La lluvia los acompañó durante buena parte de la noche. El sendero que abandonaba San Jerónimo se internaba entre robles y encinas, descendiendo hacia un arroyo que, con las primeras precipitaciones, comenzaba a desbordarse. Rodrigo marchaba delante, buscando un lugar donde pudieran detenerse sin quedar expuestos desde el camino. Sancho cerraba la marcha y volvía la cabeza a intervalos, atento a cualquier ruido que pudiera anunciar la llegada de sus perseguidores.
Martín apenas hablaba.
Llevaba la pequeña tablilla de madera entre las manos. La había leído tantas veces que podía repetir cada palabra sin necesidad de mirarla. La letra de su padre era inconfundible: la inclinación de las letras, el trazo irregular de las últimas líneas, aquella manera de prolongar la última vocal cuando escribía deprisa.
Su padre había estado allí. Había dejado un mensaje para él. Y, sin embargo, seguía sin saber dónde se encontraba.
Gabriel se acercó mientras avanzaban.
—¿Qué pone exactamente?
Martín le entregó la tablilla.
Gabriel leyó la frase despacio y se la devolvió.
—Tu padre sabía que algún día llegarías.
—O quería que alguien encontrara esto, aunque no fuera yo.
—¿Crees que sigue vivo?
Martín tardó en responder.
—No lo sé. Pero ahora tengo algo que antes no tenía. Sé que llegó hasta aquí y que se marchó por voluntad propia. No fue una desaparición ocurrida en el camino. Estaba siguiendo una pista.
Gabriel asintió. Después se llevó la mano al brazo herido. La humedad había reblandecido el vendaje y la sangre volvía a manchar la tela.
—Debemos detenernos —dijo Martín.
—Puedo continuar.
—No te lo estoy preguntando.
Rodrigo había encontrado una pequeña construcción de piedra junto al arroyo. Parecía un antiguo cobertizo utilizado por los pastores. El techo estaba parcialmente hundido, pero una parte del interior permanecía seca. Se refugiaron allí mientras Hernán encendía una pequeña lumbre con ramas que Sancho había protegido bajo su capa.
Samuel examinó el brazo de Gabriel y limpió la herida con agua hervida. El joven apretó los dientes, pero no se quejó.
—No está infectada —dijo Samuel—, aunque necesita reposo. Si sigues forzándola, tardará mucho más en cerrar.
—No tenemos tiempo para reposar.
—Precisamente por eso debes conservar el brazo.
Mientras Samuel terminaba el vendaje, Rodrigo se sentó junto a Martín.
—Tenemos que decidir qué hacer con lo que hemos descubierto.
—Volver a San Jerónimo —respondió Martín.
—No podemos hacerlo sin saber cuántos hombres permanecen allí.
—Sebastián sigue dentro.
—Y Bernardo también —añadió Hernán—. No podemos abandonarlos.
Sancho permanecía apartado, mirando el fuego.
—El hombre de la cicatriz no trabaja solo. Lo vi en Santa Olalla hablando con los jinetes. Si ha seguido la pista hasta San Jerónimo, debe de tener informadores en varias propiedades. Volver ahora sería entregarles a todos nosotros.
Martín se levantó.
—No pienso dejar que capturen a Sebastián por nuestra culpa.
—Quizá ya lo hayan capturado —dijo Sancho.
La frase cayó sobre ellos como una piedra.
Martín se acercó al anciano.
—Tú conocías a hombres como ese. ¿Sabes quién es?
Sancho negó con la cabeza.
—Conozco su manera de actuar. Vigila, espera y deja que otros hagan el trabajo. No necesita matar a un hombre si puede conseguir que desaparezca de los registros, que pierda sus bienes o que nadie crea lo que cuenta. Es más peligroso que un soldado porque sabe que el miedo puede durar generaciones.
—¿Y tú trabajaste para alguien así?
Sancho levantó la vista.
—Sí.
No añadió nada más.
Hernán dejó de alimentar el fuego.
—Sancho, ha llegado el momento de que nos cuentes qué relación tuviste con aquella casa señorial que mencionó Sebastián.
El anciano guardó silencio durante un largo rato. Finalmente se sentó frente a Martín.
—Durante mi juventud serví a un señor que mantenía acuerdos con varias casas de la frontera. No era un hombre excepcionalmente cruel. Era inteligente, ambicioso y estaba convencido de que la paz dependía de que todos le debieran algo. Cuando comenzaron las conversaciones que condujeron al pacto de 1054, sus intereses quedaron amenazados. Si las familias protegidas por los tres firmantes dejaban de depender de los señores locales, perdería una parte importante de su influencia.
—¿Intentó impedir el pacto? —preguntó Rodrigo.
—No lo sé. Nunca recibí una orden directa para sabotearlo. Lo que sí hice fue llevar mensajes entre hombres que querían conocer el resultado de las conversaciones. Después me pidieron que averiguara qué familias habían sido incluidas en la relación y quiénes podían ser obligados a obedecer.
—¿Tú conocías la lista? —preguntó Martín.
—Conocí una copia parcial. No la preparé y no vi la orden original. Pero ayudé a trasladar documentos que podían utilizarse para identificar a algunas familias.
—Entonces participaste.
—Sí.
La respuesta no tuvo excusas.
—¿Y qué ocurrió después? —preguntó Samuel.
—Con el paso de los años comprendí que los nombres no se utilizaban únicamente para garantizar la obediencia. Algunos fueron empleados para justificar confiscaciones, otros para acusar a familias enteras de mantener tratos con el enemigo. Yo mismo entregué información que permitió localizar a personas que habían intentado permanecer al margen de los conflictos.
Martín recordó la advertencia de su padre: no buscar únicamente a los culpables, sino también a quienes tuvieron la oportunidad de impedirlo y eligieron callar.
—¿Ayudaste a mi padre? —preguntó.
Sancho sostuvo su mirada.
—Sí. Y también le oculté cosas.
—¿Qué cosas?
—Cuando nos encontramos en el valle, hace tres años, ya sabía que Sebastián había conservado una copia de la declaración. También sabía que existía un registro de pagos. No le dije todo porque temía que, si encontraba los nombres, los utilizara para enfrentarse a hombres que todavía tenían poder suficiente para destruirlo.
—Mi padre tenía derecho a conocerlo.
—Lo tenía. Y yo debí confiar en él.
Martín se apartó. La confesión de Sancho no resolvía nada, pero añadía otra sombra a una historia que ya estaba llena de ellas.
—¿Quién era tu señor? —preguntó Rodrigo.
Sancho miró a los presentes uno por uno.
—Don García de Valcárcel.
Hernán frunció el ceño.
—¿El antepasado de la familia de Rodrigo?
—No puedo asegurar que fuera su antepasado directo. El apellido aparece en distintas ramas y algunas genealogías se han alterado con los años. Pero aquel señor pertenecía a la casa de Valcárcel. Fue uno de los hombres que más se beneficiaron de los acuerdos de protección, porque conocía los nombres de las familias y podía negociar con quienes tenían autoridad sobre ellas.
Rodrigo permaneció inmóvil.
—¿Estás diciendo que mi familia participó en la preparación de la lista?
—Estoy diciendo que un hombre de esa casa tuvo acceso a ella y utilizó la información. No sé si ordenó prepararla, si conocía a quien la encargó o si se limitó a aprovecharse de lo que otros habían hecho.
—Mi padre jamás me habló de eso.
—Quizá nunca lo supo. No todos los descendientes heredan las culpas de sus antepasados, Rodrigo. Pero tampoco pueden exigir que la historia permanezca enterrada para conservar su honor.
Rodrigo bajó la mirada. Durante el viaje había temido encontrar el nombre de su familia entre los responsables, pero nunca había imaginado que la revelación llegaría de boca de Sancho.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué recibiste por tus servicios?
—Protección, dinero y un nombre que no era el mío. Durante años creí que había salido ganando. Después comprendí que había pasado el resto de mi vida huyendo de aquello que había ayudado a construir.
Samuel se acercó al fuego.
—Ahora tenemos que distinguir tres cosas: la orden que puso en marcha la relación, los hombres que la ejecutaron y quienes utilizaron después los nombres. No podemos atribuir a todos la misma responsabilidad.
—Eso es lo que pretendía mi padre —dijo Martín.
Sancho asintió.
—Y por eso temo que esté muerto.
—¿Por qué?
—Porque los hombres que se benefician de una mentira no suelen perdonar a quien intenta demostrar que la mentira fue construida por muchos.
La conversación quedó interrumpida por un ruido procedente del exterior.
Rodrigo apagó la lumbre con un puñado de tierra. Sancho se acercó a la entrada y miró por una abertura entre las piedras.
Una figura avanzaba lentamente junto al arroyo. Llevaba una capa oscura y caminaba apoyándose en un bastón. Al llegar frente al cobertizo se detuvo.
—No tengáis miedo —dijo una voz de mujer—. Vengo de San Jerónimo.
Martín reconoció el tono antes de que la desconocida entrara.
Era Bernardo.
El guardián apareció empapado, con un corte en la frente y la ropa desgarrada. Llevaba bajo la capa un pequeño paquete envuelto en tela encerada.
—¿Dónde está Sebastián? —preguntó Martín.
Bernardo se apoyó contra la pared.
—Lo han capturado.
Martín dio un paso hacia él.
—¿Está vivo?
—Cuando me marché, sí. El hombre de la cicatriz lo había encerrado en la antigua dependencia de los escribanos. Querían que les entregara la declaración y el registro de las entregas.
—¿Y los documentos? —preguntó Samuel.
Bernardo puso el paquete sobre una piedra.
—Sebastián me entregó esto antes de que entraran. Me ordenó que lo sacara de la casa y que lo llevara a alguien capaz de comprenderlo. No he tenido tiempo de abrirlo.
Samuel retiró la tela.
Dentro había una hoja doblada, un pequeño fragmento de pergamino y una carta sellada.
Martín reconoció la letra de inmediato.
Era la de su padre.
Se quedó inmóvil mientras Samuel abría la carta con cuidado. El pergamino estaba deteriorado, pero la escritura se conservaba legible.
«A quien encuentre estas palabras:
Si has llegado hasta San Jerónimo, habrás comprendido que la relación de familias no fue preparada por un solo hombre ni utilizada con un único propósito. La orden inicial fue transmitida por un intermediario, recibida por un oficial y convertida después en instrumento de obediencia.
He encontrado el nombre del hombre que autorizó el primer traslado. También he descubierto que la copia conservada por la administración fue modificada después del juramento. Sin embargo, todavía falta una prueba que permita demostrar quién dio la orden original.
Sebastián conserva una parte de esa prueba. La otra se encuentra en un registro que nunca debió salir de la casa de Valcárcel.
Si llegas hasta él, no confundas el nombre de una familia con la responsabilidad de todos sus miembros. Quienes nacieron después no deben responder por las decisiones de quienes les precedieron.
No he terminado mi búsqueda. Debo continuar hacia el norte, donde se conserva el último registro de correspondencia. Si no regreso, no permitas que mi ausencia convierta la verdad en una acusación.
Tu padre».
Martín leyó la carta dos veces.
La última línea le produjo una mezcla de alivio y angustia. Su padre había escrito que continuaría hacia el norte. No había anunciado una despedida definitiva, ni había dado por concluida la investigación. Había seguido buscando.
—¿Cuándo entregó esta carta? —preguntó.
Bernardo respiró hondo.
—La dejó aquí hace tres años. Sebastián debía entregarla únicamente cuando apareciera alguien de su familia. Me dijo que no quería que la leyera un desconocido ni que se utilizara para atraer a otros descendientes de los firmantes.
—¿Por qué no me la entregaron antes?
—Porque Sebastián no sabía si seguías vivo, ni si habías llegado a la edad suficiente para comprender lo que significaba. Además, durante estos años hemos recibido amenazas. La casa dejó de ser un refugio seguro.
Martín sostuvo la carta contra el pecho.
Su padre seguía siendo una incógnita, pero la distancia que los separaba parecía haberse reducido. Ya no perseguía únicamente un recuerdo. Seguía los pasos de un hombre que había estado en aquellas mismas habitaciones y que había dejado instrucciones para quien viniera después.
Samuel examinó el pequeño fragmento de pergamino.
—Aquí hay una referencia.
La hoja contenía una lista de lugares y fechas. Al final, una anotación señalaba un antiguo archivo situado en tierras de Valcárcel. Junto al nombre de la propiedad aparecía una indicación:
«Registro de correspondencia, cámara inferior. La llave no se conserva en la casa principal».
Rodrigo reconoció el lugar.
—Es el antiguo castillo de mi familia.
Todos se volvieron hacia él.
—Mi padre me llevó allí cuando era niño —continuó—. La fortaleza quedó abandonada después de que la rama principal se trasladara a otras tierras. Parte de los documentos fueron llevados a la casa nueva, pero recuerdo una cámara bajo la torre oriental. Mi padre decía que allí se guardaban los libros que ya nadie consultaba.
—¿Sabes si sigue en pie? —preguntó Hernán.
—No lo sé. Hace años que nadie de mi familia vive allí.
Sancho miró el fragmento.
—Si el registro está en esa cámara, puede contener el nombre de quien dio la orden inicial.
—Y también el de los hombres que la ejecutaron —añadió Samuel.
Martín dobló la carta con cuidado.
—Entonces iremos.
Bernardo se incorporó con dificultad.
—No podéis marcharos todavía. Hay algo más. Antes de que me fuera, escuché al hombre de la cicatriz hablar con Sebastián. Le dijo que no buscaba la declaración ni la relación de familias. Quería saber dónde estaba el registro que vuestro padre había encontrado.
—¿Por qué? —preguntó Gabriel.
Bernardo miró a Martín.
—Porque el nombre que aparece en ese registro no es el de un hombre muerto hace treinta años. Es el de alguien que todavía vive y que continúa teniendo autoridad sobre quienes custodian aquellos documentos.
El silencio se extendió por el cobertizo.
Rodrigo se acercó al pergamino y examinó la anotación de Valcárcel.
—Si es alguien de mi familia, quiero saberlo.
—Puede serlo —dijo Bernardo—. Pero también podría tratarse de un administrador, un antiguo oficial o alguien que recibió el cargo después. Sebastián no llegó a decírmelo.
Martín guardó la carta de su padre junto a la tablilla de madera.
Ahora tenían un destino, una prueba que buscar y un hombre al que rescatar. Pero también una nueva amenaza: la persona que había ordenado ocultar la verdad podía seguir viva, protegida por el mismo sistema de poder que había permitido que la relación de familias sobreviviera durante treinta años.
Fuera, la lluvia había cesado.
En el horizonte comenzaba a clarear. El grupo se preparó para abandonar el refugio, pero Martín se detuvo antes de salir.
—No vamos a dejar a Sebastián.
Rodrigo asintió.
—Primero regresaremos a San Jerónimo. Después iremos al castillo.
Sancho recogió su espada.
—Entonces será mejor que nos demos prisa. Si el hombre de la cicatriz consigue que Sebastián hable, sabrá que la última pieza de la historia está en manos de Rodrigo.
El joven caballero miró hacia el norte.
Por primera vez desde que había iniciado aquella búsqueda, comprendió que el secreto de 1054 no solo podía comprometer el pasado de su familia. También podía poner en peligro su futuro.
Y, en algún lugar de San Jerónimo, un anciano que había guardado silencio durante treinta años esperaba que alguien llegara antes de que sus captores decidieran que ya no necesitaban mantenerlo con vida.
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