Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

miércoles, 28 de enero de 2026

Diario de Guerra-Prólogo

 Madrid resiste, roja madrugada,
con puños de ladrillo y voz en pie.
El miedo se derrumba en trincheras,
y el Manzanares guarda el voto.
No pasarán, murmura cada calle
bajo un cielo de balas pan duro.
La gente alza su hambre escudo
y el alba aprende a resistir.

 

PRIMERA PARTE

DONDE TODO EMPIEZA 

 

Madrid amaneció sitiada, pero no vencida. El otoño de 1936 había cerrado sus puños sobre la ciudad, y el aire olía a humo, a pan escaso y a miedo compartido. Aun así, las calles seguían vivas. Entre sacos de arena y tranvías detenidos, la gente caminaba deprisa, como si el simple acto de avanzar fuese ya una forma de resistencia.

Cuando los primeros cañonazos retumbaron en la Casa de Campo, Madrid entendió que la guerra no era un rumor lejano, sino una presencia que llamaba a la puerta. Milicianos mal armados, soldados del ejército republicano y vecinos sin uniforme se mezclaron en las barricadas. Nadie preguntaba de dónde venías; solo importaba si estabas dispuesto a quedarte.

En la Ciudad Universitaria, los edificios recién levantados se convirtieron en fortalezas improvisadas. Las aulas cambiaron los libros por fusiles, y las bibliotecas aprendieron el lenguaje seco de las explosiones. Allí, estudiantes que la víspera discutían sobre filosofía defendían pasillos palmo a palmo, convencidos de que cada metro ganado era tiempo robado al enemigo.

Madrid resistía también en lo pequeño. En los sótanos, las mujeres organizaban comedores, cosían vendas, calmaban a los niños mientras el suelo temblaba. En las azoteas, vigías improvisados avisaban de los bombardeos con gritos que recorrían los barrios como relámpagos. Nadie estaba a salvo, pero nadie estaba solo.

El lema “No pasarán” no era solo una consigna: era una forma de respirar. Se pintaba en muros, se murmuraba en voz baja, se gritaba cuando el miedo amenazaba con ganar terreno. No significaba que no hubiera dolor ni pérdidas; significaba que, pese a todo, la ciudad no se rendía.

Las noches eran las peores. Los aviones surcaban el cielo y dejaban caer su carga sobre hospitales, mercados, casas humildes. Al amanecer, Madrid se levantaba herida, contaba a sus muertos y volvía a empezar. Las campanas ya no marcaban las horas: lo hacía el ritmo irregular de la artillería.

Pasaron los días, luego las semanas. La ciudad aguantó. No por milagro, sino por la obstinación de quienes defendían algo más que edificios: defendían la idea de que Madrid era su casa, su memoria y su futuro. Cuando el frente se estabilizó y el asalto directo fracasó, quedó claro que la capital había ganado una batalla que no se medía solo en términos militares.

Madrid no salió intacta de aquella defensa, pero salió de pie. Y en sus calles quedó grabada una lección dura y luminosa: que incluso bajo el asedio más brutal, una ciudad puede convertirse en un acto colectivo de valentía.


2 comentarios:

  1. Precioso el poema de cabecera.

    Puede ser una oda a Madrid . Muy interesante, mucho.

    Besos Gustavo.

    ResponderEliminar