La visita llegó sin anuncio, como casi todo entonces.
Era un hombre correcto, educado, con una sonrisa que no pedía confianza, solo colaboración. Dijo conocer al conocido de su padre. Dijo comprender las dificultades de la época. Dijo muchas cosas sin decir nada concreto.
Tomás lo escuchó de pie. No lo invitó a sentarse.
—Hay personas que necesitan apoyo —dijo el hombre—. Gente que no ha sabido colocarse bien.
Tomás entendió el mensaje. Colocarse bien era una expresión nueva. Flexible. Amenazante.
—Yo no tengo influencia —respondió.
El hombre sonrió.
—Todo el mundo tiene alguna.
Se fue sin presión explícita. Dejó una tarjeta. Tomás la guardó sin mirarla. Supo que aquello no había terminado, que la visita no era una pregunta, sino un aviso.
Esa noche casi no durmió. No por miedo, sino por claridad. Entendió que el pasado ya no llamaba a la puerta por nostalgia, sino por utilidad.
Elena pagó el precio sin saberlo al principio.
La detuvieron en una inspección rutinaria. Nada violento. Solo preguntas. Papeles revisados una y otra vez. Un tiempo detenido en una habitación sin ventanas.
—¿A dónde iba?
—¿Con quién se ve?
—¿Por qué vuelve siempre tarde?
Respondió con precisión. Sin adornos. Sin desafío.
La dejaron ir al anochecer. Nadie le explicó nada. Nadie tuvo que hacerlo.
Volvió a casa con el cuerpo intacto y la certeza alterada. Sabía que ya no era invisible. Que alguien había anotado su nombre.
Cuando se lo contó a Tomás, él no reaccionó de inmediato. La miró largo rato.
—Esto ya nos alcanza a los dos —dijo.
—Siempre lo hizo —respondió ella.
Esa noche no hablaron más. No hacía falta. Ambos sabían que la posguerra había cruzado una línea: ya no se limitaba a observar. Empezaba a marcar.
Madrid seguía con su rutina.
Pero para algunos, la ciudad ya no era solo un lugar.
Era un expediente en construcción.
La presión y la constante vigilancia cae como un yugo, como has escrito en tu texto, que cada día es más cautivador, las visitas imprevistas.
ResponderEliminarCae la noche en un momento apacible.