La trampilla se cerró sobre sus cabezas justo cuando los hombres irrumpían en la casa. Martín descendió por una escalera estrecha, seguido de Aixa y Samuel. Yusef iba detrás de ellos, mientras Rodrigo permanecía arriba, dispuesto a ganarles tiempo. Elías, que conocía el pasadizo, avanzó hasta una bifurcación y esperó a que todos se reunieran.
—¿Adónde conduce este túnel? —preguntó Martín.
—A una antigua cisterna, desde donde podremos salir a una calle próxima al mercado.
—¿Y Rodrigo?
—Sabe cuidarse —respondió Elías—. Ahora debemos preocuparnos por lo que llevamos.
Martín se palpó el pecho para comprobar que el libro seguía bajo su túnica. La frase que había leído en la última página no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
—¿Quién es el hijo del cuarto?
Elías siguió caminando.
—Alguien que ha vivido toda su vida ignorando el origen de su familia.
—¿Gabriel?
—Es posible que sea él.
—Pero dijiste que no podía ser el cuarto hombre.
—Y así es. Gabriel es demasiado joven para haber participado en el pacto. Sin embargo, pertenece a la familia que recibió la responsabilidad de guardar lo que los otros tres no pudieron proteger.
Samuel intervino:
—La casa de los Olmos.
—Exactamente.
Aixa se volvió hacia el anciano.
—¿Por qué esa familia desapareció de Toledo?
Elías se detuvo ante una puerta baja, cubierta de humedad.
—Porque el cuarto hombre comprendió que el pacto estaba condenado si los poderosos llegaban a conocer la identidad de todos sus miembros. Decidió ocultar su nombre y el de sus descendientes. Durante años, los Olmos vivieron entre Toledo y las tierras del norte, cambiando de residencia cada vez que alguien se acercaba demasiado.
—¿Y Gabriel? —preguntó Martín.
—Su padre murió cuando él era niño. Su madre lo crió lejos de Toledo y le ocultó el verdadero apellido de la familia. Cuando ella murió, Gabriel regresó a la ciudad. Fue entonces cuando empezó a buscar respuestas.
Martín recordó la noche en que Gabriel había aparecido en la casa de la piedra muda, su conocimiento del pasadizo y su decisión de quedarse atrás para protegerlos.
—Por eso sabía dónde encontrarnos.
—Sí. Y por eso los hombres de Valcárcel quieren capturarlo.
Samuel frunció el ceño.
—Si conocen su linaje, ¿por qué no lo han matado?
—Porque necesitan que los conduzca hasta el documento original. Gabriel conoce algunas de las señales que dejó su familia, pero ignora dónde se encuentra el manuscrito.
Martín miró a Aixa.
—Entonces tenemos que encontrarlo antes que ellos.
—Y descubrir qué sabe realmente —añadió ella.
Elías abrió la puerta. Al otro lado se extendía una cámara circular, con un pozo cegado en el centro y una escalera que subía hacia una salida estrecha. Desde allí llegaban los ruidos del mercado, los pregones de los vendedores y el murmullo de la ciudad que comenzaba su jornada.
Antes de subir, Martín se volvió hacia el anciano.
—Todavía no me has contado qué ocurrió con mi padre.
Elías apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Tu padre descubrió que el hombre que traicionó el pacto no actuó por su cuenta. Alguien le había ofrecido protección y tierras a cambio de entregar los nombres de las familias que los tres habían jurado proteger.
—¿Quién se lo ofreció?
—Un señor cuyo poder alcanzaba las dos orillas del Tajo. Su nombre aparece en los documentos, pero no en los que habéis encontrado.
—¿Y qué hizo mi padre?
—Intentó demostrar que la traición había sido preparada desde el principio. Cuando estuvo cerca de conseguirlo, desapareció.
Martín sintió que la rabia le apretaba la garganta.
—¿Y tú lo dejaste marchar?
—No pude detenerlo. Tu padre creía que debía seguir solo para evitar que otros pagaran por sus investigaciones.
—¿Y tú qué creías?
Elías bajó la mirada.
—Que estaba cometiendo el mismo error que los hombres de 1054.
Un ruido de pasos resonó en la escalera.
Todos se volvieron. Rodrigo apareció en lo alto, con una pequeña herida en la frente y la espada todavía desenvainada.
—La casa está ocupada —dijo—. No tardarán en descubrir la trampilla.
—¿Has conseguido averiguar quién los dirige? —preguntó Samuel.
—No. Pero uno de ellos llevaba un anillo con el símbolo de Valcárcel.
Martín sacó el libro y lo abrió por la última página.
—Hemos encontrado algo más.
Rodrigo leyó la frase en silencio.
—«Cuando el hijo de la llave encuentre al hijo del cuarto…»
—Gabriel —dijo Aixa.
—Entonces debemos encontrarlo —respondió Rodrigo—. Antes de que lo hagan ellos.
Elías se acercó a la escalera.
—No podéis buscarlo por las calles. Si los Valcárcel conocen su linaje, estarán vigilando los lugares donde solía reunirse.
—¿Sabes dónde está? —preguntó Martín.
—Creo que sí.
El anciano señaló hacia el norte, en dirección a las antiguas murallas.
—Hay una iglesia abandonada junto al camino de la Vega. Hace años, los Olmos tenían allí una pequeña capilla familiar. Si Gabriel ha descubierto alguna parte de su pasado, es probable que haya regresado a ese lugar.
Rodrigo envainó la espada.
—Iremos ahora.
—No todos —dijo Elías—. Si salís juntos, llamaréis la atención.
Aixa se adelantó.
—Martín y yo iremos a la capilla. Samuel y Yusef buscarán un lugar seguro para guardar el libro. Rodrigo puede acompañarnos.
—¿Y tú? —preguntó Martín.
—Yo volveré a la casa de los escribas. Alguien debe averiguar quién está detrás de los hombres que nos persiguen.
Martín negó con la cabeza.
—Es demasiado peligroso.
Aixa sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso debo hacerlo. Mi familia lleva generaciones conservando una parte de esta historia. No voy a permanecer escondida mientras otros deciden qué hacer con ella.
Samuel asintió.
—Tiene razón. Además, si conseguimos saber quién financia a los Valcárcel, quizá comprendamos qué buscan realmente.
Elías aceptó el plan, aunque antes de separarse llamó a Martín.
—Hay algo que debes recordar. No confundas el parentesco con la lealtad. La sangre puede transmitir un secreto, pero no determina lo que una persona hará con él.
Martín guardó aquellas palabras mientras salían de la cisterna por una puerta oculta, en un callejón próximo al mercado.
La capilla de los Olmos se encontraba más allá de las últimas casas, cerca de un camino que descendía hacia la Vega. Sus muros estaban cubiertos de hiedra y una parte del tejado se había hundido. La puerta permanecía entreabierta.
Rodrigo se adelantó y examinó el terreno. No encontró huellas recientes, aunque junto al umbral había una pequeña marca trazada en el polvo: tres líneas cruzadas.
—Ha estado aquí —dijo Martín.
Entraron con cautela.
El interior conservaba algunos restos de pinturas religiosas. En el ábside, una figura de la Virgen apenas podía distinguirse bajo las manchas de humedad. Había bancos rotos, fragmentos de madera y una losa desplazada junto a la pared.
Martín se acercó a ella.
—Aquí hay algo.
Entre ambos levantaron la piedra. Debajo apareció una caja estrecha, protegida por una envoltura de cuero. Rodrigo vigilaba la entrada mientras Martín la abría.
Dentro encontraron un pequeño crucifijo de madera, una carta y un medallón idéntico al que habían utilizado para abrir la cámara subterránea.
La carta estaba dirigida a Gabriel.
Martín la desplegó y leyó:
«Hijo mío:
Si has llegado hasta esta capilla, significa que has comenzado a buscar aquello que tu madre y yo quisimos mantener oculto. No te culpo por ello. Ningún hombre puede vivir eternamente bajo un nombre que desconoce.
Tu familia recibió una promesa que no debía convertirse en una carga para sus descendientes. Sin embargo, los hombres que sellaron el pacto dejaron asuntos sin resolver, y quienes vinieron después confundieron la protección con el dominio.
No entregues el manuscrito a quienes te ofrezcan recuperar tu nombre. Tampoco permitas que lo destruyan en nombre de la paz. Hay verdades que pueden liberar a los inocentes, pero también condenar a quienes nada tuvieron que ver con los errores de sus antepasados.
Si alguna vez encuentras al hijo de la llave, escucha su historia antes de decidir si debes confiar en él.
Tu padre».
Martín terminó de leer. Rodrigo permaneció callado, observando el medallón.
—Su padre sabía que acabaría encontrándose contigo —dijo al cabo de un momento.
—Y sabía que yo tendría la llave.
Rodrigo miró la carta.
—Quizá las familias de nuestros padres estaban más unidas de lo que creemos.
Martín guardó el documento.
—Tenemos que encontrar a Gabriel.
Una voz surgió desde la entrada.
—Ya me habéis encontrado.
Gabriel estaba bajo el arco de la puerta. Llevaba la espada al cinto y tenía una herida reciente en el brazo. Su rostro mostraba cansancio, pero no sorpresa.
Rodrigo levantó la mano hacia la empuñadura.
—¿Dónde has estado?
—Intentando averiguar quién ha ordenado perseguirnos. Y he descubierto algo que quizá os interese.
Gabriel se acercó y observó la carta que Martín sostenía.
—Así que habéis encontrado el mensaje de mi padre.
Martín asintió.
—¿Sabías que tu familia era la casa del cuarto?
Gabriel tardó en contestar.
—Conocía el apellido de los Olmos. Mi madre me habló de él antes de morir, pero nunca me explicó su relación con el pacto. Solo me pidió que, si algún día encontraba el símbolo de las tres líneas, buscara a un hombre llamado Elías.
Rodrigo intercambió una mirada con Martín.
—Entonces Elías te conoce desde hace tiempo.
—Me encontró cuando regresé a Toledo. Me contó parte de la historia, pero se negó a decirme dónde estaba el manuscrito.
—¿Por qué?
Gabriel miró el medallón.
—Porque no confiaba en mí. Y quizá tuviera razón.
Martín dio un paso hacia él.
—¿Qué sabes del cuarto hombre?
Gabriel bajó la mirada.
—Sé que no fue un rey, ni un señor poderoso, ni un hombre que buscara tierras. Fue alguien que comprendió que el pacto estaba destinado a fracasar si cada uno de sus miembros defendía únicamente a los suyos.
—¿Y qué hizo?
—Se llevó la parte del manuscrito que contenía los nombres verdaderos. Después desapareció. Desde entonces, sus descendientes han protegido ese secreto sin conocerlo por completo.
Rodrigo observó la capilla.
—¿Y dónde está el manuscrito?
Gabriel negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero he descubierto quién está buscando el documento en nombre de los Valcárcel.
Martín se acercó.
—¿Quién?
Gabriel miró hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera escuchar desde el exterior.
—Un hombre que sirve a la corte de al-Qadir. Tiene acceso a los archivos y a los mensajeros que viajan entre Toledo y los territorios cristianos. No busca únicamente el manuscrito: quiere asegurarse de que, cuando cambie el poder en la ciudad, nadie pueda utilizarlo para reclamar las tierras que fueron entregadas tras la traición.
Rodrigo endureció el gesto.
—¿Su nombre?
Gabriel respondió en voz baja:
—Ibn Faraj.
Martín no conocía aquel nombre, pero Rodrigo sí pareció reconocerlo.
—He oído hablar de él —dijo—. Un hombre de frontera, acostumbrado a tratar con cristianos y musulmanes. Algunos dicen que ha servido a varios señores sin pertenecer realmente a ninguno.
—Es el hombre que me persiguió anoche —añadió Gabriel—. Y ahora sabe que estamos aquí.
Desde el exterior llegó el relincho de un caballo.
Rodrigo se dirigió a la puerta y miró hacia el camino. A lo lejos, varias figuras avanzaban entre los olivos.
—Tenemos que marcharnos.
Gabriel recogió el medallón y se lo entregó a Martín.
—Guárdalo. Tu padre sabía que algún día necesitarías abrir la última puerta.
—¿Qué puerta?
Gabriel señaló el crucifijo de madera que habían encontrado en la caja.
En la parte posterior había una inscripción casi borrada, escrita en latín:
«La memoria duerme donde las tres lenguas se encuentran».
Martín miró a Samuel, aunque este se encontraba lejos, en la ciudad. Recordó el archivo, las inscripciones de la cámara y el lugar donde habían hallado el libro.
—La casa de las tres lenguas —murmuró.
Gabriel asintió.
—Allí empezó la búsqueda de mi familia. Y allí encontraremos la siguiente pista.
Rodrigo observó de nuevo a los jinetes.
—Entonces será mejor que lleguemos antes que Ibn Faraj.
Abandonaron la capilla por una puerta lateral y tomaron un sendero que discurría entre los árboles. Tras ellos, Toledo se alzaba sobre el Tajo, todavía envuelta en la quietud de la mañana. Pero aquella calma tenía los días contados. Los rumores sobre los movimientos de Alfonso se extendían por los mercados y las guarniciones, mientras los hombres de la ciudad comenzaban a preguntarse cuánto tiempo podrían resistir las presiones que llegaban desde el norte.
Martín caminaba junto a Gabriel, con el medallón guardado bajo la túnica y la carta de su padre doblada en el bolsillo.
Por primera vez, sabía que no estaba buscando únicamente a un hombre desaparecido. Estaba siguiendo las huellas de dos familias y de una promesa que había sobrevivido a sus fundadores.
Y, aunque aún ignoraba qué encontraría al final del camino, comprendió que la próxima respuesta podía obligarlo a elegir entre la verdad que deseaba conocer y la paz que todos decían querer proteger.
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