El desconocido los condujo por una senda estrecha que ascendía entre las rocas, alejándose del río y de las ruinas del puente. Caminaba con paso firme pese a su edad, como alguien que conocía cada recodo del terreno y sabía dónde podía ocultarse un hombre sin dejar rastro. Rodrigo marchaba detrás de él, atento a cualquier movimiento entre los árboles, mientras Gabriel cerraba la marcha. Martín llevaba la cuarta hoja bajo la túnica y no dejaba de pensar en las últimas palabras del extraño: su padre no había sido el único en desaparecer aquel día. También se había perdido el rastro del hombre capaz de demostrar que el pacto había sido traicionado desde dentro.
—Todavía no nos has dicho quién eres —dijo Martín cuando la senda se ensanchó lo suficiente para caminar a su lado.
El hombre tardó en responder. Apartó una rama que cruzaba el camino y miró hacia la ladera antes de detenerse junto a un muro derruido.
—Me llamaron Sancho cuando servía a los hombres de Castilla. Después tuve otros nombres, según la tierra en la que me encontrara y la persona que preguntara por mí. El que llevaba al nacer dejó de pertenecerme hace mucho tiempo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Lo sé. Pero si os digo mi nombre verdadero, quizá comprendáis por qué he vivido oculto y por qué no puedo pronunciarlo delante de cualquiera.
Elías se acercó al desconocido y lo examinó con atención. Había algo en su voz que parecía haber despertado un recuerdo, aunque el anciano no terminaba de identificarlo.
—¿Conociste a los tres firmantes del pacto?
Sancho asintió.
—Conocí a uno de ellos y serví durante un tiempo al señor que terminó beneficiándose de la traición. Era joven cuando sucedieron aquellas cosas, pero tuve acceso a documentos que nunca debieron llegar a mis manos. Mi vida cambió el día en que comprendí que los nombres escritos en aquellas páginas no eran simples nombres. Eran familias enteras que podían ser perseguidas, despojadas de sus tierras o condenadas por una decisión tomada en secreto.
Samuel lo observó con interés.
—¿Y qué hiciste con esos documentos?
—Lo que pude. Copié algunos pasajes, escondí otros y destruí aquellos que habrían permitido localizar a personas que todavía podían salvarse. No fui un héroe, si eso es lo que queréis saber. Obedecí durante demasiado tiempo antes de comprender a quién estaba sirviendo.
—¿Quién fue el hombre que traicionó el pacto? —preguntó Rodrigo.
Sancho lo miró con una dureza inesperada.
—Esa pregunta ha destruido más vidas que las espadas. Si os entregara un nombre ahora mismo, ¿qué haríais con él?
Rodrigo no apartó la mirada.
—Comprobaría si es cierto.
—¿Y si perteneciera a una familia poderosa? ¿Y si el hombre hubiera muerto hace treinta años, pero sus descendientes conservaran sus tierras? ¿Exigirías que pagaran por sus actos? ¿O aceptarías que la justicia no puede reparar una injusticia creando otra?
El caballero guardó silencio. Aquellas preguntas le recordaban demasiado a sus propias dudas sobre la relación de su padre con el pacto y sobre las responsabilidades que podían ocultarse detrás de un apellido. Finalmente respondió que no buscaba una venganza, sino saber qué había ocurrido realmente.
—Eso mismo decía tu padre —contestó Sancho, dirigiéndose a Martín—. Por eso acepté hablar con él.
El joven dio un paso hacia el desconocido.
—Entonces lo viste. ¿Cuándo?
—Hace tres años, en este mismo valle. Llegó cansado, herido y convencido de que alguien lo seguía. Traía consigo una parte de los documentos que había encontrado en Toledo y buscaba pruebas de que la versión transmitida sobre el pacto era falsa. Le expliqué lo que sabía, pero también le advertí que los testimonios no bastarían si no conseguía reunir las seis hojas.
—¿Adónde fue después?
Sancho bajó la mirada.
—Al otro lado de las montañas, siguiendo una ruta que utilizaban los guardianes antes de que los caminos fueran vigilados. Me dijo que debía encontrar a una persona que había conocido al tercer firmante y que conservaba una declaración escrita poco antes de su muerte. Si lograba llegar hasta ella, tendría la prueba que necesitaba.
—¿Y regresó?
—No.
Martín sintió que aquella respuesta le cerraba de nuevo una puerta que apenas había comenzado a abrirse.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no sabía si eras realmente su hijo ni si habías venido por voluntad propia. Hay hombres que utilizan a los familiares de los desaparecidos para llegar hasta aquello que buscan. Otros creen sinceramente que persiguen la justicia, pero terminan entregando los documentos a quienes saben emplearlos mejor que ellos. Necesitaba comprobar que no habías venido a reclamar un nombre para convertirlo en una sentencia.
Martín comprendió la cautela del desconocido, aunque no podía aceptar que todos aquellos años de silencio hubieran sido necesarios. Había pasado demasiado tiempo sin saber qué había sido de su padre, y cada hombre que conocía una parte de la historia parecía guardar la siguiente como si tuviera derecho a decidir cuándo podía escucharla.
—Mi padre dejó una carta para mí —dijo—. Escribió que no buscara su tumba, sino el lugar donde termina el camino del norte. También me advirtió que no confiara en quien me entregara un nombre antes de contarme la historia. No he llegado hasta aquí para vengarme de nadie. Quiero saber por qué desapareció y qué descubrió.
Sancho lo escuchó sin interrumpirlo. Después extendió la mano.
—Enséñame la carta.
Martín dudó, pero finalmente se la entregó. El desconocido leyó las últimas líneas y se detuvo en una frase que parecía conocer de antemano. Su expresión cambió, y durante unos instantes permaneció inmóvil, con el pergamino entre los dedos.
—Tu padre encontró la pista correcta —murmuró—. Pero no llegó a comprender todo su significado.
—¿Qué significa?
Sancho devolvió la carta y señaló el anillo de hierro que Martín había encontrado junto al puente.
—Ese símbolo no identifica solamente a los guardianes. La cuarta línea incompleta señala a quien fue apartado de ellos. El hombre borrado dos veces no fue uno de los tres firmantes ni el primer custodio. Fue el testigo que descubrió cómo se había manipulado el pacto y cuya declaración podía demostrar quién había ordenado la entrega de los nombres.
Elías palideció.
—¿Estás diciendo que el testigo seguía vivo cuando Martín llegó a verte?
—Sí. Y sigue vivo, si no ha muerto durante estos últimos años. Pero no vive donde vivió entonces, y no puedo llevaros hasta él sin advertiros de lo que encontraréis.
—¿Qué encontraremos? —preguntó Gabriel.
Sancho miró hacia las montañas.
—A un hombre que ha pasado media vida huyendo de su propia memoria. No le preocupa que lo maten. Lo que teme es que sus palabras provoquen una guerra entre quienes llevan generaciones esperando la oportunidad de vengarse.
Rodrigo cruzó los brazos.
—Si conoce la verdad, tendrá que decidir si habla.
—No sois vosotros quienes debéis obligarlo a hacerlo —replicó Sancho—. Ya hubo hombres que decidieron por él una vez, y pagó por ello con su nombre, su familia y su vida anterior. Si queréis escuchar su testimonio, tendréis que demostrarle que no vais a utilizarlo para alimentar el odio.
El grupo reanudó la marcha. La senda descendía ahora hacia un pequeño valle cubierto de robles, donde se distinguían las ruinas de una torre y los restos de una antigua calzada. Sancho les explicó que, antes de la división de los territorios fronterizos, aquel lugar había servido como punto de encuentro entre mensajeros y comerciantes. Allí se cruzaban caminos procedentes de las tierras cristianas y de los dominios musulmanes, y todavía quedaban casas abandonadas que podían ofrecer refugio a quienes necesitaran desaparecer durante unos días.
Al llegar a la torre, el desconocido los condujo hasta una construcción baja, parcialmente excavada en la ladera. La entrada estaba oculta detrás de un cobertizo derrumbado y solo podía distinguirse apartando unas tablas cubiertas de tierra. En el interior encontraron una estancia limpia, provista de un hogar, varios recipientes de barro y una mesa sobre la que descansaban dos libros encuadernados en cuero. Alguien había vivido allí recientemente.
Sancho encendió una lámpara y abrió uno de los libros. Las primeras páginas contenían anotaciones sobre caminos, nombres de aldeas y fechas que abarcaban varias décadas. Más adelante aparecían referencias al pacto de 1054 y a los movimientos de varias familias después de la traición. Samuel se inclinó sobre el volumen y comenzó a leer, mientras Elías buscaba entre las hojas alguna mención a los primeros guardianes.
Martín descubrió que una página había sido arrancada. En el borde rasgado quedaban restos de tinta y, junto al margen, una anotación escrita con la misma inclinación que la letra de su padre. Reconoció una palabra: testigo.
—Él estuvo aquí —dijo.
Sancho se acercó y examinó la página.
—Sí. Esta anotación la hizo tu padre. La escribió después de nuestra conversación, cuando regresó para comprobar un dato que yo le había dado. Debió de encontrar algo que lo obligó a marcharse antes de lo previsto.
—¿Qué dato?
—Que el testigo no era el único que había sido borrado de los registros. Había otro nombre ausente, vinculado a la entrega de las tierras y a la protección concedida al traidor. Tu padre creyó que ambos casos estaban relacionados, pero no consiguió demostrarlo.
Samuel pasó varias páginas y encontró una referencia a un documento guardado en una iglesia abandonada al norte. La anotación no incluía el nombre de la iglesia, aunque señalaba que se encontraba cerca de un camino utilizado por peregrinos y que el acceso estaba marcado por una piedra con cuatro líneas.
—Podría ser la pista que necesitamos —dijo.
—O una trampa preparada por quienes saben que seguimos el rastro de tu padre —advirtió Rodrigo.
Sancho cerró el libro.
—Por eso no iremos directamente. Primero debemos averiguar si alguien ha pasado por este refugio desde que tu padre se marchó. Si los hombres que atacaron la casa de los guardianes han encontrado el puente, no tardarán en registrar los caminos cercanos.
Mientras hablaban, Gabriel se acercó a una pequeña ventana y apartó con cuidado la tela que la cubría. Desde allí se veía la calzada y, más allá, el comienzo del valle. Al principio no distinguió nada fuera de lo habitual, pero después observó una figura montada que avanzaba lentamente entre los árboles. No parecía buscar el camino. Miraba hacia la torre.
—Tenemos compañía —dijo.
Rodrigo se acercó a la ventana y examinó al jinete. El hombre llevaba una capa oscura y no mostraba ningún emblema, pero su manera de avanzar indicaba que conocía el terreno. Poco después apareció otro jinete detrás de él, y ambos se detuvieron al llegar a la calzada.
Sancho apagó la lámpara.
—No han venido por casualidad.
Martín guardó la carta de su padre y la cuarta hoja. Elías recogió los libros que podían llevar consigo, mientras Samuel copiaba rápidamente la referencia de la iglesia abandonada. Rodrigo comprobó las armas y señaló una salida estrecha que conducía a la parte posterior de la construcción.
Antes de abandonar el refugio, Martín volvió a mirar la página arrancada. No sabía quién había eliminado aquel nombre ni por qué su padre había regresado a la casa después de conocer al testigo, pero empezaba a comprender que la historia del pacto no estaba dividida únicamente en seis hojas. También estaba formada por las vidas que habían sido borradas para que ciertas familias conservaran su poder y otras siguieran cargando con una culpa que quizá nunca les había pertenecido.
Salieron por la abertura posterior y se internaron entre los robles. Sancho los condujo hacia un sendero que ascendía en dirección a las montañas, lejos de la calzada. Cuando alcanzaron un punto desde el que podían observar la torre, vieron a los dos jinetes entrar en el refugio. Uno desmontó y examinó las huellas junto a la puerta, mientras el otro permanecía montado, vigilando los alrededores.
—Nos seguirán —dijo Gabriel.
—Sí —respondió Sancho—. Pero ahora tenemos algo que ellos ignoran.
Martín lo miró.
—¿Qué?
El anciano señaló la cuarta hoja que el joven llevaba protegida bajo la túnica.
—Tu padre creyó que necesitaba reunir las seis hojas para conocer la verdad. Quizá tenía razón, pero olvidó que las hojas fueron separadas porque un documento puede ser destruido y una memoria puede ser manipulada. Lo que los guardianes intentaron preservar no fue solamente un manuscrito. Fue el testimonio de quienes vivieron lo ocurrido.
—Entonces debemos encontrar al testigo —dijo Martín.
Sancho asintió y reanudó la marcha.
—Y cuando lo encontremos, tendrás que estar preparado para escuchar algo que quizá cambie todo lo que crees saber de tu padre.
Martín siguió caminando sin responder. Hasta entonces había pensado que su padre era un hombre que había desaparecido por investigar un secreto peligroso. Ahora empezaba a sospechar que podía haber descubierto algo mucho más doloroso: que la verdad que buscaba no solo comprometía a los poderosos, sino también a quienes él mismo había considerado inocentes.
El camino se internó entre las montañas y la torre quedó atrás. Delante se extendían tierras desconocidas, y en algún lugar de ellas vivía un hombre que había perdido su nombre para impedir que otros pagaran por una mentira. Martín no sabía si encontraría allí a su padre, pero estaba decidido a llegar hasta el final.
Esta vez no perseguía únicamente una ausencia. Perseguía la voz que podía explicar por qué tantos hombres habían tenido que desaparecer para que el pacto siguiera oculto.
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