Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 14 de agosto de 2026

El ejército de las raíces profundas

 No fueron los primeros

en responder al llamado.

Mucho antes

de que los reyes

alzaran sus estandartes,

la tierra

ya había comenzado

a reunir

a sus antiguos hijos.

Allí donde un roble

hundía sus raíces

hasta tocar

el corazón del mundo,

algo despertaba.

Era un rumor.

Como el de la lluvia

cuando aún vive

dentro de las nubes.

Las raíces

se entrelazaban

bajo montañas,

ríos

y valles olvidados,

tejiendo una red invisible

más antigua

que la memoria

de los dioses.

Cada árbol

recordaba.

Recordaba

el primer amanecer.

El vuelo

del dragón primordial.

La lágrima

que la luna

dejó caer

sobre la hierba.

Y ningún recuerdo

acepta desaparecer

sin presentar batalla.

Entonces,

los troncos

abrieron lentamente

sus viejas cortezas.

De ellas surgieron

los Guardianes Verdes,

hechos

de madera viva,

musgo,

piedra

y savia luminosa.

En sus ojos

ardía

el color

de las primaveras

que habían visto pasar.

No empuñaban lanzas.

Llevaban ramas

de fresno,

de tejo

y de encina.

Porque conocían

que existen armas

capaces de vencer,

y otras,

más antiguas todavía,

capaces de proteger.

Los lobos blancos

caminaron

a su lado.

Los ciervos

inclinaron la cabeza.

Los cuervos

dibujaron círculos

sobre el cielo gris,

como escribas

que anotaran

el comienzo

de una nueva edad.

Los hombres,

al contemplarlos,

retrocedieron.

Por reverencia.

Comprendieron

que no estaban solos.

Que el bosque,

al que tantas veces

habían pedido refugio,

había decidido

luchar con ellos.

Entonces,

el más anciano

de los Guardianes

clavó su bastón

en la tierra.

Habló

al mundo.

Y su voz

era tan profunda

que las piedras

parecieron recordar

el antiguo lenguaje

del fuego.

—No combatimos

contra la noche.

La noche

también pertenece

al equilibrio.

Combatimos

contra el olvido.

Porque quien olvida

el nombre

del árbol que le dio sombra,

del río

que calmó su sed,

de la mano

que lo sostuvo

cuando era niño,

ya ha comenzado

a perder

la guerra

antes del primer combate.

Al terminar aquellas palabras,

el viento

atravesó el bosque.

Miles de hojas

se desprendieron

al mismo tiempo.

Fue un juramento.

Cada hoja

cayó

sobre el hombro

de un guerrero.

Y cada guerrero

comprendió

que desde ese instante

no luchaba

solo por su reino.

Luchaba

por la memoria

de todos los reinos.

La marcha comenzó.

No resonaron tambores.

No se elevaron gritos.

Solo se escuchó

el paso lento

de las raíces profundas,

que caminaban

bajo la tierra

al mismo ritmo

que los corazones

de quienes aún

recordaban.


Y bajo cada paso, la tierra pronunciaba un nombre que se negaba a morir.


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