No hubo denuncia ni detención.
Fue una ausencia menor. Un compañero que dejó de aparecer. Una vecina que ya no bajaba a comprar el pan. La ciudad absorbía esas desapariciones con eficacia.
Tomás supo que algo de lo que había firmado había servido para señalar. No directamente. Nunca era directo. Pero la relación estaba ahí, silenciosa, inevitable.
No podía probarlo. Eso lo hacía peor.
Elena lo notó distinto. No más callado, sino más cuidadoso. Como si midiera incluso sus propios pensamientos.
—Esto no es lo que queríamos —dijo ella una noche.
—No —respondió él—. Pero es lo que hay.
La herida no sangraba. No se veía. Pero estaba ahí, instalada. No era culpa clara ni traición evidente. Era una zona gris, exactamente el lugar donde la posguerra se sentía más cómoda.
Madrid seguía funcionando. Los tranvías pasaban. Los niños jugaban. La vida no se detenía por una conciencia herida.
Tomás comprendió que esa sería la verdadera lucha de los años siguientes: seguir siendo uno mismo sin romperse por dentro.
Elena lo supo también. Y decidió vigilar no solo a la ciudad, sino a él. Y a sí misma.
Porque en la posguerra, perderse no siempre era desaparecer.
A veces era ceder poco a poco hasta no reconocerse.
Ausencia de libertad. Un lobo hambriento acechaba . Aún sabiéndolo tenían que estar y seguir.
ResponderEliminarVuelvo a sentir que estoy en ese Madrid gris.
Besos Gustavo.