Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

sábado, 15 de agosto de 2026

El último canto del guerrero

 Cuando callaron

las espadas,

el mundo

no volvió

a ser el mismo.

Los cuervos

dejaron de girar

sobre el valle.

Las nubes

abrieron lentamente

sus manos de lluvia.

Y el río,

que había observado

la batalla

sin elegir bando,

arrastró consigo

el hierro,

la sangre

y los nombres

de quienes

ya pertenecían

al silencio.

Solo un guerrero

permanecía

sentado

sobre una roca.

No era

el más joven.

Ni el más fuerte.

Ni el más célebre

entre los siete reinos.

Su armadura

estaba rota.

Su espada,

clavada

en la tierra,

como si quisiera

convertirse

en árbol.

Miró

el horizonte.

El alba

comenzaba

a teñir de oro

las colinas heridas.

Entonces sonrió.

Después de la batalla,

a pesar de todo,

el sol

había decidido

volver.

Un niño

se acercó despacio.

Había sobrevivido

escondido

entre las raíces

de un viejo roble.

Llevaba

una flauta

de saúco,

rota

por la mitad.

—Señor…

¿Ha terminado

la guerra?

El anciano

guardó silencio.

Después respondió:

—Las guerras

terminan

cuando las espadas

descansan.

Pero la paz

solo comienza

cuando los corazones

aprenden

a recordar

sin odio.

El niño

miró

la espada

hundida

en la tierra.

—¿Volveréis

a levantarla?

El guerrero

negó lentamente.

—Toda espada

que no conoce

el descanso,

termina

olvidando

para qué

fue forjada.

Con esfuerzo

se incorporó.

Sus manos

tomaron

la flauta rota.

La unió

con una tira

de cuero

arrancada

de su brazal.

Sopló.

El sonido

era humilde.

Imperfecto.

Pero bastó

para que un mirlo

respondiera

desde un espino.

Después otro.

Y otro.

Hasta que el bosque

entero

comenzó

a despertar.

Los supervivientes

levantaron

la cabeza.

Algunos lloraron.

Otros

abrazaron

a quienes aún

respiraban.

Muchos

recogieron

las semillas

caídas

durante la batalla

y las guardaron

en sus bolsillos,

como quien protege

un tesoro.

El viejo guerrero

observó

aquellas manos

llenas de tierra.

Comprendió

que el mundo

ya había comenzado

a sanar.

Nadie advirtió

el instante

en que cerró

los ojos.

Pareció

quedarse dormido

escuchando

el canto

de los pájaros.

Los reyes

no levantaron

un monumento.

Los bardos

no escribieron

su nombre

sobre el mármol.

Cumplieron

su último deseo.

Plantaron

siete robles

alrededor

de la roca

donde había descansado.

Y enterraron

su espada

bajo sus raíces.

Porque hay armas

que nacieron

para la guerra.

Y hay guerras

que deben terminar

convertidas

en bosque.

Desde entonces,

cuando el viento

atraviesa

aquel lugar,

las hojas

de los siete robles

no producen

el mismo sonido

que los demás árboles.

Quienes saben escuchar

afirman

que todavía

entonan

el último canto

del guerrero.

No es un canto

de victoria.

Ni de derrota.

Es el canto

de quien comprendió

que la mayor gloria

no consiste

en sobrevivir

a la batalla,

sino en dejar

un mundo

donde los niños

vuelvan

a aprender

el nombre

de los pájaros.


Y el bosque recogió la espada para que ningún niño tuviera que hacerlo.


2 comentarios:

  1. Me parece ceremonioso tu texto. El río se engrandece llevándose todo

    LEl bosque, vivo recoge lo malo , que ninguna criatura herede lo cruel.

    Me encanta..

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