No fueron los primeros
en responder al llamado.
Mucho antes
de que los reyes
alzaran sus estandartes,
la tierra
ya había comenzado
a reunir
a sus antiguos hijos.
Allí donde un roble
hundía sus raíces
hasta tocar
el corazón del mundo,
algo despertaba.
Era un rumor.
Como el de la lluvia
cuando aún vive
dentro de las nubes.
Las raíces
se entrelazaban
bajo montañas,
ríos
y valles olvidados,
tejiendo una red invisible
más antigua
que la memoria
de los dioses.
Cada árbol
recordaba.
Recordaba
el primer amanecer.
El vuelo
del dragón primordial.
La lágrima
que la luna
dejó caer
sobre la hierba.
Y ningún recuerdo
acepta desaparecer
sin presentar batalla.
Entonces,
los troncos
abrieron lentamente
sus viejas cortezas.
De ellas surgieron
los Guardianes Verdes,
hechos
de madera viva,
musgo,
piedra
y savia luminosa.
En sus ojos
ardía
el color
de las primaveras
que habían visto pasar.
No empuñaban lanzas.
Llevaban ramas
de fresno,
de tejo
y de encina.
Porque conocían
que existen armas
capaces de vencer,
y otras,
más antiguas todavía,
capaces de proteger.
Los lobos blancos
caminaron
a su lado.
Los ciervos
inclinaron la cabeza.
Los cuervos
dibujaron círculos
sobre el cielo gris,
como escribas
que anotaran
el comienzo
de una nueva edad.
Los hombres,
al contemplarlos,
retrocedieron.
Por reverencia.
Comprendieron
que no estaban solos.
Que el bosque,
al que tantas veces
habían pedido refugio,
había decidido
luchar con ellos.
Entonces,
el más anciano
de los Guardianes
clavó su bastón
en la tierra.
Habló
al mundo.
Y su voz
era tan profunda
que las piedras
parecieron recordar
el antiguo lenguaje
del fuego.
—No combatimos
contra la noche.
La noche
también pertenece
al equilibrio.
Combatimos
contra el olvido.
Porque quien olvida
el nombre
del árbol que le dio sombra,
del río
que calmó su sed,
de la mano
que lo sostuvo
cuando era niño,
ya ha comenzado
a perder
la guerra
antes del primer combate.
Al terminar aquellas palabras,
el viento
atravesó el bosque.
Miles de hojas
se desprendieron
al mismo tiempo.
Fue un juramento.
Cada hoja
cayó
sobre el hombro
de un guerrero.
Y cada guerrero
comprendió
que desde ese instante
no luchaba
solo por su reino.
Luchaba
por la memoria
de todos los reinos.
La marcha comenzó.
No resonaron tambores.
No se elevaron gritos.
Solo se escuchó
el paso lento
de las raíces profundas,
que caminaban
bajo la tierra
al mismo ritmo
que los corazones
de quienes aún
recordaban.
Y bajo cada paso, la tierra pronunciaba un nombre que se negaba a morir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario