No nació
en la fragua de los reyes.
Ni bajo bóvedas
de mármol y oro.
Fue forjada
donde el cielo
toca las montañas,
en una herrería
que solo aparece
cuando una estrella
decide caer
sin convertirse
en ceniza.
El herrero
no tenía nombre.
Los nombres,
decía,
pertenecen a quienes
desean ser recordados.
Él solo deseaba
hacer bien su obra.
Su fragua
ardía con un fuego
que no consumía la madera.
Se alimentaba
de promesas cumplidas,
de manos tendidas,
de lágrimas escondidas
y del silencioso valor
de quienes nunca
esperaron recompensa.
Cuando llegó
el metal del cielo,
no brillaba.
Parecía
una piedra cualquiera,
oscura,
humilde,
cubierta aún
por el polvo
de las constelaciones.
El herrero
no levantó enseguida
el martillo.
Primero
escuchó.
Porque toda materia
guarda una música,
y ninguna espada
debe nacer
sin conocer
la canción
de aquello
de lo que ha sido hecha.
Durante siete noches
permaneció inmóvil.
El metal
recordó entonces
el viaje
que había comenzado
mucho antes
de que existieran
la luna,
los mares
o los árboles.
Recordó
el incendio
de las estrellas jóvenes,
el lento girar
de los mundos,
la soledad
del espacio
y el primer rayo de luz
que atravesó
la oscuridad.
Solo entonces
el herrero
levantó el martillo.
Cada golpe
era una palabra.
Pronunciaba hechizos.
Virtudes.
Valor.
Templanza.
Justicia.
Compasión.
Esperanza.
Memoria.
Sacrificio.
Con cada nombre,
el acero
se hacía
más ligero.
Más puro.
Más silencioso.
Al séptimo amanecer,
la espada
estaba terminada.
Parecía hecha
de un amanecer
aprisionado
entre dos filos.
Los siete reyes
acudieron
a contemplarla.
Ninguno
consiguió desenvainarla.
El primero
tenía demasiada prisa.
El segundo
demasiado orgullo.
El tercero
demasiado miedo.
Y así ocurrió
con todos.
Hasta que habló
el anciano herrero.
—No buscáis
una espada.
Buscáis
una victoria.
Y esta hoja
no pertenece
a quien desea vencer,
sino
a quien está dispuesto
a perderlo todo
por aquello
que no puede comprarse.
Los reyes
inclinaron la cabeza.
Comprendieron
que el acero
no los rechazaba.
Era su corazón
el que aún
no estaba preparado.
Entonces,
desde el fondo
del bosque,
llegó
una muchacha.
No llevaba corona.
No llevaba armadura.
Traía entre las manos
un pequeño brote
de encina,
arrancado
de una tierra
que la Niebla
había comenzado
a marchitar.
Se acercó
sin temor.
Clavó el brote
junto al yunque.
Después,
tomó la espada.
Esta vez,
el acero
cantó.
No era un sonido
de guerra.
Era la misma melodía
que los árboles
entonaban
cuando despertaba
la primavera.
El herrero
sonrió.
—Ahora ya tiene dueño.
Pero no porque seas
la más fuerte.
Sino porque has comprendido
que una espada
solo merece existir
si un día
es capaz
de volver a descansar.
La muchacha
alzaba el arma
y en su hoja
no se reflejaba
su rostro.
Se reflejaba
el mundo
tal como era
antes del miedo.
Los presentes
guardaron silencio.
Porque comprendieron
que aquella espada
no había sido forjada
para conquistar reinos.
Había sido forjada
para recordarles
qué clase de mundo
merecía ser salvado.
Y la estrella, desde lo alto, reconoció en el acero una luz que ya no le pertenecía.
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