Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

jueves, 30 de julio de 2026

La princesa que amaba a un fantasma

 No hubo juglar que cantara su nombre,

porque los nombres demasiado hermosos
terminan convirtiéndose
en susurros del viento.

Vivía donde el bosque
se inclinaba ante un lago inmóvil,
en un castillo de mármol gris
cuyas torres conversaban
con las nubes del amanecer.

Era la última heredera
de una estirpe nacida
cuando los lirios aún crecían
entre las huellas de las estrellas.

Muchos príncipes
cruzaron los puentes levadizos.

Traían espadas
que habían vencido gigantes.

Traían coronas
forjadas en oro antiguo.

Traían promesas
más brillantes que el sol.

Ella sonreía.

Y después miraba el horizonte.

Porque esperaba a otro.

A uno que no llegaba a caballo.

Que no llevaba escudo.

Y no hacía sonar trompetas.

Solo aparecía
cuando la luna llenaba de plata
las aguas del lago.

Era un muchacho
hecho de claridad y memoria.

Su cuerpo parecía tejido
con la misma niebla
que despierta sobre los ríos
al romper el alba.

No proyectaba sombra.

No dejaba huellas.

Y, sin embargo,

cada noche
las flores abrían sus pétalos
cuando él cruzaba el jardín.

—¿Quién eres? —preguntó la princesa.

El joven sonrió
con la tristeza
de quien recuerda
más inviernos
de los que el mundo puede contar.

—Fui príncipe,
hace tanto tiempo
que mi reino ya no existe.

Morí
antes de pronunciar
las palabras
que habrían cambiado mi destino.

Desde entonces
camino entre los recuerdos,
esperando que alguien
me mire sin miedo.

La princesa
no retrocedió.

Le tomó la mano.

Y descubrió
que el frío
también podía ser dulce.

Desde aquella noche,

hablaron hasta el amanecer
de ciudades sumergidas,
de dragones dormidos
bajo montañas de cristal,
de árboles
que aprendían los sueños
de los niños
para convertirlos en hojas.

Nunca se prometieron eternidad.

Sabían demasiado
sobre el paso del tiempo.

Solo se regalaron
cada noche.

Y eso bastaba.

Pero el amor
es una lámpara
que ilumina incluso
los rincones
donde se esconden
los viejos hechizos.

La hechicera del Norte,
celosa de aquella dicha,
pronunció una sentencia:

—Ningún corazón mortal
puede amar
a quien pertenece
a la memoria.

Cuando vuelva la luna nueva,
uno de los dos
deberá olvidar.

La princesa
guardó silencio.

El fantasma
cerró los ojos.

El lago dejó de reflejar
las estrellas.

Y aquella noche,
el viento
no encontró canciones
entre las ramas.

Llegó la luna nueva.

Ella despertó
sin recordar
por qué cada amanecer
sentía un vacío
junto a su pecho.

Él continuó caminando
entre las brumas.

Pero cada vez
que pasaba
bajo las ventanas
del viejo castillo,

levantaba la vista.

Y sonreía.

Porque el amor verdadero
no siempre vive
en la memoria.

A veces

permanece oculto

en aquello
que el corazón
es incapaz de olvidar,

aunque la mente
ya no recuerde su nombre.


No hay comentarios:

Publicar un comentario