El ruido llegó antes que las explicaciones.
Tomás estaba despierto cuando lo oyó por primera vez. No supo decir qué era exactamente: un estallido seco, seguido de un silencio extraño, demasiado tenso para ser normal. Se incorporó en la cama y esperó. En la corrala, otras ventanas se abrieron casi al mismo tiempo. Nadie habló. El segundo ruido fue más claro, más cercano. Entonces ya no hubo duda.
Madrid acababa de romperse.
Las calles se llenaron de pasos apresurados, de voces que preguntaban sin esperar respuesta. Alguien gritó desde un balcón, otro respondió desde abajo. Los rumores se volvieron inútiles; ahora solo quedaba el presente, brutal y sin matices. Tomás bajó las escaleras sin pensarlo demasiado. En el portal, varios vecinos discutían a media voz, como si el miedo pudiera oírlos mejor que las palabras.
—Dicen que ha empezado —murmuró alguien.
Nadie preguntó qué.
En Vallecas, Elena estaba en la calle cuando sonaron los primeros tiros. Se detuvo en seco, no por sorpresa, sino por cálculo. Miró a su alrededor: gente corriendo sin rumbo, otros quietos, paralizados. Supo de inmediato que no debía quedarse allí. Cambió de dirección, se metió por una calle lateral y avanzó sin correr, pero sin dudar.
Esa noche no hubo refugio real. Solo casas cerradas, luces apagadas, radios encendidas a volumen bajo. Madrid no dormía, pero fingía hacerlo. Tomás regresó a su piso pasada la medianoche. Se sentó en una silla, con la chaqueta puesta, escuchando los ruidos lejanos que ya no sabía identificar.
Pensó en Elena. En su manera de caminar. En si estaría a salvo.
Nadie dio órdenes claras. Nadie explicó nada del todo. Pero todos entendieron lo mismo: lo que había empezado no iba a detenerse con facilidad.
Al amanecer, la ciudad seguía en pie.
Pero ya no era la misma.
Un café y tú texto. Que bien has empezado Gustavo.
ResponderEliminar