El regreso a Toledo se hizo bajo un cielo encapotado. Martín, Gabriel y Rodrigo avanzaban por el camino de la Vega, evitando las rutas más transitadas. La noticia de que varios jinetes habían sido vistos cerca de la capilla de los Olmos podía llegar pronto a oídos de quienes los perseguían, y ninguno de los tres deseaba conducirlos directamente hasta Samuel y los demás.
Gabriel caminaba con dificultad por la herida del brazo. Martín le ofreció ayuda, pero el joven rechazó el gesto.
—No es nada. He tenido heridas peores.
—Eso no significa que debas ignorarla —repuso Martín.
—Mi padre decía lo mismo.
Rodrigo, que marchaba unos pasos por delante, volvió la cabeza.
—Parece que nuestros padres tenían más cosas en común de las que nos contaron.
Gabriel lo miró con cierta desconfianza.
—¿Qué sabes de tu padre?
—Que guardaba un símbolo relacionado con el pacto y que me ocultó su origen. También sé que conocía el nombre de tu familia.
—Entonces quizá podamos ayudarnos.
—O quizá descubramos que nuestros padres fueron enemigos.
Gabriel se detuvo.
—¿Eso cambiaría algo?
Rodrigo tardó en contestar.
—Depende de lo que hicieron.
Martín intervino antes de que la conversación se volviera más áspera.
—Nuestros padres ya no pueden responder por nosotros. Lo que importa es lo que hagamos ahora.
Reanudaron la marcha. Al acercarse a las murallas, Gabriel los condujo por un sendero secundario hasta una pequeña puerta junto a un antiguo almacén. Allí los esperaba Yusef, cubierto con una capa oscura.
—Habéis tardado —dijo.
—Nos han seguido —respondió Rodrigo.
—Lo sé. Dos hombres preguntaron por vosotros en el barrio de los escribas. Samuel los entretuvo mientras Aixa buscaba información sobre Ibn Faraj.
—¿Y Elías? —preguntó Martín.
—Ha desaparecido.
Martín se volvió hacia Gabriel.
—¿Sabes dónde puede estar?
Gabriel negó con la cabeza.
—Si se ha marchado, tendrá sus motivos.
Yusef abrió la puerta del almacén y los hizo entrar. En el interior, entre sacos de grano y herramientas, Samuel aguardaba junto a una mesa. Aixa estaba de pie ante una pequeña ventana, vigilando la calle.
—Habéis encontrado a Gabriel —dijo Samuel.
—Y una carta de su padre —respondió Martín.
Aixa se acercó.
—¿Qué decía?
Martín le entregó el documento. Ella lo leyó en silencio y después se lo pasó a Samuel.
—La carta confirma lo que sospechábamos —dijo—. Los Olmos protegieron el secreto, pero no sabemos si llegaron a conservar el manuscrito.
Gabriel se sentó junto a la mesa.
—Mi padre nunca me habló de un manuscrito. Solo me dejó el símbolo y el nombre de Elías.
Samuel abrió el libro que habían rescatado del archivo.
—Aquí hay una referencia a la casa de las tres lenguas. Quizá encontremos algo que aclare la relación entre tu familia y el cuarto hombre.
Yusef señaló una página.
—He estado examinando el texto mientras estabais fuera. Esta anotación aparece en las tres versiones, aunque con palabras diferentes. En latín dice domus trium linguarum; en árabe, la casa de las tres escrituras; y en hebreo, el lugar donde la palabra no pertenece a un solo pueblo.
—¿Dónde estaba esa casa? —preguntó Martín.
Samuel respondió:
—En el antiguo barrio de los traductores. Se utilizó como lugar de encuentro mucho antes de que se establecieran los escribas que conocemos hoy.
—¿Sigue en pie?
—Eso espero.
Aixa extendió sobre la mesa un plano antiguo de Toledo. Había marcado con tinta varios edificios y calles.
—He conseguido esto en el archivo. La casa aparece cerca de la antigua puerta de Bab al-Mardum. En los registros más recientes figura como propiedad abandonada, aunque alguien pagó impuestos por ella hasta hace pocos años.
Rodrigo se inclinó sobre el plano.
—¿Quién?
Aixa señaló una anotación.
—Un administrador que trabajaba para una familia vinculada a los Valcárcel.
Martín miró a Gabriel.
—Entonces quizá ellos ya han encontrado la casa.
—O quizá la están buscando igual que nosotros —respondió Gabriel.
Samuel enrolló el plano.
—No podemos esperar. Si Ibn Faraj conoce el lugar, irá allí.
Aixa se colocó la capa.
—Voy con vosotros.
Martín quiso protestar, pero ella lo interrumpió.
—No volveré a quedarme esperando mientras otros arriesgan la vida por una historia que también pertenece a mi familia.
Samuel asintió.
—Tiene razón. Además, necesitaremos a alguien que pueda leer las inscripciones árabes.
La casa se encontraba al final de una calle estrecha, oculta tras un muro de piedra y una puerta cubierta de polvo. No había señales de vida, aunque el cerrojo parecía haber sido reparado recientemente.
Rodrigo examinó los alrededores antes de llamar. Nadie respondió.
Gabriel sacó el medallón de los Olmos y lo introdujo en una hendidura junto al marco. La puerta emitió un chasquido y se abrió unos dedos.
—¿Cómo conocías ese mecanismo? —preguntó Martín.
—No lo conocía. Mi padre me dejó el medallón, pero nunca me explicó para qué servía.
Entraron con cautela.
La estancia principal estaba vacía, salvo por una mesa de piedra y tres arcos que conducían a pequeñas habitaciones. Sobre cada arco había una inscripción: una en latín, otra en árabe y la tercera en hebreo.
Aixa leyó la primera.
—«La palabra dada».
Samuel tradujo la segunda.
—«La deuda contraída».
Yusef examinó la tercera.
—«La memoria que permanece».
Martín recorrió la estancia.
—Las mismas tres ideas que aparecen en el pacto.
Gabriel se acercó a la mesa de piedra. En su superficie había tres hendiduras, cada una con una forma distinta: una cruz, una estrella y un círculo.
Sacó el medallón y lo colocó en el centro. No ocurrió nada.
—Quizá necesitemos las otras piezas —dijo Rodrigo.
Samuel sacó de su bolsa el fragmento metálico que habían encontrado en la casa de Yusef. Lo encajó en una de las hendiduras. Aixa encontró una pequeña pieza de bronce entre los documentos que llevaba y la colocó en otra.
La piedra vibró levemente.
Desde el interior de la mesa llegó un sonido seco, como el de un mecanismo que llevaba mucho tiempo sin moverse. Una losa lateral se desplazó y dejó al descubierto un compartimento.
Dentro había un pergamino envuelto en tela, una pequeña bolsa de cuero y una tablilla con una inscripción.
Martín abrió el pergamino. La escritura era antigua, pero legible.
—Son instrucciones —dijo.
Samuel se acercó y leyó las primeras líneas.
—«Cuando las tres voces vuelvan a reunirse, entregad la memoria al cuarto. No permitáis que el nombre del traidor sea utilizado para condenar a sus descendientes».
Aixa continuó leyendo:
—«El pacto no fue sellado para preservar el poder de los hombres, sino para proteger a quienes quedarían atrapados entre sus disputas».
Gabriel tomó la tablilla.
En ella aparecía un nombre, escrito con caracteres hebreos y latinos.
«Azarías ben Natan, guardián de la memoria».
Samuel se quedó inmóvil.
—Azarías…
Yusef lo miró.
—¿Lo conoces?
—No personalmente. Era un escriba judío que vivió en Toledo hace muchas décadas. Mi abuelo conservaba una historia sobre él. Decían que desapareció después de una disputa entre familias.
—¿Era el cuarto hombre? —preguntó Martín.
Samuel examinó la tablilla.
—Podría ser. Pero hay algo más.
En el reverso, casi oculto bajo una capa de suciedad, había una segunda inscripción.
Aixa la limpió con cuidado.
—«La memoria no está en esta casa. Está donde el agua escucha las tres lenguas».
Rodrigo miró a Samuel.
—El río otra vez.
—No necesariamente —respondió el judío—. En Toledo, el agua también llegaba a los baños, las cisternas y los molinos. La frase puede referirse a cualquier lugar donde se reunieran personas de las tres comunidades.
Martín guardó el pergamino.
—¿Y la bolsa?
Gabriel la abrió. Contenía tres anillos sencillos, cada uno con una inscripción diferente, y una pequeña llave de hierro.
Samuel tomó uno de los anillos.
—Estos no son adornos. Son sellos.
—¿De quiénes? —preguntó Aixa.
—De los tres hombres que firmaron el pacto.
Martín miró la llave.
—¿Y esta?
Gabriel la sostuvo a contraluz.
—Quizá abra el lugar donde se conserva el manuscrito.
Un golpe resonó en la puerta.
Todos se quedaron quietos.
Otro golpe, más fuerte, hizo temblar la madera.
Rodrigo desenvainó la espada y se acercó a la entrada. A través de una rendija vio a varios hombres armados. Uno de ellos llevaba un anillo con el emblema de Valcárcel.
—No son guardias de la ciudad —susurró—. Son los hombres de Ibn Faraj.
Samuel apagó la lámpara.
Aixa recogió los documentos y los guardó bajo su capa. Gabriel escondió la llave en el interior de su túnica.
—Hay que salir por detrás —dijo Yusef.
Pero Martín no se movió. Miraba la mesa de piedra, donde aún quedaban las tres hendiduras.
—Esperad. La inscripción decía que la memoria no está en esta casa. Quizá la llave no abre una puerta, sino algo que está aquí.
Se acercó a la mesa y examinó el círculo central. En el borde había una pequeña ranura. Introdujo la llave de hierro y la giró.
La losa se abrió por completo.
Debajo apareció una escalera que descendía hacia una oscuridad profunda.
—Ahora sí —dijo Samuel—. La casa guarda algo más que instrucciones.
Desde la entrada llegó una voz en árabe. Aixa reconoció las palabras y se volvió hacia los demás.
—Nos ordenan que entreguemos el libro y al descendiente de los Olmos.
Gabriel palideció.
—Saben quién soy.
Rodrigo se colocó frente a la puerta interior.
—Entonces tendrán que pasar por encima de nosotros.
Martín miró a Gabriel.
—Bajaremos juntos.
El joven asintió, aunque antes de descender se detuvo ante la tablilla de Azarías ben Natan.
—Si ese hombre fue el cuarto, ¿por qué su nombre aparece aquí?
Samuel respondió con gravedad:
—Porque quizá nunca quiso que su nombre desapareciera. Solo quería que nadie pudiera utilizarlo para dominar a los demás.
Los golpes volvieron a sacudir la puerta.
Bajaron por la escalera y cerraron la losa sobre sus cabezas. El pasadizo descendía hacia una cámara donde se escuchaba el rumor del agua. Al llegar, encontraron un canal subterráneo que atravesaba la roca y una puerta de madera reforzada con hierro.
En el centro de la puerta había una inscripción en las tres lenguas.
Martín acercó la lámpara.
—¿Qué dice?
Samuel leyó el texto latino, mientras Aixa descifraba el árabe y Yusef el hebreo. Las tres versiones expresaban la misma advertencia:
«Quien busque la verdad para gobernar, encontrará la ruina. Quien la busque para recordar, encontrará el camino».
Gabriel introdujo la llave.
La puerta se abrió lentamente.
Al otro lado, sobre una mesa de piedra, descansaba un cofre cubierto de polvo. En su tapa aparecía el símbolo de las tres líneas cruzadas y, debajo, una frase que Martín reconoció de inmediato:
«Aquí comienza la deuda de los muertos».
Antes de que pudieran acercarse, una voz surgió desde la oscuridad de la cámara.
—No toquéis el cofre.
Era Elías.
Y no estaba solo.
Junto a él se encontraba un hombre vestido con una capa oscura, cuyo rostro permanecía oculto bajo la capucha. En una mano sostenía una espada corta; en la otra, un documento sellado con el emblema de los Valcárcel.
—Habéis llegado demasiado lejos —dijo el desconocido.
Martín dio un paso al frente.
—¿Quién eres?
El hombre se descubrió lentamente.
Samuel lo reconoció y retrocedió, mientras Aixa se llevaba una mano a la boca.
Era Ibn Faraj.
—El manuscrito pertenece a quienes pueden impedir que Toledo se hunda en una guerra —declaró—. Y vosotros estáis a punto de entregarlo a quienes solo desean vengar a sus muertos.
Rodrigo levantó la espada.
—Entonces tendremos que decidir quién dice la verdad.
Ibn Faraj miró a Martín.
—Eso es lo que todos han querido hacer durante treinta años. Y por eso tu padre desapareció.
El nombre de su padre hizo que Martín avanzara un paso.
—¿Dónde está?
Ibn Faraj sostuvo su mirada.
—Si abres ese cofre, quizá lo descubras. Pero también descubrirás por qué algunos hombres están dispuestos a incendiar Toledo antes de permitir que su contenido salga a la luz.
El agua siguió corriendo bajo sus pies. En la cámara, nadie se movió.
Martín comprendió que el cofre contenía algo más que un documento antiguo. Era la pieza que podía unir las historias de su padre, de Rodrigo y de Gabriel, y quizá revelar la verdadera naturaleza del pacto.
Pero antes de que pudiera decidir qué hacer, Elías habló desde el otro lado de la estancia.
—No le creas, Martín. Ibn Faraj conoce una parte de la historia, pero ignora la más importante.
El hombre encapuchado sonrió con frialdad.
—Entonces, anciano, quizá haya llegado la hora de que nos cuentes por qué llevas treinta años ocultando que tú mismo fuiste uno de los firmantes del pacto.
Elías cerró los ojos.
Y, en aquel instante, Martín comprendió que el anciano no había sido únicamente el guardián de la memoria.
También había sido parte de la mentira.
Parece que todo se está esclareciendo, aunque sigue el misterio.
ResponderEliminarSe me antoja los templarios, aunque seguro que no.
La memoria, los pactos, el cuarto hombre.
Los treinta años, las tres lenguas.