Las primeras decisiones no parecían importantes. Precisamente por eso eran peligrosas.
En Lavapiés, Tomás se encontró con Manuel en la escalera. Hablaron poco. Manuel le pidió un favor sencillo: guardar unos papeles durante unos días, nada comprometido, solo por precaución. Tomás dudó. No por desconfianza, sino por intuición. Aun así, aceptó. Le parecían inofensivos. Demasiado para negarse.
Cuando subió a casa, dejó los papeles en un cajón que casi no usaba. Cerrarlo fue un gesto mínimo, pero al hacerlo sintió algo nuevo: la conciencia de haber cruzado una línea invisible.
En Vallecas, Elena tomó una decisión distinta, pero igual de pequeña. Una vecina le pidió que llevara un mensaje a un familiar al otro lado de la ciudad. Elena dijo que no. No explicó por qué. No se disculpó. Aquella negativa le pesó, pero también la alivió. Había aprendido que no todo acto solidario era seguro, y que sobrevivir exigía elegir a quién ayudar y a quién no.
Esa tarde se vieron un rato. Caminaron juntos sin rumbo fijo. Tomás le contó lo de los papeles, casi con vergüenza.
—No parecían importantes —dijo.
Elena no lo reprendió. Tampoco lo tranquilizó del todo.
—Las cosas más peligrosas casi nunca lo parecen —respondió.
A partir de ese día, ambos empezaron a medir mejor sus gestos. No dejaron de ser quienes eran, pero comenzaron a dosificar. Ayudar cuando podían. Callar cuando hacía falta. Observar siempre.
La guerra seguía avanzando por la ciudad, pero algo había cambiado dentro de ellos. Ya no reaccionaban solo por impulso o confianza. Cada acción, por pequeña que fuera, se convertía en una elección.
Y cada elección empezaba a tener peso.
Los acontecimientos cambian a las personas. Ya empieza a oler diferente. Se me antoja otra vez estar en ese Madrid bélico.
ResponderEliminarBesos Gustavo.
Creo que todavía quedan vueltas jaja.
EliminarBesos siempre