Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 14 de agosto de 2026

La espada forjada con luz de estrella

 No nació

en la fragua de los reyes.

Ni bajo bóvedas

de mármol y oro.

Fue forjada

donde el cielo

toca las montañas,

en una herrería

que solo aparece

cuando una estrella

decide caer

sin convertirse

en ceniza.

El herrero

no tenía nombre.

Los nombres,

decía,

pertenecen a quienes

desean ser recordados.

Él solo deseaba

hacer bien su obra.

Su fragua

ardía con un fuego

que no consumía la madera.

Se alimentaba

de promesas cumplidas,

de manos tendidas,

de lágrimas escondidas

y del silencioso valor

de quienes nunca

esperaron recompensa.

Cuando llegó

el metal del cielo,

no brillaba.

Parecía

una piedra cualquiera,

oscura,

humilde,

cubierta aún

por el polvo

de las constelaciones.

El herrero

no levantó enseguida

el martillo.

Primero

escuchó.

Porque toda materia

guarda una música,

y ninguna espada

debe nacer

sin conocer

la canción

de aquello

de lo que ha sido hecha.

Durante siete noches

permaneció inmóvil.

El metal

recordó entonces

el viaje

que había comenzado

mucho antes

de que existieran

la luna,

los mares

o los árboles.

Recordó

el incendio

de las estrellas jóvenes,

el lento girar

de los mundos,

la soledad

del espacio

y el primer rayo de luz

que atravesó

la oscuridad.

Solo entonces

el herrero

levantó el martillo.

Cada golpe

era una palabra.

Pronunciaba hechizos.

Virtudes.

Valor.

Templanza.

Justicia.

Compasión.

Esperanza.

Memoria.

Sacrificio.

Con cada nombre,

el acero

se hacía

más ligero.

Más puro.

Más silencioso.

Al séptimo amanecer,

la espada

estaba terminada.

Parecía hecha

de un amanecer

aprisionado

entre dos filos.

Los siete reyes

acudieron

a contemplarla.

Ninguno

consiguió desenvainarla.

El primero

tenía demasiada prisa.

El segundo

demasiado orgullo.

El tercero

demasiado miedo.

Y así ocurrió

con todos.

Hasta que habló

el anciano herrero.

—No buscáis

una espada.

Buscáis

una victoria.

Y esta hoja

no pertenece

a quien desea vencer,

sino

a quien está dispuesto

a perderlo todo

por aquello

que no puede comprarse.

Los reyes

inclinaron la cabeza.

Comprendieron

que el acero

no los rechazaba.

Era su corazón

el que aún

no estaba preparado.

Entonces,

desde el fondo

del bosque,

llegó

una muchacha.

No llevaba corona.

No llevaba armadura.

Traía entre las manos

un pequeño brote

de encina,

arrancado

de una tierra

que la Niebla

había comenzado

a marchitar.

Se acercó

sin temor.

Clavó el brote

junto al yunque.

Después,

tomó la espada.

Esta vez,

el acero

cantó.

No era un sonido

de guerra.

Era la misma melodía

que los árboles

entonaban

cuando despertaba

la primavera.

El herrero

sonrió.

—Ahora ya tiene dueño.

Pero no porque seas

la más fuerte.

Sino porque has comprendido

que una espada

solo merece existir

si un día

es capaz

de volver a descansar.

La muchacha

alzaba el arma

y en su hoja

no se reflejaba

su rostro.

Se reflejaba

el mundo

tal como era

antes del miedo.

Los presentes

guardaron silencio.

Porque comprendieron

que aquella espada

no había sido forjada

para conquistar reinos.

Había sido forjada

para recordarles

qué clase de mundo

merecía ser salvado.


Y la estrella, desde lo alto, reconoció en el acero una luz que ya no le pertenecía.


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