A la mañana siguiente, Madrid se despertó dividida.
No había una línea visible que separara una parte de otra, pero todos parecían saber dónde no debían entrar. Calles cortadas, edificios marcados, grupos que se formaban y se disolvían con rapidez.
En Lavapiés, Tomás caminaba con cuidado, reconociendo su propio barrio como si lo viera por primera vez. Había esquinas que ya no ofrecían refugio y otras que se habían vuelto peligrosas sin razón aparente.
Un vecino le aconsejó no cruzar cierta calle. No explicó por qué. No hizo falta.
Elena cruzó media ciudad para encontrarse con él. Tardó más de lo habitual. Tuvo que cambiar de ruta dos veces, evitar plazas donde se concentraba demasiada gente, pasar por portales donde nadie hacía preguntas. Cuando por fin se vieron, no hablaron de lo ocurrido. Caminaron juntos unos minutos, midiendo el pulso de la ciudad.
—Esto ya no es lo mismo —dijo Tomás al fin.
—No —respondió Elena—. Y no va a volver a serlo.
Había zonas donde la vida continuaba con una normalidad forzada y otras donde el miedo se mostraba sin disimulo. La ciudad se había fragmentado en pequeños territorios invisibles. Cada uno exigía una forma distinta de estar, de mirar, de callar.
Tomás notó que ya no caminaba distraído. Sus pasos eran más cortos, más atentos. Elena, en cambio, parecía confirmar algo que ya sabía: que la ciudad exigía ahora aprendizaje rápido o castigo inmediato.
Al despedirse, Elena le dio una indicación concreta, casi trivial.
—No vuelvas siempre por el mismo camino.
Tomás asintió. Esa frase, tan simple, marcó el final de algo que no volvería.
Madrid seguía funcionando pero ya no con la misma ligereza, las calles estaban partidas donde se empezaba a aprender de qué lado se podía sobrevivir.
Me a provocado cierta inquietud, pero me gusta y, muchísimo Gustavo
ResponderEliminarEsa es la idea María. Me alegra que te vaya gustando.
EliminarBesos siempre