El día comenzaba a clarear cuando el grupo abandonó el cobertizo. La lluvia había limpiado los caminos, pero también había dejado al descubierto las huellas de quienes habían pasado durante la noche. Sancho las examinó antes de que Rodrigo ordenara la marcha.
—Han sido tres caballos —dijo—. Uno llevaba más peso que los otros. Quizá transportaban a un prisionero.
Martín se volvió hacia el camino que conducía a San Jerónimo.
—Sebastián.
—No podemos saberlo —respondió Samuel—. Pero tampoco podemos permitir que lo trasladen sin intentar encontrarlo.
Rodrigo organizó la marcha. Él y Sancho avanzarían por el sendero principal, mientras Hernán y Samuel buscarían una entrada secundaria que Bernardo recordaba junto a la antigua capilla. Martín permanecería con Gabriel y el guardián, cuya herida de la frente necesitaba atención.
—No voy a quedarme esperando mientras los demás arriesgan la vida —protestó Martín.
—Y yo no voy a permitir que entres en una casa ocupada por hombres armados sin saber dónde está tu enemigo —contestó Rodrigo—. Tu padre te ha dejado una tarea. No la conviertas en una imprudencia.
Martín apretó la tablilla de madera dentro de su túnica. Le costaba aceptar que otros decidieran por él, pero comprendió que Rodrigo tenía razón.
Bernardo se acercó a ambos.
—La antigua dependencia de los escribanos tiene una puerta que comunica con el patio posterior. Allí guardábamos los libros que ya no podían permanecer en la sala principal. Si Sebastián está encerrado, probablemente lo hayan llevado a esa habitación.
—¿Cuántos hombres hay? —preguntó Sancho.
—Vi al de la cicatriz y a dos más. Puede que haya otros.
—Entonces no entraremos como un ejército —dijo Rodrigo—. Entraremos como hombres que conocen la casa.
La separación se produjo junto a un muro cubierto de zarzas. Rodrigo y Sancho tomaron el camino más visible. Samuel, Hernán y Bernardo rodearon las dependencias por el este. Martín y Gabriel esperaron unos minutos antes de seguirlos.
La casa apareció entre los árboles, silenciosa y aparentemente desierta. La chimenea ya no humeaba. El portón principal permanecía cerrado y una de las ventanas del piso superior tenía los postigos abiertos.
Martín se detuvo al reconocer el lugar donde habían visto por última vez a Sebastián.
—Allí —susurró—. En esa ventana.
Gabriel observó la fachada.
—Hay alguien detrás de la cortina.
Una sombra se apartó.
Martín quiso acercarse, pero Gabriel lo sujetó por el hombro sano.
—Espera.
Desde el lado oriental llegó un silbido breve. Era la señal convenida. Samuel había encontrado la entrada secundaria.
Los dos jóvenes avanzaron pegados al muro hasta alcanzar una puerta baja, casi oculta por la vegetación. Bernardo había dejado el cerrojo preparado para abrir desde fuera. Martín lo levantó con cuidado.
Al otro lado encontraron un corredor estrecho que olía a humedad y madera vieja. Las paredes estaban cubiertas de estantes vacíos. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba escapar una línea de luz.
Se acercaron sin hacer ruido.
Escucharon una conversación.
—No tienes nada que ganar protegiendo a los muertos —dijo una voz.
Era el hombre de la cicatriz.
—Los muertos no necesitan mi protección —respondió Sebastián—. Los vivos son quienes deben temer a lo que escribieron.
—Entrégame la copia del registro.
—No la tengo.
—Sabemos que tuviste acceso a ella.
—Tuvisteis acceso a muchas cosas. Eso no significa que sepáis dónde están ahora.
Se oyó un golpe y después un ruido de silla arrastrada.
Martín hizo ademán de entrar, pero Samuel apareció por detrás y le indicó que esperara. Hernán estaba junto a él, con una pequeña barra de hierro en la mano.
Rodrigo y Sancho habían conseguido llegar al patio principal. Desde allí, Sancho llamó la atención de uno de los hombres armados, que salió a comprobar el ruido. Rodrigo lo redujo antes de que pudiera dar la voz de alarma.
El segundo guardia apareció en el corredor y se encontró con Hernán. Hubo un forcejeo breve. El hombre consiguió golpearlo en el rostro, pero Samuel lo derribó con un golpe de la barra contra la muñeca.
El ruido alertó al de la cicatriz.
La puerta se abrió violentamente.
El hombre salió con una daga en la mano. Vio a Martín y sonrió con una frialdad que el joven ya conocía.
—El hijo —dijo—. Al final has llegado.
Martín permaneció inmóvil.
—¿Dónde está mi padre?
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Tu padre hizo demasiadas preguntas.
—¿Está vivo?
—Eso depende de lo que entiendas por estar vivo.
Martín avanzó, pero Rodrigo apareció a su lado y se interpuso.
—Guarda la daga.
El hombre miró al caballero.
—Rodrigo de Lara. No esperaba encontrarte aquí.
—Tú pareces conocer a todo el mundo.
—Conozco a quienes pueden resultar útiles.
—Y también a quienes pueden resultar peligrosos —respondió Rodrigo.
El hombre retrocedió hacia la puerta. Sancho intentó cerrarle el paso, pero el desconocido lanzó la daga contra él. La hoja le rozó el hombro y se clavó en el marco. Aprovechando la confusión, escapó por el corredor que conducía al patio.
Rodrigo y Sancho salieron tras él. Martín quiso seguirlos, pero Samuel lo llamó desde la habitación.
Sebastián estaba sentado en una silla, con las manos atadas y el rostro ensangrentado. Tenía un corte sobre la ceja, aunque permanecía consciente.
—Habéis tardado —dijo con una débil sonrisa.
Martín se acercó y cortó las ligaduras.
—Pensé que no volvería a verte.
—Yo también lo pensé durante un momento.
Gabriel ayudó al anciano a levantarse. Hernán se apoyó contra la pared, llevándose una mano al rostro dolorido.
—¿Qué buscaba ese hombre? —preguntó Samuel.
—El registro de la cámara inferior de Valcárcel. Sabe que vuestro padre encontró una referencia al documento, pero ignora si llegó a copiarlo entero.
—¿Por qué no te ha matado? —preguntó Martín.
Sebastián lo miró.
—Porque todavía cree que puedo conducirlo hasta el original. Y porque sabe que hay algo que no le he contado.
—¿Qué?
El anciano señaló el legajo que había escondido bajo una tabla del suelo. Bernardo lo recogió y lo puso sobre la mesa.
—Aquí está la declaración que conservé y una parte de las anotaciones de entrega. Pero falta una hoja. La que contiene la referencia completa a la autoridad que ordenó preparar la relación.
Samuel abrió el legajo.
—¿La arrancaron?
—No. La retiré yo mismo hace muchos años.
—¿Dónde está?
Sebastián miró a Rodrigo.
—En manos de la familia Valcárcel.
El caballero se quedó inmóvil.
—¿Quién la tiene?
—No lo sé. La hoja fue depositada en el archivo de la antigua fortaleza. Tu padre llegó a encontrar la referencia, pero no pudo acceder a la cámara inferior.
—¿Y tú sí sabes cómo entrar?
—Conozco la disposición de la casa. Pero la cámara tiene una cerradura distinta de las que se utilizan en las dependencias ordinarias. La llave no está en San Jerónimo.
Bernardo se acercó a la mesa.
—Eso explica por qué el hombre de la cicatriz no se ha llevado el legajo. Necesita la hoja que falta para identificar al responsable.
—O quiere impedir que nosotros la encontremos —dijo Samuel.
Sebastián asintió.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Rodrigo regresó al corredor. Tenía una pequeña herida en la mano.
—Ha escapado. Conoce los caminos y llevaba ventaja. No hemos podido alcanzarlo.
—¿Y los otros hombres? —preguntó Martín.
—Uno está atado en el patio. El otro ha desaparecido. No debemos permanecer aquí.
Hernán se sentó con dificultad. El golpe recibido le había abierto una herida en la mejilla, pero no parecía grave.
Samuel volvió a examinar los documentos.
—Hay algo que debemos aclarar antes de partir. Sebastián, ¿quién escribió la segunda anotación del registro de traslados?
—Un oficial de recepción. No era el mismo hombre que había escrito el nombre en la primera copia.
—¿Sabes quién era?
—No con certeza. Lo conocí por su cargo, no por su nombre. Recibía documentos en nombre de la administración y confirmaba que las cajas habían llegado a su destino. Era un hombre meticuloso, pero no siempre obedecía las órdenes que recibía.
—¿Y el nombre de Sebastián Muñoz? —preguntó Martín—. ¿Quién lo escribió?
El anciano bajó la mirada.
—En una copia lo escribió un escribano que preparaba el inventario. En la otra, el oficial anotó el nombre que le habían comunicado. Yo no puedo asegurar que ambas referencias correspondan a mí. Durante años hubo otro hombre llamado Sebastián que trabajó en la misma administración.
Samuel se inclinó sobre el documento.
—Eso es importante. Hemos supuesto que las dos anotaciones identificaban a una sola persona, pero todavía no lo hemos demostrado.
—Exactamente —dijo Sebastián—. El hombre de la cicatriz quiere que creáis que todo conduce a mí. Puede que tenga motivos para hacerlo.
Martín miró al anciano.
—¿Eres tú el hombre que recibió la declaración?
—Recibí una copia y ayudé a conservarla. Pero no fui el único que tuvo acceso al documento. La declaración pasó por otras manos antes de llegar a San Jerónimo.
—Entonces necesitamos la hoja que falta.
—Y el registro de Valcárcel.
Rodrigo se acercó a la ventana.
—Conozco el camino hasta la fortaleza. Pero no puedo prometeros que encontraremos allí lo que buscamos. La propiedad pertenece a una rama de mi familia que hace años que no la utiliza. Puede que los documentos hayan sido trasladados.
—¿Quién tiene ahora autoridad sobre esas tierras? —preguntó Hernán.
Rodrigo tardó en responder.
—Mi tío, don Álvaro de Lara y Valcárcel. Administra las propiedades que pertenecieron a la rama antigua. Apenas he tenido relación con él desde que murió mi padre.
Sancho levantó la cabeza.
—¿Don Álvaro?
—Sí. ¿Lo conoces?
—He oído su nombre. No puedo afirmar que sea el hombre que buscamos, pero recuerdo que un administrador de la casa de Valcárcel recibió pagos relacionados con el traslado de documentos.
Rodrigo lo miró fijamente.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
—Porque no sabía si el hombre seguía vivo ni si el nombre correspondía al mismo cargo. No quería acusar a tu familia basándome en una sospecha.
—Ahora ya tenemos demasiadas sospechas.
—Por eso debemos buscar pruebas.
Sebastián recogió la carta de Martín y la observó con atención.
—Tu padre hizo bien en dejarte este mensaje. Si hubiera escrito un nombre, alguien podría haber utilizado la carta para señalar a una persona sin demostrar su responsabilidad. En cambio, te dejó una pregunta y una advertencia.
Martín guardó la carta.
—¿Sabes por qué se marchó hacia el norte?
—Buscaba a un antiguo oficial que había trabajado en la administración de los traslados. Creía que aquel hombre conservaba el registro de correspondencia original. Antes de marcharse me dijo que, si encontraba el documento, volvería a San Jerónimo para comparar las firmas.
—¿Te dijo dónde lo buscaría?
—Mencionó una propiedad cercana al camino de Toledo, aunque no recuerdo el nombre. También habló de un monasterio donde se habían refugiado antiguos escribanos.
Samuel intervino:
—¿Podría tratarse del monasterio de San Servando?
Sebastián negó despacio.
—No lo sé. No quiero que confundamos una posibilidad con una certeza.
La respuesta recordó a Martín las palabras que su padre había dejado escritas: no entregar la verdad como una acusación, sino como una pregunta que todavía debía responderse.
Rodrigo ordenó preparar la marcha. No podían permanecer en San Jerónimo, pues el hombre de la cicatriz regresaría acompañado de más hombres. Sebastián necesitaba descansar y Hernán debía recibir atención para la herida.
Antes de abandonar la casa, Martín se acercó a la habitación donde había estado prisionero el anciano. En el suelo encontró un pequeño trozo de pergamino, oculto bajo una pata de la silla.
Lo recogió.
Solo contenía una frase:
«La llave no abre la puerta. Abre el recuerdo de quien la entregó».
Martín se la mostró a Sebastián.
El anciano palideció.
—¿Dónde has encontrado eso?
—En la habitación.
Sebastián leyó las palabras otra vez.
—La llave de la cámara inferior no es una llave corriente. Tu padre llegó a descubrirlo, pero no tuvo tiempo de encontrar la forma de utilizarla.
—¿Qué significa entonces?
El anciano guardó silencio.
—La persona que custodia la llave no debe entregarla a cualquiera. Para recibirla, hay que demostrar que se conoce el motivo por el que fue escondida.
Rodrigo miró a Sebastián.
—¿Y quién la custodia?
El anciano volvió la vista hacia el caballero.
—La última vez que supe de ella, estaba en manos de una mujer de la familia Valcárcel. Una mujer que no figura en ninguna de las genealogías oficiales.
Martín observó a Rodrigo.
El caballero no respondió. Parecía haber comprendido que la búsqueda de la hoja desaparecida acababa de abrir una nueva herida en su propia familia.
Y mientras abandonaban San Jerónimo por el camino del bosque, Sebastián pronunció un nombre que nadie esperaba escuchar:
—Teresa.
Martín se detuvo.
—¿La Teresa de Valdearenas?
—No. Otra Teresa. Una mujer que vivió en la casa antigua y que conoció a tu padre antes de que llegara hasta mí.
La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto.
Aquel nombre podía ser la llave que les faltaba para alcanzar la cámara inferior de Valcárcel. También podía conducirlos hasta la persona que llevaba décadas protegiendo el último documento capaz de revelar quién había dado la orden en 1054.
Y, por primera vez, Martín comprendió que quizá la última hoja no había sido escondida para proteger a los culpables.
Quizá había sido confiada a alguien que se negó a permitir que volviera a utilizarse contra los inocentes.
Sigue interesante y creo que a partir de ahora más.
ResponderEliminarEs como si una luz iluminará un bosque entero.
La verdad y las personas.😉