No toda ceniza
es recuerdo
del fuego.
Algunas
guardan en silencio
la semilla
del bosque futuro.
El valle
respiraba despacio.
La lluvia
había lavado
el hierro
de las piedras.
Los ríos
conducían
hacia el mar
las últimas sombras
de la batalla.
En las ramas
volvieron los nidos.
En las grietas
de los muros caídos
brotó el tomillo.
Las abejas
regresaron
sin preguntar
quién había vencido.
Porque la naturaleza
nunca celebra
la derrota.
Solo reconoce
el instante
en que la vida
decide comenzar de nuevo.
Los siete robles,
aún jóvenes,
crecían
sobre la espada dormida.
Sus raíces
abrazaban el acero
como una madre
abraza
la mano
de un hijo
que ha dejado
de temer.
Las hojas
aprendieron
una nueva música.
Era la del viento
cuando atraviesa
un bosque
que ha sobrevivido
a la tormenta.
Entonces,
el Árbol de la Memoria
dejó caer
una sola bellota.
Nadie la vio.
Cayó
entre el musgo,
donde la tierra
conserva
los secretos.
Pasarían siglos
antes de que alguien
descubriera
el árbol
que nacería de ella.
Así obran
las verdaderas victorias.
No buscan
el aplauso.
Prefieren
convertirse
en raíces.
Y mientras
la última brasa
se apagaba
sobre el horizonte,
el alba
volvió a vestirse
de oro.
No era
la misma luz.
Había atravesado
la noche.
Y por eso
brillaba
con una dulzura
que solo conocen
las cosas
que han sufrido.
Los viejos bardos
cerraron sus arpas.
Los reyes
dejaron sus coronas
sobre la mesa
del consejo.
Los niños
volvieron
a perseguir
mariposas.
Y el mundo,
cansado,
pero entero,
aprendió
que toda paz
es una tarea,
y todo amanecer,
una responsabilidad.
Y el mundo aguardó la siguiente palabra.
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