Hubo un puente
que ningún alba mostraba
y que ningún ocaso
conseguía ocultar.
No estaba hecho de piedra,
ni de madera,
ni de hierro.
Lo sostenían
los juramentos
que nunca llegaron
a pronunciarse.
Un extremo
descansaba
en el Reino de la Aurora,
donde los árboles
florecían con música
y los lagos
guardaban el reflejo
de las constelaciones.
El otro
se perdía
en el Reino de las Cenizas,
donde las ciudades
levantaban torres
contra el viento
y los hombres
aprendían demasiado pronto
el precio del tiempo.
Nadie podía cruzarlo.
Así lo habían dispuesto
los antiguos pactos,
firmados cuando el cielo
todavía conservaba
el aroma
del primer amanecer.
Pero el destino
es un jardinero paciente.
Siempre encuentra
una grieta
entre las piedras.
Ella
era hija
del pueblo de la luz.
Llevaba en el cabello
el resplandor
de las hojas nuevas,
y en los ojos
el verde profundo
de los bosques
que jamás conocerían el invierno.
Él
era hijo
de los hombres.
No poseía magia.
No conocía
la lengua secreta
de los árboles.
Solo tenía
unas manos
endurecidas
por el trabajo,
una voz serena
y un corazón
que jamás aprendió
a rendirse.
Se encontraron
cuando la niebla
cubría el puente
como un manto.
No preguntaron
sus nombres.
Hay almas
que se reconocen
antes de hablar.
Desde entonces,
cada luna llena
regresaban
al mismo lugar.
Ella le enseñó
que las estrellas
no eran luces lejanas,
sino semillas
de futuros posibles.
Él le enseñó
que una humilde flor
nacida entre las piedras
podía desafiar
a todo un invierno.
Ella le hablaba
de dragones
que dormían
bajo montañas de cristal.
Él le hablaba
de madres
que esperaban
a sus hijos
con una lámpara encendida
hasta el amanecer.
Ella descubrió
la belleza
de lo efímero.
Él comprendió
la nostalgia
de lo eterno.
Así fueron pasando
las estaciones.
Hasta que el puente
comenzó a desvanecerse.
Los antiguos pactos
despertaban.
Las viejas fronteras
reclamaban
su silencio.
Aquella última noche,
la luna
parecía suspendida
sobre el mundo
como una lágrima
que se negara a caer.
—Si cruzas conmigo,
perderás la inmortalidad.
—Si me quedo,
perderé la vida
sin haberte vivido.
El viento
guardó aquellas palabras
entre las ramas.
Nadie supo
qué decisión tomaron.
Al amanecer,
el puente
había desaparecido.
Solo quedó
una flor blanca
creciendo
sobre el vacío.
Los bardos
discutieron durante siglos.
Algunos aseguraban
que ambos
renunciaron
a sus reinos
para comenzar
una vida desconocida.
Otros afirmaban
que el puente
los separó para siempre.
Pero los árboles,
que rara vez
desmienten a los hombres,
cada primavera
dejan caer
dos pétalos
sobre el mismo lugar.
Uno
tiene el color
del alba.
El otro,
el del crepúsculo.
Y cuando el viento
los une
antes de tocar la tierra,
parece que el mundo entero
contiene el aliento.
Porque hay amores
que no pertenecen
a una sola vida,
ni a un solo reino.
Son puentes invisibles
entre aquello que somos
y aquello
que todavía soñamos ser.
Melancólico , poético.
ResponderEliminarSi cruzas conmigo perderás la inmortalidad
Si me quedo perderé la vida sin haberte vivido.
Lo que más me ha gustado.
Casa vez escribes mejor
Muchas gracias María. Besos inmortales siempre
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