos, o vidas pasadas. Diría que el renacer.

    Aromas de flores del jardín. Noche tranquila.

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